LA AUTOPSIA DE JANE DOE. Y la del terror clásico.

Si con Trollhunters nos dio una lección sobre cómo manejar un found footage, André Øvredal ha conseguido con La Autopsia de Jane Doe un relato del que el mismísimo Edgar Allan Poe estaría orgulloso.

Por Teresa Domingo.

 

El terror es algo subjetivo y cambiante. A lo largo de nuestra vida habrá muchas fobias que acabaremos superando y nuevos miedos que llegarán de la mano de malas experiencias. Lo que nunca cambia es la manera de narrarlo. Da igual que sea una película de gran presupuesto, una de serie B o unos niños susurrando alrededor de una hoguera de campamento. Las historias de terror bien narradas pueden hacer que te quedes realmente petrificado. Ojo, que las mal contadas pueden surtir el efecto contrario.  Por suerte La Autopsia de Jane Doe se encuentra en el primer grupo.

Si la historia es buena no hace falta ningún artificio, sólo es necesario crear el ambiente adecuado que preparare el terreno, que vaya atrapando a la audiencia que ansía expectante. Esa tensión sostenida a lo largo del relato es lo que lo hace funcionar. La sugestión que se esconde en los silencios, los susurros, los ecos. El escalofrío causado por el “y si…”. Y que todo se resuelva en último tramo.

La Autopsia de Jane Doe es una película para ver sin saber nada. Así que, ahora mismo, me encuentro en la tesitura de cómo venderos la que ha resultado ser la mejor película de terror del último año sin desvelaros nada más allá de las herramientas que Øvredal usa para crear esa atmósfera imprescindible. Puede parecer que no, pero es suficiente.

Partimos del impecable dominio de la estructura clásica del relato de terror, que sólo precisa de tres factores para ser narrada. A saber: el espacio, una funeraria de pueblo; el tiempo, una noche de tormenta eléctrica; y la acción, la autopsia de un cadáver sin identificar. Con estos tres elementos el director noruego nos abandona en un depósito de cadáveres con dos forenses, que además son padre e hijo, realizando una autopsia completa mientras rayos, truenos y centellas acompañan la sesión. Y si todo esto lo adornamos con crujidos de puertas, emisoras de radio que vienen y van y sombras que parecen lo que no son, da como resultado un relato que perfectamente podría ser un episodio de Historias para no dormir o de Historias de la Cripta.

Todos estos ingredientes, sazonados con una dirección de fotografía, sencilla pero muy efectiva, que utiliza la iluminación necesaria para no dejar ver más que lo justo, son la mejor premisa para que el misterio que el cuerpo de esta desconocida nos tiene guardado nos tenga con el culo apretado hasta que lo descubramos. E incluso un ratito más.

La último instrumento que se ha sabido aprovechar para hacer la atmósfera cada vez más claustrofóbica es la planificación del rodaje de escenas que, montadas con ritmo ascendente, van tensando el ambiente de manera progresiva y hacen que te olvides hasta de respirar. El miedo va creciendo desde dentro del espectador, sugestionado por el entorno y haciéndole sentir nostalgia de ese terror de antes. El de la época dorada de los relatos pulp que engrandecieron directores como Wes Craven o John Carpenter en los ochenta. Ése de  que te dejaba pegado a la butaca del cine, o al sillón de tu casa si se trataba de alguna de las series anteriormente mencionadas y en el que sólo la puesta en escena bastaba para acojonarnos sin remedio.

Las películas de miedo tienen que infundir eso, miedo, no usar el truco barato, bastante manido y desquiciante, del chan chan a todo volumen cuando alguien se acerca por detrás del prota y que resulta totalmente irrelevante para el devenir de los acontecimientos.  La Autopsia de Jane Doe viene a demostrar que el terror clásico no pasa de moda y que, si la historia está bien construida, basta con una localización mínima, tres actores y una iluminación de calidad para dejarte descompuesto.

Tras el cambio de registro, estilo y narración, comparado con su magnífica ópera prima, Trollhunter, André Øvredal se alza como una de las promesas del cine de terror en el que los asiduos al género depositamos muchas de nuestras esperanzas y deja claro que no por mucho producir se cuentan mejores historias, de mejor forma o con más personalidad. Sinceramente, si tengo que esperar otros seis años para el siguiente cuento de terror de este señor, pues los espero.

Sigue a La Isla de las Cabezas Cortadas en Twitter y en Facebook.

Acerca de Teresa Domingo 146 Articles
Si es creepy, es para mí.

1 Trackbacks y Pingbacks

  1. ¿MOLA O NO MOLA? Vol. LXII - La Isla de las Cabezas Cortadas

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*