A.I.D.P. AMOR A QUEMARROPA.

Ya lo dijo un señor de Providence: el placer reside en las cosas que no te esperas, en lo que no conoces, en aquello que te sorprende y te deja con la boca abierta, anonadado.

Por Javier Marquina

“Pleasure to me is wonder—the unexplored, the unexpected, the thing that is hidden and the changeless thing that lurks behind superficial mutability.”
H. P. Lovecraft

Amo esta serie. No es un amor frugal, típico de las parejas asentadas que se miran con cariño mientras ocupan esquinas opuestas del sofá. Ni siquiera es un amor ardiente, de los que te queman las entrañas y te poseen convirtiéndote en una especie de monstruosa máquina de lujuria. Es un amor puro, brillante, cegador, como el que se profesa por las cosas inalcanzables y elevadas a las que terminas adorando y rindiendo una pleitesía incondicional y eterna.

En A.I.D.P., además, se junta otro factor que hace que la quiera aún más. Por primera vez en mi larga carrera de coleccionista de cómics, de grapas amarillentas y deformadas, de historias compradas una y otra vez en ediciones diferentes y cada vez más mastodónticas, de dinero despilfarrado de forma casi compulsiva en un vano intento por conseguir el tomo más completo y bonito, HE ACERTADO. He conseguido domeñar mis impulsos, atar la mano que va instintivamente a la tarjeta de crédito para saciar ese apetito consumista que me devora y contenerme. He conseguido respirar hondo y ver pasar ante mí tomo tras tomo de la colección en tapa blanda, sabiendo (o intuyendo, al menos) que al final sacarían esa edición que tanto estaba esperando. No es que haya que ser adivino para imaginar que esto iba a pasar. Ni siquiera hay que tener suerte. Viendo el actual panorama editorial, lo de las reediciones no es una cuestión de estadística. Es sólo una cuestión de tiempo. Y de paciencia. Y de controlar ese impulso salvaje de leer que todos los auténticos aficionados a la lectura en general conocen. Domar a la bestia indomable confiando en que vaya a merecer la pena. Y sí, esta vez he tenido suerte; me ha salido la jugada redonda.

La edición integral que Norma Editorial está haciendo de A.I.D.P. me encanta. Sus lomos de tela verde son entrañables. Su material adicional es delicioso y nunca desproporcionado con respecto al resto del contenido. Su tamaño. Su peso. Su olor. Todo*. Es como el complemento perfecto a una obra que merece lo mejor porque contiene lo mejor. Y es que, y voy a decirlo ya, A.I.D.P. es la leche consagrada. Sin ambages. Sin paliativos. Sin excusas. Con toda la potencia de una palabra malsonante dicha en el momento adecuado. LA REHOSTIA. La lectura de cada tomo es como abrir una ventana a un mundo imposible en el que nada parece irreal. Un mundo que huele a magia y que vibra como tapado por un velo difuso tras el que se mueve otra realidad llena de los monstruos que habitan nuestras pesadillas. Un mundo lleno de hombres anfibios, homúnculos, seres gigantescos tentaculares, fantasmas, primigenios, robots con olor de steampunk victoriano, momias adorables, magos hiborios, heroes del pulp, amor, tragedia, drama y palitos de cangrejo. Una mezcla perfecta por imposible y bizarra que nos lleva a recorrer las andanzas de una agencia secreta gubernamental encargada de enfrentarse a lo extraño, a lo inesperado, a lo oculto. Aunque eso es lo de menos. Porque A.I.D.P. es un cómic sobre personajes torturados que tratan de encontrarse a sí mismos; una historia de sentimientos en un escenario lleno de dioses olvidados; un cuento sobre seres diferentes y extraños que luchan por volver a ser humanos. Y todo esto aderezado con trazas de H. P. Lovecraft, Robert E. Howard, Edgar Rice Burroughs y tantos otros escritores fundadores de la mitología fantástica del siglo XX.

Ideada por Mike Mignola, escrita por John Arcudi y dibujada por Guy Davis, A.I.D.P. es un ejemplo de planificación, de visión global, de alcance. Lo que en muchos casos se ha convertido en el cáncer del cómic americano actual, esas historias de 22 páginas alargadas hasta el vómito, pensadas para ir de cinco en cinco en volúmenes de tapa dura con la coluntad de ser la historia más grande jamás contada y que al final se quedan en el ñordo más infecto jamás defecado, aquí se convierte en virtud indiscutible. Leer una historia de casi 400 páginas coherentes y fluidas que devoras con ansia y te dejan con ganas de más, es otro ejemplo de que no hay objetos malos, sino operarios imbéciles. Mignola desvaría y Arcudi ejecuta, logrando una historia al alimón que tiene todos los jugos y esencias de aquello que te convierte en aficionado. Un tic tac en apariencia caótico que luego funciona con la precisión de un reloj atómico. Atómico como la explosión que desencadena el fin de los tiempos.

Parece el típico festival musical de verano pero…

Y luego está Guy Davis, claro, que lo de este tío es punto y aparte. Tan sorprendente como las historias, el despliegue de creaciones, monstruos y aparatos que Davis hace aquí es digna del Smithsonian. O del National Geographic. O de una portada del Hola, al menos. Un portento de imaginación y diseño que luego plasma con un talento para el cómic que nadie puede discutir. Siempre llevaré a sus robots y sus ranas en el corazoncito. A mí, que al principio fruncí el ceño cuando supe que la colección no la dibujaba Mignola, me ha acabado ganando por completo. Le adoro. Le quiero. Le amo. Porque a los genios, además de admirarlos, hay que desearlos.

Poco más puedo decir. Una colección maravillosa en una edición maravillosa y elegante. Una historia gigante en manos de autores enormes. Un cómic con mayúsculas que debería de servir de libro de texto en cualquier escuela. Magia, literatura, fantasía y seres gigantescos con tentáculos de amor.

A ver quién puede resistirse a eso.

*Como única críticia a esta edición integral y a modo de colofón diré que me parece injusto que el nombre del único autor que aparece en la portada de los tomos sea el de Mike Mignola. Si bien es cierto que él es el alma mater de esta serie, me parece que la enorme labor de John Arcudi y de (sobre todo) Guy Davis debería ser reconocida con sus nombre en negrita y a la vista.

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Acerca de Javier Marquina 191 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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