AMANTES. La Leyenda de Teruel.

Ilustrar historias universales es un arma de doble filo. La misma popularidad que puede beneficiarte, te condena a un argumento inevitablemente previsible. Hacerlo y hacerlo bien tiene un doble mérito indiscutible.

Por Javier Marquina.

Tengo que admitir que lo de sentir orgullo por el trabajo ajeno me cuesta la vida. Soy más de celos. De pelusa. De esa envidia insana que se siente hacia el que duplica en talento y hace esas cosas que tú siempre habías soñado hacer desde niño. Es un sentimiento amargante que te llena de desazón, que te convierte en un huraño hijo de puta. Sobre todo porque una de las primeras lecciones que aprendes en la vida, justo en el momento en el que estás en la guardería haciendo garabatos sin orden ni concierto en una hoja de papel y el compañero de tu derecha está completando una copia fidedigna de la Capilla Sixtina en el muro de la clase, es que siempre hay alguien mejor que tú. En todo.

Sin embargo, por suerte, la amistad es una fuerza moral que diluye esos impulsos odiosos que acaban en resentimiento para transformarlos en alegría y admiración cuando gente que conoces y aprecias hace cosas que tu sueñas con hacer y, además, las hacen de una manera brillante. Desaparecen los rencores y te quedas solo con el aplauso. Conocer lo entresijos y el esfuerzo que el trabajo que te muestran conlleva ayuda, sin duda. No es lo mismo valorar desde una posición imparcial y fría, que saber de los desvelos, problemas y escollos que han conducido a la edición final de un cómic. Las victorias son más dulces cuando se logran en el último minuto porque, al final, todo lo que llega fácil se va con igual facilidad. Cuando sudas la gota gorda y el resultado es positivo, lo que antes era una pesadilla acaba por convertirse en la niña de tus ojos, en ese hijo cabrón y descarriado que consigue enderezarse y llenarte de orgullo. Para lucir hay que sufrir, eso está claro.

Amantes cuenta el mito de los idem, esos dos pipiolos turolenses a los que no se les ocurrió otra cosa que morirse de amor no correspondido cuando los dos se correspondían (de ahí lo de “los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él”), Esta novela gráfica es, por encima de cualquier otra valoración, un tebeo de madurez. Primero de madurez editorial, porque la gente de GP Ediciones ha cuidado al detalle cada uno de los aspectos de esta novela gráfica, subiendo un escalafón en su acostumbrada buena calidad. Tapa dura, formato de álbum europeo, diseño medido y delicado… Amantes, la leyenda de Teruel es un objeto que merece la pena por sí mismo, uno de esos libros bonitos que los fetichistas contemplamos con satisfacción y acariciamos con lujuria.

Siguiendo con el símil de consolidación emocional que da la experiencia, Amantes también supone un hito de madurez gráfica muy gratificante. Su dibujante, Juanfer Briones, culmina con esta aventura un largo periplo medieval en el que sus obras han girado entorno a armaduras, espadones, alabardas, escudos  y petos de cuero. Es, para mí, su mejor obra hasta la fecha, dando nuevos pasos hacia una narración más clara y dinámica, en una evolución ostensible desde aquellas primeras páginas de El Último Templario. Por decirlo de alguna manera, es su cómic más cómic y, como decía al principio, esto tiene doble mérito cuando te enfrentes a la aridez de una historia de la que todo el mundo conoce el final y con la que apenas tienes margen para sorprender. Además, estos culebrones de romanticismo desmedido deben ser descritos y dibujados con la cantidad adecuada de cada ingrediente de la trama, ya que un exceso de azúcar, rosa o pastel, acaba cocinando una mezcla empalagosa e insoportable que te puede condenar a diseñar portadas de novelas de Danielle Steel por el resto de tu vida. Briones, con buen criterio, da el do de pecho en las escenas con más acción del libreto, las que mas batalla y hemoglobina aportan; secuencias en las que el combate, el diseño de la página, la distribución de las viñetas y los espadazos toman protagonismo para actuar de contrapeso para el DRAMÓN sin precedentes que está a punto de suceder. Se agradece la carga histórica del guión, incidiendo en la labor divulgativa que hacen los cómics que recuerdan nuestro pasado. Sobre todo, aquellos que hablan de una era de la que, aunque posee un magnetismo brutal, apenas conocemos nada. Leer es aprender y, si en el proceso iluminas zonas de doble oscuridad sobre un rey y un reino fundamental para entender la historia del terruño en el que vives, lo aprehendido se muestra doblemente beneficioso.

No está de más recordar que el mundo es de los osados. Jugar con símbolos establecidos que representan a una ciudad es un envite que parece seguro, pero entraña riesgos indudables. Si lo haces mal, te condenas a la hoguera del desprecio de todo un pueblo y, aunque nos encanta declararnos inmunes al “qué dirán”, a nadie le gusta que le escupan por la calle. Lejos de decepcionar, este álbum sorprende por la uniformidad del conjunto, por el enorme trabajo que se intuye detrás de cada línea de lápiz, de cada trazo de tinta, de cada mancha de color y por el cariño y mimo con el que está editado. Sudar sangre, a veces, tiene recompensa.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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