31. El truco y el trato de Rob Zombie.

Cuando los juegos de la Noche de Halloween dejan de ser cosa de niños.

Por Teresa Domingo.

 

Desde que la fiesta de Halloween se importó, popularizó y asentó entre nosotros, multitud de iconos se han vuelto representativos de este día y no se concebiría el mismo sin ellos. Las brujas, anfitrionas y superestrellas del aquelarre, los fantasmas, las gominolas con forma de dentadura de Drácula, las fiestas por las que te cobran un ojo de la cara porque esa noche hay telas de araña y cuatro murciélagos colgados del techo del garito, menos mal que ir disfrazado de muerto viviente es mainstream y la gran mayoría se lo puede permitir, las calabazas, que echen en todos los canales de la tele Pesadilla antes de Navidad… y Rob Zombie.

Esto sí que son payasos asesinos y no los de Instagram.

Para una persona que guste del terror, estos días convierten la tele en la meca del mismo y cada vez más títulos, especiales y maratones se programan para nuestro deleite. Los slashers, el cine gore, la serie z y los Apocalipsis Zombis son el tipo de película ideal para la Noche del Terror por excelencia, y, en estos temas, el director de Massachusetts no suele defraudar. Y ya no sólo por el tono oscuro y macabro de sus películas, su iluminación terrorífica o sus personajes sanguinarios, que por supuesto, sino porque Halloween es un tema recurrente para este autor. Ya nos dejó a todos con la baba colgando con su Halloween, el Origen, la precuela del clásico de John Carpenter,  un poco menos con la segunda parte y también centró el tema de sus Señores de Salem en las arpías nigrománticas. Para esta ocasión, lo relevante para el señor Zombie es la fecha concreta en la que los muertos rondan por el mundo de los vivos.

El día 31 de Octubre es el día del año en el que más personas desaparecen. Los disfraces y las identidades ocultas propician las confusiones  y el instinto asesino de muchos trastornados vislumbra la oportunidad perfecta para llevar a cabo sus ideas más sádicas. Esta estadística es la que fecundó la, ya de por sí, turbia mente de Rob Zombie, para que fuera gestando un guión convincente y lo suficientemente potente, violento, explícito y con algo de mensaje, hasta que consiguió parir, uno tras otro, a cada uno de los personajes, planos y secuencias que lo hacen posible.

La historia se sitúa en los años 70, el día antes de Halloween.  Una pequeña compañía de circo anda de gira y, durante una parada para repostar, es secuestrada y sus cinco componentes son obligados a participar en una siniestra gymkana, perpetrada por un trío de ricachones, liderado por Malcom McDowell (La Naranja Mecánica, Halloween el Origen). El juego consiste en sobrevivir doce horas. Qué fácil, diréis… ya. El parque de juegos se llama Murder World y, como bien indica, no es un picnic en Salamanca. Este medio día se lo van a pasar repeliendo los ataques de The Heads, una banda de siniestros payasos con unos nombres de ensueño que harán todo lo posible por ser la pesadilla de nuestros protagonistas y que ninguno consiga salir de allí.

Tras el delito que cometió contra su propia persona en la ya mencionada Lords of Salem, en la que hay que rebuscar con ganas el sello y estilo de la casa, Rob Zombie vuelve en sí y a sí mismo presentando una película que no es, ni más ni menos, que lo que se espera de ella. Durante la premiere en Sitges repartió exactamente lo que buscábamos, tanto los que salíamos contentos como los que salían echando pestes. Porque cada estreno de Zombie es como una fiesta de Halloween en la que el truco está con contar con una legión de fans que toleren algunos fallos en pos de la diversión y sus tétricas ocurrencias, pero también implica aceptar el trato de aguantar las hordas de haters que se quedan en la resbaladiza superficie. Tampoco es que haya mucho que rascar: gritos, escenarios sucios, gore a expuertas, asesinos despiadados con un instrumental portador de enfermedades venéreas múltiples que asustaría al mismísmo Mengele, el culo de Sheri Moon y un catálogo obsesivo de payasos con el que jusfificar, por fin, un maquillaje deplorable que aquí cobra más sentido que nunca.

In hell, everybody loves pop corn.

Más de lo mismo. Pues sí. Un elenco similar en una historia similar, con una iluminación que acompaña una escenografía  similar y dirigida con un resultado sangrientamente similar. Pero eso es lo que funciona, eso es lo que él quiere hacer y lo que su público quiere ver. Porque, asumiendo que eres Rob Zombie, siempre va a haber hordas de haters que critiquen tu trabajo por ignorancia, intolerancia o por envidia, y la mejor baza que puedes jugar es tener contenta a la legión de seguidores dándoles lo que piden.

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