ANIQUILACIÓN – o por qué Alex Garland ha hecho una de las mejores adaptaciones del cine de ciencia ficción (sin que esa fuese su intención)

Esta es el Área X. No hay cálidas bienvenidas ni más preámbulos que uno: quién entra, o no sale, o sale completamente cambiado. Y no hablo solo de los personajes.

POR LOLA FLAWLESS

Annihilation (2018), del director y escritor británico Alex Garland, se descubrió como una revelación en lo que a cine de ciencia ficción se refiere. A pesar de su estreno directo en Netflix, cuando los productores le dijeron a Garland que ni de broma pasaba por pantalla grande semejante mostrenco de tripas y florecitas cuquis. La cinta está basada en un principio en la novela homónima de Jeff VanderMeer, aunque Garland dijo en una entrevista que no era una adaptación como tal, era más como una metamorfosis de la novela. Y ambas han levantado pasiones y quejas a partes iguales entre el público.

No estoy aquí para hablaros de eso. Ni de la novela (que ya he leído, y las dos siguientes también). No estoy aquí para decir que el libro era mejor, que si la ciencia ficción renaciendo del blockbuster (como si los blockbuster no fuesen la caña), ni ninguna de esas vainas. Tampoco para desentrañar el entramado de símbolos e imágenes de ambas obras. Estoy aquí para darle las gracias a Alex Garland por haber adaptado tan bien la novela. Por haber sabido ver más allá y a pesar de crear un relato en un primer vistazo dispar, acaba siendo un gemelo de la historia de VanderMeer.

Pero vayamos por partes.

Annihilation, escrita por VanderMeer, relata la historia de una psicóloga, una antropóloga, una topógrafa y una bióloga. Parece un puto chiste. Las ganas de reírte se pasan en el tercer renglón, porque ya tenéis los pelos como escarpias. Contado en primera persona por la bióloga, quien intercala escenas de su pasado (su infancia triste, su matrimonio), y sin saber nada más del resto de personajes, VanderMeer va hilando una historia aterradora en un paraje natural de una belleza sin parangón. Todos los personajes de la novela (y de las dos siguientes, Autoridad y Aceptación), definen al Área X como “una naturaleza prístina”. Prístina y asesina. Como ha sido siempre la naturaleza. El misterio flotante, esa red de mentiras tejida alrededor de la frontera del Área X, esa sensación de ensueño o de vigilancia o de peligro. Hay quien dice de VanderMeer que es el sucesor de Lovecraft, pero creedme que yo evocaba el Solaris de Stanislaw Lem en algunos pasajes. El miedo visceral hacia lo desconocido, lo inútil de nuestra ciencia para explicar y catalogar lo que no es de nuestro mundo.

Por otra parte, tenemos a la Annihilation de Garland, en la que la bióloga Lena, experta en cáncer, se embarca apresuradamente en una expedición hacia El Resplandor (el baile de términos entre ambas obras no es azaroso), acompañada por Anya Thorensen, una paramédico; Josie Radek, física recién licenciada; Cassie Sheppard, una geomorfóloga; y como líder, la doctora Ventress, psicóloga. Todas ellas arrastran un motivo que las empuja hacia el Área X, y que se cuenta como leves pinceladas que arraigan en el papel de cada una, paralelo a sus versiones escritas. Son, los personajes del libro y del filme, refracciones, pares de gemelas atrapadas en distintos formatos.

Tenemos a Lena, o la bióloga sin nombre, cuya fuerza motriz es la culpa que siente por su matrimonio fracasado. Ya sea por la infidelidad que comete o por su propia personalidad. Actúa como voz narrativa principal, nuestros ojos y oídos en el Área X.  La doctora Ventress/la psicóloga, personaje desarrollado en Aceptación pero que es magistralmente resuelto como una persona cuyos intereses se nos escapan pero que no son los de Southern Reach. Ella ansía saber la verdad, y ahora que su vida se ve amenazada por el cáncer (este dato no se conoce en Aniquilación, por eso dudo que Garland sólo leyera el primer libro como él dice) ve la oportunidad perfecta para atravesar la frontera. La antropóloga aparece como el personaje frágil, dependiente, equiparable a Josie, que se abandona a una forma vegetal cual Dafne extraterrestre; aunque su versión escrita corra un final peor. La paranoide Anya, reflejo de la topógrafa, personaje fuerte pero que sólo quiere regresar con vida, que está dispuesta a negociar con esa Área X, que desconfía de sus compañeras, de sí misma. Se nos queda desparejada Cassie, que a pesar de su aparente calma, esconde una rabia que acaba mutando en el lamento del oso que la asesina.

Y así, conservando esos arquetipos, creando nuevos, o haciendo reflejos (toda la fotografía de la película se deleita en torno a reflejos y refracciones), Garland respeta la esencia última de Annihilation, de ese tiempo plástico, de ese terror a lo desconocido, de esa naturaleza mutante y hostil. Y va colocando a cada una su función sobre el aterrador telón del Área X. Los puntos de divergencia conforman una lista sin fin: la película no cuenta con el enigmático Túnel con palabras en sus paredes, ni el libro con el oso aullador, medio vivo y medio muerto. El faro, el origen y duración del Área X, la forma de los dobles, la hipnosis… Pero lo verdaderamente interesante son los puntos comunes de ambos relatos, de cómo se adapta un libreto y parte de otros dos (porque Garland tuvo que echarle un ojo a Autoridad y Aceptación, tomando de ellos lo que más le gustó), y de cómo ambos, Jeff y Alex, son expertos tejedores de líneas de tiempo. Por ejemplo, el uso de los flashbacks y su hábil inserción en la trama principal (en ocasiones, rompiendo completamente el clímax) y la finalidad de moldearnos a nuestra protagonista, dice mucho de estos dos escritores.

Así, con pocas palabras, dejando todo al público, nos entregan a Lena, la bióloga. Entendemos hasta el último de sus actos, de sus palabras en cada momento (y no es que sea muy habladora). Escenas minimalistas, detalles exquisitos a través de los reflejos, y la poderosa actuación de Natalie Portman. No se necesita más para esta poco habitual heroína, acompañada de un elenco magistral.

Los espacios naturales siguen a pies juntillas la novela de Jeff, que se recrea en los ambientes bucólicos que la mano del hombre no puede modificar. La relación del grupo, los conflictos o el abandono de Ventress en busca de sus respuestas es casi calcado de la obra escrita. Otro punto en común es el hecho de que Área X cree dobles, ya sea con la evidencia de la película y su impresionante tramo final, o de una forma más sutil, como en el novela, a través de Pájaro Fantasma (personaje de Autoridad). Pero, ¿es esa su finalidad? ¿Imitarnos? ¿Destruirnos?

¿Qué quiere la dichosa Área X?

¿O es que acaso importa?

Sea lo que sea (extraterrestre, divina, humana), y sean cuales sean sus intenciones, ninguno de estos relatos pretende responder eso. Porque no se puede. No tenemos respuestas. Sencillamente la naturaleza, de una forma inquietantemente bella (porque el Área X tiene complejo de chica tumblr y crea cadáveres empastados en la pared cubiertos de florecitas, personas plantas que serían la envidia de cualquier jardinero y ciervos sincronizados y cubiertos de vegetación), se abre camino, como dirían en Parque Jurásico. Esa duda constante, esa sensación de intranquilidad, de ansiedad ante lo desconocido que nos generan ambas historias es uno de esos puntos fuertes. Es un logro de Garland el conseguir transmitirlo, pues al igual que el relato de VanderMeer, tienes que seguir mirando. Incluso al borde del pánico, tu curiosidad es tan fuerte que quieres más y más.

Y, tomando todas estas similitudes, ¿cómo son relatos tan dispares?

Porque VanderMeer habla de una naturaleza agreste que lo sobrecogió. Y Garland habla del cáncer.

El filme de Alex tiene en el cáncer el eje central de su desarrollo: Lena es experta en cáncer, la secuencia de las células dividiéndose que se repite una y otra vez, la hija de Cassie murió de leucemia, Ventress tiene cáncer, las flores, las mutaciones, las criaturas parecen enormes tumores. A través de sus personajes, de las reflexiones sobre los errores de Dios o el suicidio, Garland escribe su personal relato sobre el cáncer, sin las habituales cabezas calvas, los momentos lacrimógenos o la ropa de hospital. Él usa la alegoría de la naturaleza, de la ambigua Área X para decirnos que tener cáncer es una mierda (¿cómo si no lo supiéramos?), que es una lucha contra ti mismo, que es un shock emocional, que te consume. Pero que aceptas. Porque aceptamos el cáncer, aceptamos morir, aceptamos al Área X, aceptamos nuestros errores, tratamos de enmendarlos (como hace Lena). Nos destruimos, nos aniquilamos, somos una especie tremendamente beligerante, al filo de su final… Y debemos aceptarlo. Como Ventress, como Lena y Kane en la última escena, como se acaba aceptando, de mala gana… ¿o acaso alguien quiere tener cáncer y ser ese luchador valiente que nos venden en las películas de sobremesa? Aceptamos que no sabemos qué es el Área X, que no sabemos qué quiere, que hemos de morir, que hemos de enfermar. Esa sensación es común, es otra perfecta unión de las historias.

Así, como las células que se dividen bajo el microscopio de Lena, dos narraciones se escinden, contando algo completamente distinto pero apoyados en la estructura común, en los personajes explorados hasta las últimas consecuencias.

Garland sólo sigue una corriente que no es nueva en el mundo del cine de ciencia ficción: adaptar una obra con conciencia y aprovechar para crear una narrativa nueva. El ejemplo clásico sería Blade Runner, y el ejemplo más reciente es la preciosa Arrival, gemela de La historia de tu vida, de Ted Chiang. Aquí, Villenueve invierte los flashbacks del relato escrito por flashforwards (algo que no se revela casi hasta el final), dando otro matiz distinto al personaje de Louise, que decide aceptar su futuro a pesar de todo el dolor que encierra. Y es que una adaptación no es tomar la novela a pies juntillas. Una adaptación es buena cuando toma la psicología de los personajes, el ambiente último, la esencia de esa historia y la traslada, la hace propia. Garland, Villenueve y Scott respetan los leitmotiv, las fuerzas motrices, la psicología de sus personajes. La atormentada Lena, la decidida Louise o el confundido Deckard se nos muestran con mil aristas, en una especie de resplandor fractal.

Se enriquecen así las tramas, se ofrecen explicaciones (Garland y sus genes Hox, Villenueve y sus heptápodos dando un empujoncito a la raza humana son incorporaciones completamente novedosas), y se aligeran las narrativas para encajarlas en un medio distinto. Por lo pronto, estaré atenta a todo lo que Garland tenga que ofrecernos, pues su pericia no deja de ponerse de relieve. Mientras, tomen la iniciativa. Crucen la frontera.

Acepten al Área X.

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