99 ejercicios de estilo o el amor desaforado por el cómic.

99 ejercicios de estilo, recientemente reeditada por sins entido, es la historia de un hombre que se levanta, le pregunta la hora a su mujer y abre la nevera. La misma historia contada 99 veces. Dicho así puede parecer un cómic árido y, sin embargo, es obligatorio en la estantería de todo amante de este maravilloso arte.

Por Javier Marquina.

99ejercicios

Cuando superas las hormonas y la estupidez adolescente, por entre las brumas de las fiestas de universidad y toda aquella bazofia que compraste en los 90 atraído por los colores brillantes procesados por ordenador, comienzas a vislumbrar las trazas de lo que parece ser el verdadero camino. Y digo esto porque es curioso que para alguien que suele juzgar casi todo el cine, cómic y literatura que consume por la historia que está contado más que por el cómo se está contando esa historia, 99 ejercicios de estilo haya resultado no sólo un libro magnífico y revelador, sino entretenido, divertido y delicioso. Divertido, sí. 99 veces las misma página. El mismo tipo levantándose, preguntando la misma hora y abriendo la misma nevera. O no. 99 tipos. 99 horas. 99 neveras. 99 iteraciones. 99 demostraciones de lo lejos que uno puede llegar si conoce el medio y maneja sus entresijos y herramientas. 99 ejemplos de todo lo que se puede llegar a hacer sin medios espectaculares, sólo con imaginación y un lápiz. 99 monumentos a un arte incomprensiblemente denominado menor, cuando es, quizás, el que más conocimientos de todas las demás artes requiere.

La historia modelo.
La historia modelo.

Me gusta el cómic porque para mí es la forma de narración suprema. Al contrario del cine, permite al consumidor ajustar su ritmo de visión/lectura/consumo. Puedes decidir cuando empezar, pero también a qué velocidad desarrollar la historia y cuándo parar. El cine (suponiendo que el único lugar realmente válido para ver una película es el lugar para el cual fue inventado: una sala de cine con proyectores de alta definición y sonido dolby surround) implica que debes dejarte llevar a través de la trama al ritmo que el director ha decidido imprimirle a su obra. Si la película dura una hora y media, ese es el tiempo que necesitarás para disfrutar de la historia. El cómic, al igual que los libros, permiten más flexibilidad. Es el lector el que hace avanzar la historia con su ritmo de lectura y el medio fisco que los sustenta a ambos (papel o formato digital) concede la oportunidad de poder degustarlos en lugares en los que el cine no puede llegar sin perder algunas de sus cualidades: vagones de metro, autobuses, aviones, el eterno trono de nuestro váter, que tantas veces ha sentido cómo se nos dormían las piernas. Es cierto que el cómic no exige un ejercicio tan total de imaginación como el que se nos requiere con la lectura de un libro, en el que somos nosotros los que tenemos que construir los edificios, las ciudades y las caras de los protagonistas de la historia, pero quien diga que para leer un cómic no hay que realizar un proceso de abstracción y usar la imaginación para rellenar los espacios en blanco, en que no sabe nada del medio.

Subjetivo.
Subjetivo.

El cómic es cine. Y literatura. Y no es cine ni literatura. Para mí (y por eso soy un fanático entregado) es algo que permite mucho más. Mucho más con mucho menos. Que nadie me entienda mal. Me encanta la literatura y el cine. Soy un ávido lector y veo películas de forma compulsiva, pero las cosas que el cómic me ofrece, soy incapaz de encontrarlas en libros o películas. Y es precisamente 99 ejercicios de estilo el mejor ejemplo para explicar el por qué el cómic es algo diferente, más flexible, algo que combina lo mejor de ambos mundos para regalarnos esa herramienta definitiva de narrar de la que os hablaba antes. Porque es narrar de lo que estamos hablando. Contar una historia debe ser nuestro objetivo final. Los dibujos bonitos pueden ser un acicate, pero a lo largo de los años he comprendido que lo realmente difícil es contar algo, y contarlo bien. No sólo una sucesión de bonitas postales. No sólo una historia ilustrada. El cómic debe contar esa historia, narrarla en una simbiosis perfecta entre lo dibujado y lo escrito. Es más, los cómics con los que más disfruto en estos momentos son aquellos que no necesito leer para entender. Aquellos que sólo necesito observar. Aquellos en los que el texto complementa, añade detalles y matices, pero no es el sustento principal sin el que no entenderíamos nada. Un cómic bien narrado debe ser comprensible sin leer ni una sola palabra. ¡Y qué pocos artistas hay que consigan hacerlo de manera natural! Hacerlo ofreciendo cada vez un espectáculo por el que discurrir, por el que navegar mientras nuestra imaginación llena los huecos entre viñetas, mientras nuestro cerebro pone todo en movimiento, mientras le adjudicamos a cada personaje una voz diferente, un tono característico, un acento propio. Mientras, en definitiva, creamos nuestra propia magia.

La carga icónica, los encuadres, el color, los personajes, los bocadillos, las tramas, el grosor de la pluma con la que entintas, la tipografía, la escenificación, la expresión, el trazo. El cómic te permite moldear a los actores, crear un nuevo escenario en cada viñeta, manejar mil cámaras en mil posiciones diferentes, repetir cada vez la misma toma, llenar recuadros de las mejores palabras posibles, reconstruir, disociar, sugerir, mostrar, ocultar. El cómic permite hacerlo todo y ser perfecto, o puede depararnos monstruosas decepciones. En eso no es muy diferente de otros medios. El cómic es algo para lo que nací programado. No sé nada de cómic. Intento aprender cada vez que una portada me atrapa. Intento entender por qué me fascina de esta manera. Cómo es posible que me esclavice de manera tan agradable. El cómic es aquello a lo que difícilmente podría renunciar. Ni aunque me lo propusiera. Por eso 99 ejercicios de estilo hace que brote una sonrisa cada vez que comprendo el mecanismo usado para contar esa historia insustancial de una manera diferente. Porque lo importante no es la historia en sí. Lo importante es cómo cuentas esa historia, y ese cómo al final, se llama cómic.

Al estilo Winsor McCay
Al estilo Winsor McCay

Sigue a Javier Marquina en Twitter: @IronMonIsBack

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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