Black Mirror 2×02: La importancia del punto de vista

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Pero bueno, ¿y este de qué va?

Por Patri Tezanos.

Hay episodios de Black Mirror que son un poco más cristalinos que otros. En mi opinión, el de la semana pasada, White Bear, fue de los más opacos. Creo que el valor de Black Mirror reside precisamente en eso, en la multitud de cuestiones que plantea cada capítulo y que el espectador se agarre a la que prefiera para reflexionar, en los caminos que se siguen y en las discusiones que se generan con el objetivo de averiguar la respuesta a la pregunta: ¿qué nos quiere decir Charlie Brooker esta vez?

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Black Mirror es una serie bastante tecnoparanoica. Cada uno de los episodios que hemos visto está estrechamente vinculado con la tecnología y con la parte de ella que nos pervierte como especie. A partir de nuestra relación con la tecnología, Charlie Brooker nos pone frente al “espejo oscuro” para que nos miremos. ¿Qué efectos tiene o puede tener esa relación sobre nuestra parte humana? La primera temporada señaló que la tecnología nos aparta del mundo, nos convierte en traidores y nos obsesiona; en el primer episodio de la segunda temporada señaló la capacidad de sustitución fría y parcial que tiene la tecnología. En este segundo episodio de la segunda temporada, a mi parecer Black Mirror nos quería decir lo siguiente:

Según comienza el capítulo, parece que White Bear nos va a contar una historia para regañarnos por cuestiones que están tan a la orden del día como la moda en las escuelas de pegar palizas al marginado de la clase, grabarlas con el móvil y subirlas a Youtube. Una mujer que necesita expresamente ayuda es víctima de una especie de broma macabra y de algo terrible como es la omisión de socorro por algo tan futil como es grabar la experiencia en vídeo. Su desgracia no era más que un espectáculo para una masa de idiotas que se limitan a mirar.

Buena parte del capítulo se centra en ello: resulta que una señal diabólica de origen desconocido “zombificó” a buena parte de la población y no pueden dejar de mirar sus pantallas y grabar todo lo que les rodea con sus smartphone (vaya, no sé de qué me suena). Parecía una metáfora, exagerada como siempre, acertada como nunca, de las tendencias actuales.

Pero luego la trama da un giro inesperado. Toda la historia de la señal diabólica no es más que un montaje televisivo, un show de una especie de parque de atracciones justiciero. Averiguamos que la protagonista, por la que llevamos sufriendo todo el capítulo, encubrió el asesinato de una niña a la que su marido secuestró y quemó en el bosque. Ella, además de encubrirlo, había grabado el horrendo acto con su teléfono móvil y, al parecer, se había regocijado en ello y disfrutado con las imágenes.

Voilá. El punto de vista ha cambiado la historia completamente.

Y es aquí donde, a mi parecer, está el quid de la cuestión del capítulo.

Sorprende descubrir cómo empiezas el capítulo sufriendo por la protagonista y cómo acabas deseándole eso y peores cosas. ¿Cómo ha ocurrido así? Basta con percibir la información que manejas en cada uno de los “bandos”. Al principio sólo conocemos la versión de la protagonista. Al final conocemos la versión popular.

¿Dónde está la trampa? En que, en realidad, nos quedamos sin saber qué es verdad.

El asunto es un tetraedro. En una cara tenemos escasas muestras de que la protagonista sea una asesina fría y sanguinaria. ¿Cómo puede serlo? Si lleva todo el capítulo temblando, gritando y llorando a causa de la violencia que percibe a su alrededor. No parece para nada una mujer capaz de quedarse quieta ante el asesinato de una niña y disfrutar con las vistas. También lo demuestra con el mimo con que toma la foto de “su hija” antes de salir de la casa y reempezar su pesadilla digna de Sísifo. En otra cara tenemos la realidad mediática: imágenes del juicio, de unos supuestos padres plañideros y la explicación sensacionalista del presentador del espectáculo. En otra cara también tenemos a una empresa haciendo dinero de la “gamificación” de la justicia. Y en la última cara tenemos a un público que consume con gusto y diversión y en grupo la versión mediática de los hechos y que es incapaz de apartar su vista de las pantallas: todo lo que ven del asunto lo ven a través de un medio o mediatizado, nunca lo ven directamente a pesar de que la realidad está ahí, gritándoles en la cara y tirándole piedras.

Pocas veces en la vida real llegamos a percibir todas las caras del tetraedro. Casi siempre permanecemos ciegos al resto de caras que no sean las mediatizadas. Y en casi todos los asuntos de dimensión pública nos comportamos como esos “zombis” devoradores de pantallas. ¡Tampoco es que podamos comportarnos de otra forma! En casi ninguna ocasión somos capaces de alcanzar realidades que nos interesan porque no tenemos tiempo de irlas a comprobar por nosotros mismos. No somos culpables por ello. Dependemos de los medios de comunicación para estar informados de lo que ocurre más allá de nuestra vida cotidiana.

No obstante, sí somos culpables por otra cosa: por permanecer ciegos al resto de caras o, al menos, a la posibilidad de que ellas existan. La primera y la más importante: la existencia de una versión diferente a la mediática. La segunda y también eternamente ignorada: los medios, como ese parque de atracciones justiciero, son un negocio bastante alejado del “servicio social” como es el de trasladar información veraz, completa y multifacial. Son un negocio, y como tal nos traslada la versión que más le interesa, tal y como hace el presentador del show en el episodio: su misión es azuzar a las masas, cultivar el odio hacia la supuesta asesina o cualquiera que se siente en esa silla, es decir, hacer que el parque funcione.

Cuando acaba el capítulo y nos desvelan que lo que vivía la protagonista es una verdadera condena como la del mencionado Sísifo (o peor, porque al menos Sísifo sabía que se trataba de una condena) nos encontramos sin saber qué pensar. ¿Serías capaz de declarar culpable a esa pobre mujer, esa que coge con cariño la foto de la niña, esa que grita, llorando, que es imposible que eso de que la acusaban fuese cierto? ¿Serías capaz de no desearle peores cosas sabiendo lo que hizo? ¿Tú qué quieres pensar?

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Ya nos lo advierten las tres normas básicas del parque de justicia White Bear: permanece lejos de la realidad, puede ser peligrosa, pero, sobretodo, diviértete.

Real y deleznable, como la vida misma.

Sigue a Patri Tezanos en Twitter: @PatriTezanos

7 comentarios en Black Mirror 2×02: La importancia del punto de vista

  1. Los episodios de Black Mirror, en mi opinión, van en orden de factible-nofactible-factible. El 2×02 es no factible. Mucho tendría que cambiar la lógica “emocional” humana para que esto llegara a pasar. A todos nos gustaría tirar tomates a José Bretón, pero no a alguien que reinicien cada día y que no recuerde ni quién es, como para encima ser consciente del delito que cometió.

    • Muy interesante lo del orden factible-no factible-factible. En cuanto a lo de que no le tiraríamos tomates a José Bretón o a un similar aunque ande desmemoriado y desesperado… no sé yo. Las personas en masa somos muy diferentes.

      Un placer que te pases y comentes, Jake! :-)

  2. Lo bueno es, como bien dices, que cada espectador lo encaje tal como lo perciba. Personalmente, hasta el último momento -justo antes de que salieran los créditos y el procedimiento del McAbro-reality- no me ha asaltado la incertidumbre y una desconfianza brutal hacia el show y en particular, el presentador. Pero hasta el punto de sentirme imbécil por no haberme dado cuenta hasta que hayan saturado de maldad al personaje, de que nunca es tan sencillo como Bueno Vs Malo.

    La serie hace que si tienes tu inteligencia en alta estima, te replantees al menos si eres tan omnisciente como crees. Me ha encantado tu reseña por lo mismo: ha sido como una bofetada de confirmación.

  3. Me parece que te perdiste un poco en el significado del capítulo.. y qué pena que seguramente no serás la única que ve a esa mujer pasarlo así de mal y aún así comprende y empatiza con la actuación de toda esa gente que la graba sin inmutarse pensando que es “justicia”.
    Sabes? Esto va más allá, este capítulo, que además funciona como experimento sociológico, nos cuenta que ninguno nos salvamos, todos somos manipulables, no nos planteamos la realidad, no la criticamos, somos meros espectadores. Unos en primera fila, otros en última, pero todos miramos sin inmutarnos ante la mayoría de atrocidades que ocurren.
    Parece evidente en la primera parte que esto es lo que se plantea. Entonces llega el giro, pero el giro es solo un engaño, una trampa, una prueba al espectador, para saber hasta que punto realmente somos conscientes de nuestro rol. Nos “justifica” las atrocidades que se cometen con esa mujer y, lamentablemente, muchos caen en justificar una atrocidad y quedarse mirando.

    • .. a una mujer torturada, sin hacer nada. ¿Es que acaso se puede disfrutar de la tortura humana de esa forma? Sea la víctima culpable del mayor crimen o no. ¿No nos convierte eso en lo mismo que estamos despreciando?

  4. Excelente reseña. Jamás estaría de acuerdo con la violencia psicológica con la que trataban a la supuesta culpable. Pero es un experimento sociológico buenísimo. Tengo gente que vio el episodio y al saber es supuesto crimen que habría cometido justificaban la violencia con la que se trataba al personaje pricipal.

  5. La escoriación casi emblemática que delinea este espisodio me recuerda a la frase de Deleuze “dar más es horrorizar el cúmulo”, es decir, no se puede imbricar, ni por todos los horrores de la humanidad, la patética ulterización que un habitus consciente, diría Bourdieu, implicando un cuasi fábula tecnopática y lacerante. Sin duda, una mediatización de la abusrdez desesperada de los que creen en nada, vaya horror!

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