ABARA. El germen de la paranoia.

Tsutomu Nihei tiene la cabeza hecha polvo, no me cabe la menor duda. Abara es otra prueba más de la visión crítica y oscura del mangaka sobre la sociedad humana. Pasen y disfruten.

Por Joe Runner.

He vuelto a caer otra vez. Tengo cierta debilidad a los mundos distópicos en los que la paranoia y la falta de seguridad continua son el argumento fundamental de este tipo de historias, como si de una representación mezquina y retorcida de mi creciente imaginación se tratara. Como cuando sabes que estás dentro de una pesadilla y lo más terrorífico de todo es no saber qué as tiene guardado tu mente para hacerte pasar el peor rato de tu vida. En apariencia está todo bajo control, pero la parte onírica de tu cerebro está maquinando cosas horribles contra ti de manera desatada. Y en el fondo parece que lo buscas, inconscientemente. Igual que cuando te tapas los ojos en medio de una película de terror, pero abres los dedos porque quieres ver hasta qué punto puedes llegar. Llamadlo morbo al miedo. Puede que sea un sucio adicto a la adrenalina, pero demasiado cobarde como para hacer deportes de riesgo. No es de extrañar que cuando me encuentro con una obra que me hace divagar más de la cuenta, termine totalmente enganchado. Y es que nunca sabes a ciencia cierta qué será lo próximo que sucederá en Abara.

Nos encontramos en un mundo que se haya dividido en megaconstrucciones desorbitadas, con una población acorde al caos y desorden de sus ciudades. Tal es el nivel de aglomeración arquitectónica y de personas que dejarían a la ciudad amurallada de Kowloon como una bonita urbanización de plantas bajas. En esta sociedad se encuentran los gaunas blancos, seres que generan un exoesqueleto óseo a partir de su médula y que se dedican a segar la vida de las personas, como si de una recolección se tratase. El problema es que la cantidad de estos seres se está multiplicando y comienzan a ser una amenaza real para el planeta tal y como lo conocen sus habitantes, por lo que pedirán ayuda a Denji Kudou, un joven con la habilidad de transformarse en un gauna negro, igual de rápido y poderoso que los más temibles de su contraparte monocromática. Nadie está a salvo de la destrucción que está por venir con esta cacería, pero en momentos desesperados se requieren medidas desesperadas…

Si hay algo que se le da tremendamente bien a Tsutomu Nihei es la capacidad de generar subtramas dentro de la historia central, como si se tratase de una cebolla o del mismo Shrek. Eso sí, no se para a explicar absolutamente nada, teniendo que hacer el lector un esfuerzo extra para comprender qué está sucediendo. Aunque a priori pueda parecer un hándicap, en realidad es una de las bazas que usa Nihei para crear una total inmersión del lector en sus historias, que tienen que descifrar el por qué de los actos y situaciones de los personajes, haciendo muchísimo más gratificante la comprensión del cómic cuando se termina su lectura. Aún a sabiendas de que pueda sonar repetitivo, es algo así como en los videojuegos de la saga Souls. Nadie te explica nada, aunque en el fondo sabes que existe una intrahistoria que lo conecta todo, haciendo que te esfuerces en saber qué narices está sucediendo. Con Nihei podría decirse que sucede algo similar con sus historias, llenas de oscuridad y muerte en megaciudades que crecen de manera desmesurada, como si se tratasen de algún tipo de cáncer descontrolado, y con sus ciudadanos en los que es difícil distinguir entre máquinas y seres orgánicos, todos mezclados y contaminados como sus ciudades. Es por ello que leer Digimortal, Blame o Noise puedan servir como entrenamiento al lector de lo que está por ver en futuras obras.

De hecho, la primera asignatura pendiente es nuestra adaptación frente al estilo artístico de Nihei. Capaz de dibujar ciudades construidas con unas estructuras imposibles, con fondos abismales y calles laberínticas con todo lujo de detalles, contrasta con el dibujo casi abocetado de sus personajes y protagonistas de ojos inertes y cuerpos estilizados. Y, otra vez, es algo que hace completamente adrede, obligándonos a poner de nuestra parte para intentar escudriñar qué narices pasa por la cabeza de nuestro héroe e intentar revelar su personalidad con las escasas pistas visuales que nos otorga. No es una tarea fácil, pero llega un punto en el que logras empatizar con Kudou, pese a que no sabes prácticamente nada sobre él. Otro cantar sería la altísima calidad del arte en cuanto a la hora de dibujar a los gaunas. Seres antropomorfos con exoesqueletos en forma de armadura, con una velocidad endiablada y que son invisibles a simple vista. Se parecen mucho a los robots de la esfera de Dyson de Blame, pero me sigue impactando la frialdad con la que los representa. Seres salidos de las peores pesadillas de Nihei y que en Abara son el mayor peligro.

Seguramente no se trate de su mejor trabajo, y la brevedad de éste hace que captar toda la historia sea trabajo de un lector ya experimentado con el autor, pero pese a ello Abara me ha conquistado. Soy débil ante este señor y a sus divagaciones sobre la vida, la muerte y la psicosis humana. Está claro que es el tipo de autor que adoras o aborreces. No obstante insto a todo el mundo a que le dé una oportunidad, porque es algo nuevo y fuera de lo que solemos leer, ya sea oriental u occidental. La única gran pega es que el cómic está descatalogado en nuestro país, teniendo que ir a comprarlo a páginas web o tiendas de segunda mano, a no ser que posean todavía en stock la edición que sacó Panini. Si podéis haceros con cualquier cosa de Nihei, dadle una oportunidad hasta el final. Puede que terminéis con dolores de cabeza al principio, pero el resultado final será muy satisfactorio. Palabra de pelirrojo.

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