30 años de ‘Miracleman’: Alan Moore y el dios inhumano

En 1982, el mago barbudo de los cómics arrancó su obra más gafe, más imperfecta y más visceral sobre el concepto del superhéroe. Desde aquí le rendimos un merecido homenaje.
Por Yago García.

Todo comenzó con un plagio. Y acabó con una guerra de egos y de demandas. Lo que hubo entre medias fue una obra capital, nada menos.

El plagio, por cierto, no tuvo nada de glamouroso: se trató sólo de la explotación de un hueco mercantil cuando, en 1953, los tebeos del Capitán Marvel (el original, el del rayo y la capita) se quedaron sin distribución en el Reino Unido. Nada dispuesta a perder un producto tan lucrativo, la editorial L. Miller & Sons encargó al dibujante Mick Anglo la creación de una fotocopia made in UK del personaje. La cual no disimularía para nada sus orígenes, desde la peculiar compañía ‘familiar’ del superhéroe (el Capitán Marvel Jr., Mary Marvel y los demás) hasta la palabra mágica que le hace aparecer, la cual pasaría de “Shazam!” a “Kimota!”. Dicha desvergüenza abarcaría hasta su mismo nombre. Porque dicho clon se llamaría, para más INRI, Marvelman.


En 1982, al personaje le llegó la resurrección a cargo de la revista Warrior. Exacto, esa en la cual se publicaron los primeros capítulos de V de Vendetta. Dicen que, a río revuelto, ganancia de pescadores, y así fue: en cuanto las nuevas aventuras de Marvelman juntaron cuatro perras, todos aquellos que tenían alguna posible reclamación de copyright sobre su nombre o su aspecto se apresuraron a exigir su parte del pastel, desde DC a la propia Marvel. Dicho rifirrafe acabaría mandando a la tumba a Warrior, mientras que esta obra se salvaba in extremis gracias a su traslado a Eclipse Comics y a su nuevo bautismo como Miracleman. Pero todavía quedaba más: tras la defunción de la editora Eclipse, la propiedad de los derechos suscitaría un auténtico culebrón en los tribunales, desencadenado cuando Todd McFarlane entró en escena. El pésimo comportamiento del mandamás de Image nos hace preguntarnos si, en el mundo de los tebeos, queda aún alguien que no le odie a muerte.

El caso es que la colección resultante está bloqueada: no puede reditarse y su descubrimiento queda confiado a las descargas en internet, que las hay. Pero nos hemos saltado lo más importante, ¿verdad? Porque el guionista encargado de desempolvar a Miracleman/Marvelman, de darle un nuevo lustre a su pijamita azul hace tres décadas, no fue otro que un Alan Moore aún joven, aún revoltoso y (lo más importante) con una carta blanca casi total por parte de sus jefes. Gracias a lo cual, el hechicero barbudo ejecutó una de esas piruetas conceptuales tan suyas: mientras que, en la otra esquina de Warrior, V de Vendetta mostraba a los lectores la demolición de un estado totalitario, Miracleman se encargaría de enseñarles la construcción de otro. Y con superpoderes, además.

Miracleman permitió a Moore plasmar un tema que ya le obsesionaba, y que acabaría dando lugar a la mismísima Watchmen: los efectos de los seres más que humanos en un mundo real. Como estamos hablando de un autor joven y poco dado a sutilezas, el cómic nos refriega eso por la cara desde su primera entrega, con cita de Nietzsche incluida. Pero ese planteamiento permitió también maniobras muy sabrosas aplicadas a la historia: si Marvelman era un clon de otro personaje, Miracleman sería él mismo un cuerpo artificial. Y la relación del personaje con su álter ego humano (un señor tristón con barriga cervecera) tendría ecos del otro Capitán Marvel, el cósmico y metafísico de Jim Starlin. Por no hablar de sus similitudes existenciales con cierto sujeto, de piel azul y muy dado al nudismo, que Moore nos presentaría unos años más tarde.

La naturaleza indie de la revista donde se publicaba tuvo sus propias ventajas: Miracleman lució una amoralidad y unas cantidades de gore casi inauditas en la época. El penúltimo capítulo batió todos los récords de sanguinolencia, y aún hoy puede revolver unos cuantos estómagos. Por otra parte, Moore contó a los lápices con una nómina de nombres prodigiosos, desde Garry Leach a Stephen Bisette y a un John Totleben que (en una hazaña heroica por sí misma) dibujó las mejores páginas del serial mientras una lenta enfermedad iba dejándole ciego. Dicho listado abarcó también a Alan Davis y un tal Chuck Beckum que, con el tiempo, se cambiaría el apellido y firmaría como Chuck Austen. La mayoría de estos dibujantes acabarían peleados con el guionista al correr de los años, lo cual deja claro que hablamos de una obra irremisible y trágicamente gafada.
El destino de Miracleman le pega bien, por otra parte, porque estamos hablando de uno de los trabajos más tristes que Alan Moore ha escrito jamás. El sentido del humor brilla en él por su ausencia, y el pesimismo se incrementa en cada viñeta hasta volverse asfixiante. El hecho de que las entregas se espaciasen cada vez más -16 capítulos en ocho años, ahí es nada- también se cobró su precio. Especialmente en el último arco argumental, donde Moore tuvo que comprimir una historia planeada para una extensión mucho más larga. Lo cual, a un tipo como él (formalista y apolíneo hasta el final) debió fastidiarle lo suyo. Eso por no hablar de sus textos de apoyo, escritos para ahorrar contenido visual y rebosantes de lenguaje poético-chamánico. Ya sabéis: luciérnagas biomecánicas que alzan el vuelo, como palomas rojo sangre, para formar versos ilegibles en el cielo nocturno, y tal.
En todo caso, llegado el número 16, Moore decidió tirar la toalla y ceder su parte del negocio a un Neil Gaiman aún muy pipiolo. El cual planeó el fin definitivo de la historia en tres arcos argumentales (La Edad de Oro, La Edad de Plata y La Edad Oscura) de los cuales sólo llegarían a publicarse el primero y la mitad del segundo. Así, fue el futuro autor de Sandman quien lidió con los problemas legales posteriores al cierre de Eclipse Comics, y quien se quedó con las ganas de rematar una trama que prometía bastante. Lo último que se ha sabido de Miracleman es la compra del personaje (ojo, no de las historias) por parte de la propia Marvel, quien por ahora le mantiene en sus archivos, durmiendo el sueño de los dioses tecnológicos e inhumanos. Fin.

En todo caso, Miracleman goza de una segunda vida en los corrillos más mugrientos la Red, desde los cuales sus escasas páginas gotean para iluminación de escépticos y pasmo de conversos. Su influencia llega más lejos de lo que se cree, salpicando tanto a The Autority como al Marvel Boy de (¡ejem!) Grant Morrison, pasando como ya hemos dicho por Watchmen. Este cómic queda como una obra delirante, descompensada y expansiva, de esas que marcan época gracias precisamente a sus defectos y a sus excesos. Lo cual no deja de ser gracioso tratándose de una historia cuyo eje es el aplastante y alienante peso de la perfección.

Sigue a Yago García en Twitter: @solo_en_saigon

2 comentarios en 30 años de ‘Miracleman’: Alan Moore y el dios inhumano

1 Trackbacks y Pingbacks

  1. Unos vuelven y otros se van: Nuevas incorporaciones al Universo Marvel y la Salida de Fialkov de DC | La Isla de las Cabezas Cortadas

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*