BEOWULF. Olor a color y epopeya.

Es de todos conocido que tengo debilidad por el arte de David Rubín. He repetido hasta la saciedad que me parece uno de los mejores dibujantes de cómics del momento y Beowulf no ha hecho sino confirmarlo. Prometo que esta es una reseña honesta, aunque no lo parezca, pero es que hay cosas que son. Independientemente del que las interprete.

Por Javier Marquina.

Es la cuarta vez que empiezo esta reseña y sigo sin saber muy bien como hacerlo. De qué hablar. Cómo explicarlo. En realidad debería ser fácil empezar. Sí. Debería. Pero llevo días renqueante, con las palabras atascadas, con la cabeza en otro lugar, así que disculpar si esto no es lo que tiene ser, o lo que este cómic merece. Pero tengo que intentarlo, así que allá voy.

Beowulf es un libro grande que consumes deprisa. Un álbum con olores de tinta y libro nuevo y color que se acaba rápido por el puro deseo de querer más en cuanto vuelves la primera página. Beowulf es rojo sangre. Sobre todo. Y negro. Y verde radioactivo. Tóxico. Beowulf es, por encima de todo, una epopeya clásica, y algo me dice que las cosas están bien hechas cuando al acabarlo por primera vez, ésta es la única palabra que te viene a la cabeza para describirlo con precisión. EPOPEYA. Porque Beowulf es grande, sí. En tamaño y contenido, pero es que es así como deben ser estas historias.

Reconozco que a avanzar por este cómic de manera automática, casi instintiva, ha colaborado  que el mito de Beowulf es algo que conozco bien. Algo que he visto, leído y seguido desde niño, desde que mi padre me regaló un libro de mitos europeos en el que el monstruo Grendel dominaba el interior con miedo y formas aterradoras. Ha sido como conducir otra vez por esa carretera que te conoces al dedillo, pero a la que han cambiado el trazado, por lo que recorrerla es a la vez familiar y diferente. Beowulf se lee deprisa, puede ser. Pero se consume despacio. Es arte de pocas palabras plagado de detalles. Es oficio infinito de un guionista que se pone a disposición de su dibujante para exprimir cada una de las páginas en una dirección. A veces asombrosa. A veces, incluso, apabullante. Beowulf es una obra generosa, brillante, excesiva y tajante. Podria seguir buscando durante horas adjetivos en el diccionario de la RAE, pero creo que ya habéis pillado el concepto.

Beowulf se recorre deprisa, pero es un cómic de consumo complicado, difícil, lleno de recursos que a veces hay que buscar y volver a mirar varias veces para apreciar. Es un libro para iniciados. Para aficionados. Para gente que, como yo, ha crecido con los tebeos y le laten en las tripas. Pero también es un libro para todos. Un libro que hipnotiza. Un libro que es muy sencillo de disfrutar. De esos a los que vuelves a menudo para releerlo. Y mirarlo. Y disfrutarlo tantas veces como sea necesario. Una historia sencilla contada de manera compleja. Porque cada cuadro, cada viñeta, cada onomatopeya, cada color, cada dibujo, cada recurso, cada línea… todo tiene una razón de ser. Está ahí por algo. Ha sido pensado con un motivo, con un sentido. Beowulf no es una obra dejada al azar. Beowulf ha sido ideada durante años. Adaptada. Modificada. Reconvertida. Y para mí este es el principal acierto del guión de Santiago García. Contar. Narrar. Usar todo lo que está a sus disposición para que la imagen hable, que esto es un cómic. Usar las palabras como asidero. Como brillante punto de apoyo. Como acompañamiento. Como complemente de la imagen y para ilustrar, aunque sea un contrasentido, un proceso de creación impresionante.

Y es aquí donde llegamos, como no, a David Rubín. Porque Beowulf es la confirmación, la consolidación de aquello que fue El Héroe, su anterior obra. Si aquella era el do de pecho, el puñetazo en la mesa, la declaración de intenciones y la eclosión de un autor completo, total y absoluto, Beowulf es la confirmación de que Rubín no es sólo un autor y un dibujante superlativo, un narrador diferente y completo. Rubín es una fuerza de la naturaleza. Un talento de esos que al final acabas odiando con envidia, porque hace fáciles cosas muy difíciles y complica las fáciles para que parezcan mejores. Rubín es un dibujante de los que te dejan con la boca abierta, de los que duelen, de los que “detestas” a puro golpe de admiración, de envidia, tal y como he dicho antes, porque lo máximo que tú eres capaz de dibujar, sería fácilmente mejorado por un niño de tres años cogiendo el lápiz con el pie izquiero. Rubín además ha alcanzado ese estado en el que su estilo es totalmente personal. Único y reconocible. Bebe de muchos y no se parece a ninguno. Reconocible a distancia por un rápido vistazo a sus portadas, a menudo dificil de interpretar, complejo, arriesgado, pero fácil de seguir, de leer y de aplaudir.

Beowulf es García y Rubín. Una historia clásica. Colores. Dobles páginas épicas con aroma de buen cine, de western medieval, de gran superpoducción con voluntad de serlo. Beowulf es héroes solitarios y antipáticos que se enfrentan a peligros imposibles. Grandeza. Valor. La necesidad de arriesgarlo todo para que alguien, algún día, en algún momento, acabe hablando de ti. Chulería del que puede ser chulo porque se sabe superior. Muerte brutal y fuego. Carne. Violencia. Dolor. Beowulf es un cómic excelente y, sobre todo, la confirmación de algo que ya no se intuía, porque ya había quedado demostrado, y es que estamos ante autores llamados a hacer grandes cosas, si es que no las están haciendo ya.

Que lo están.

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Acerca de Javier Marquina 210 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

2 comentarios en BEOWULF. Olor a color y epopeya.

    • Coincido plenamente. Una alegría verte por aquí, Juanfer y muchas ganas de ver esa nueva aventura de El Templario en la librerías.

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  1. Ganadores de los premios de Expocomic 2013 | La Isla de las Cabezas Cortadas

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