Bioshock The Collection

¿Me lo compro o no me lo compro? Soy un jugador que ya peino canas no sólo en la cabeza, y ya tengo los Bioshock más que vistos… Soy un gamer de nuevo cuño y paso de quemar 70 pavos en un juego de hace casi diez años… No vale ninguna excusa.

Bioshock The Collection mola tanto que te la tienes que llevar a casa. Si ya tienes los juegos, porque sabes que son un pepinazo y son un clásico por algún motivo. Por muchos motivos, en este caso. Y porque volver a sacar la 360 o la PS3 del armario y quitarla el polvo y volver a conectarla a la tele es un rollo… Si no los has jugado, porque alma de cántaro, si dices eso por ahí te van a meter alguna pedrada: hay que jugarse los Bioshock, y punto. Eso no se discute, a riesgo de que los dioses del gameplay te fulminen con un rayo de plasma o te conviertan en youtuber.

En los últimos años hemos visto muchas remasterizaciones, reediciones y demás sacacuartos. Algunas versiones muy justificables, otras que sólo han hecho daño a los títulos originales, haciendo que gráficos de hace 10 años se vieran como de hace 15. El horror de los dientes de sierra y los píxeles grandes como el iceberg que hundió el Titanic. Pero no es el caso de estos nuevos Bioshock, donde el lavado de cara va un poco más allá del reescalado a 1080 p y los 60 fps. Son muchos los detalles que mejoran en estos tres juegos, especialmente en los dos más viejunos, claro. Y eso que eran juegos que ya se veían muy bien en su momento. Ahora pasas sobre los charcos de los juegos como si nada, pero conozco a más de uno que se tiró un buen rato en su primera partida mirando los charcos y los chorretones de agua por las paredes de Rapture. El caso es que no debe despreciarse el poder de las luces volumétricas y el derroche de partículas a la hora de volver a poner a punto un clásico en tu pantallón HD.

Bioshock y Bioshock 2 han quedado de lo más guapetes en esta nueva edición. El primero es el que más me ha sorprendido, el segundo (a pesar de ser el “patito feo” de la franquicia) es el que creo que ha quedado mejor. También Bioshock Infinite se ve muy bien, pero al ser más reciente el impacto es menor. Rejugar estas revisiones de los Bioshock es como encontrarte con un amigo del instituto al que hace mucho que no ves por la calle y descubrir que el gordo de Carlitos es ahora monitor de spinning en un gimnasio y rezas para que no se acuerde de cuando le hacías la puñeta en el recreo y te meta una oblea de Big Daddy que te ponga a bailar merengue. Ahora la iluminación es mejor, las texturas son mejores, la definición pega un salto enorme y todo eso sólo sirve para embellecer tres juegos que eran casi perfectos en el momento de su lanzamiento original.

Y es que los Bioshock molaban mucho por su planteamiento original, por su guión, por su jugabilidad y por lo brutos y divertidos que eran.  Ah… Éramos tan jóvenes y hermosos. Y a pesar de que ahora nosotros estamos algo más gorditos y nos duelen las rodillas cuando va a llover, los Bioshock siguen siendo igual de molones. Los he vuelto a jugar, los he vuelto a disfrutar. Ha sido fantástico refrescar por qué Bioshock Infinite, especialmente, me gustó tantísimo. Un paseo glorioso por la nostalgia más divertida a golpe de plásmido y de escasa munición para la escopeta. ¿Por qué siempre me quedo corto de munición para la escopeta?

Son 70 lereles, pero son tres juegazos, con sus DLC y complementos (aunque el multijugador del Bioshock 2 se ha perdido por el camino, pero tampoco es que a nadie le importara demasiado, verdad?). La verdad es que me cuesta imaginarme argumentos para no pillarlo, incluso teniendo los juegos originales… Porque ya sabéis,  es igual de bueno que siempre, pero además “el sombrero es nuevo”.

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¡Oh, mírame, estoy haciendo feliz a mucha gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico! ¡Del pais feliz! ¡De la casa de gominolas de la calle de la piruleta!

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