AMERICAN BARBARIAN. Tu amigo necesita un buen tinte de pelo.

¿Drogas? ¿Quién necesita drogas? Hay cómics que te hacen viajar más fuerte que el ácido y te dejan en el cuerpo un subidón de adrenalina que no dura minutos, dura días. Es esa extraña sensación que los médicos llaman disfrutar de algo.

Por Javier Marquina.

Lo importante es tener las cosas claras desde el principio. Es como un primer paso gigantesco en la dirección correcta. Qué es lo que quieres hacer. Qué es lo que quieres contar. Cómo lo quieres contar. Todo lo demás son pajas mentales de gente con demasiado tiempo y una tesis doctoral sobre los condicionamientos quiroprácticos y estéticos en el arte carcelario de posguerra que escribir. Ya sabéis, personas enterradas en un mundo de ganchitos de queso y teclados pringosos.

En el caso que nos ocupa, el cómic es una disciplina cuyo conjunto sirve a un fin principal: contar una historia. Los elementos que se usen para hacerlo, así como los trucos empleados para llegar al desempeño adecuado de la tarea, son las herramientas de las que dispone el autor para tratar de dejar su impronta en el producto que crea. Estilo, trazo, narración, diseño, color, texto… toda vale para conseguir que el despistado lector que deambula hipnotizado por los pasillos de la librería de turno acabe metiendo en su bolsa de la compra lo que con tanto esfuerzo se ha parido. Si además de conquistar el logro de la venta a través de la magia negra del marketing, logramos que lo que acabamos de vender guste, San Pedro nos guarda paciente un trocito de cielo.

No sabría decir cuál es la faceta más importante y que debe destacar para que el consumidor acabe eligiendo tu tebeo cual Pokemon de cualidades casi divinas, y me inclino a pensar que la manida frase que habla de colores, gustos y culos se impone también aquí condicionando el criterio particular. Es decir, a cada cual nos gustan unas cosas y vamos a acabar siempre eligiendo subyugados por nuestras filias. No importa cuanto intenten influenciarnos, el gusto, aunque con posibilidades de evolución, es un gigante de hierro que camina despacio.

Consciente quizá de todo esto, Tom Scioli decide ir a la suya y hacer lo que le gusta, a sabiendas de que no se puede ser amigo de todo el mundo y que intentarlo es una de las peores cagadas vitales a la que uno puede enfrentarse. No hay manera de ser perfecto y al que no le guste que se joda. Grabémonos esto en la frente con un gigantesco cuchillo de caza.

Con dicha idea clara en la cabeza, Scioli hace una pequeña trampa y toma como modelo algo con lo que es difícil fallar. Fiel a otro concepto infalible que podemos extraer de una de esas máximas de galleta de la fortuna china, si Scioli tiene que copiar, va a copiar al mejor. Y ese es, sin duda, Jack Kirby. A ver quién es el guapo que te dice que no a eso.

En el mundo del cómic uno podrá discrepar de muchas cosas y esparcir sus excrementos con un ventilador sobre algunos teoremas sagrados y fundacionales de la tierra de la viñetas, pero si hay algo en lo que casi todo el mundo está de acuerdo (y digo casi porque siempre hay gente adicta a llevar la contraria) es en que “El Rey” es uno de los tres autores más influyentes del siglo XX en cuanto a tebeos se refiere y muchos de sus conceptos, encuadres e ideas permanecen frescos e innovadores a estas alturas del siglo XXI. Por ello, si has de beber del estilo de alguien, bebe del estilo del papá de los superhéroes modernos tal y como los conocemos. Digamos que si lo haces de una manera aceptable, ya tienes mucho terreno ganado.

El acierto primordial de Scioli es que, en ocasiones, en este American Barbarian no solo parece que imite o copie a Kirby, sino que es Kirby reencarnado en un torrente de colores fosforescentes, conceptos revientacabezas y cultura pop explotando en cada página. No importa que en algunos momentos el trazo parezca descuidado o incluso chapucero. No importa que algunas páginas parezcan bocetos sin terminar. No importa que la ensalada de tortas, dinosaurios robots, mundos medievales-postapocalípticos, viajes en el tiempo, espadas con forma de estrella, peinados multicolores y fortalezas científicas autopropulsadas rodantes sea en ocasiones más de lo que las mentes constreñidas y dubitativas sean capaces de consumir. El bestial derroche de imaginación, de poderío, de escenas de lucha rígidas y dinámicas, elásticas, vibrantes, de personajes sin sentido que te roban el corazón, de princesas científicas buenorras con biquinis galácticos minúsculos o de dioses espacio-temporales-tentaculares cuyas “bolas” disparan rayos que te convierten en ceniza cuando son entrechocadas, son razones suficientes para enamorarte por siempre de lo que aquí se cuenta. Es magia y diversión a partes iguales. Es imaginación puesta al servicio del entretenimiento. Es frescura y creatividad sin complejos ni tapujos. Es esa Marvel primigenia y loca que rompió todos los moldes y que nadie puede olvidar.

Scioli parece ya no un heredero, sino un digno clon al que el genio de Kirby hubiera iluminado, e inunda cada página de recursos narrativos, de onomatopeyas orgánicas y de un héroe tan poderoso y tan tonto que necesita de exclamaciones para que lo que se se graba en las yemas de los dedos encaje de forma estética en su mano. Por si estas no fueran razones suficientes, y sabedor de que toda historia sin sentido pero que es pura diversión necesita de un villano que se encuentre a la altura, crea uno de los antagonistas estéticamente más brillantes de la historia: Two-Tank Omen, una especie de faraón momificado de poderes casi divinos cuyos pies son dos carros de combate.  Del estilo M1 Abrams, para ser más precisos. Es tan cochambroso y delirante que se convierte al instante en infalible.

Es imposible al leer este American Barbarian no acordarse de los Nuevos Dioses, del Cuarto Mundo, de Kamandi y del Dinosaurio Diabólico, y es que a la hora de crear ideas, conceptos y mundos, Scioli sabe que nadie podrá igualar nunca al añorado Jack Kirby. Sirva este cómic como digno tributo al maestro, ese señor incapaz de dejar de tener ideas.

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Acerca de Javier Marquina 218 Articles

Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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