Black Mirror 2×03: la politicaca

alertaspoilers2Disertación gratuita sobre el contenido político y social de The Waldo Moment. La imagen de La Estéban tiene sentido.

Por Patri Tezanos

belen esteban

The Waldo Moment presenta una idea que parece muy descabellada: un personaje animado presentándose a las elecciones de UK y quedando por encima de los laboristas. Aquí en España hubiera sido algo así como si Trancas y Barrancas, las hormigas del terrible-apocalíptico programa de Pablo No-Puedo-Con-Su-Vida Motos hubiesen ganado más escaños que el PSOE en las últimas elecciones generales y ligeramente menos que el PP.

¿Descabellada?

Pues a ver si no lo va a ser tanto…

Viendo este capítulo de Black Mirror me fue imposible no recordar los de los ecos de aquella encuesta estadísticamente representativa según la cual Belén Estéban, de presentarse a las elecciones, obtendría más votos que Izquierda Unida. Que nadie se alarme. Que nadie tome en serio esa encuesta. Son coñas. No creo que nadie contestara con sinceridad a aquellas preguntas (o más bien quiero creer, confío). Tampoco estoy diciendo que ese hecho sea un paralelismo del capítulo. Pero la he mencionado para comenzar la explicación de The Waldo Moment porque importa la idea que opera detrás de ese hecho: la política se va al carajo, y ello supone un peligro.

“La política se va al carajo, y ello supone un peligro.” Esa es la moraleja del último capítulo de esta temporada. Vale, la tenemos. Era fácil. Pero, ¿a qué lo achaca la serie? Eso es lo que vamos a revisar a continuación.

La cuestión que hay que preguntarse para empezar es muy simple: los que votan a Waldo, ¿por qué votan a Waldo? ¿Por qué gana este personaje tantos seguidores? ¿En qué se basa el éxito de Waldo?

Desde la perspectiva del tipo ideal weberiano de política, ese que representa nuestra idea de cómo debería ser la política para ser correcta, la pregunta, directamente, no tiene respuesta. De hecho, el hecho supone una aberración. Un oso azul sin programa, sin constitución política clara, sin ideas siquiera… ¡jamás, pardiez! Un atentado a la razón. Algo que pondría de punta el vello del mismísimo Giovanni Sartori.

En cambio, desde la perspectiva del marketing y concretamente del marketing político la respuesta es muy fácil: porque Waldo se agrega a la opinión mayoritaria. Waldo gusta. Waldo es guay. Toma la crítica y la hace suya. Se constituye como representante de casi todos, y además lo combina con una lengua viperina, rápida y a veces chabacana. Un personaje nada inglés, vaya. Y encima te divierte. La política convertida en show. La política devaluada a producto.

¿Cómo puede ser esto posible? ¿Cómo puede ser esto la política de hoy en día?

No es algo nuevo. Esta marketinización y, por ende, devaluación de la política es un proceso que lleva ocurriendo desde los 50. Cómo no, empezó en Estados Unidos, y desde allí se extendió al resto del mundo y probablemente al resto del universo. Y en sí mismo no es un proceso nuevo. Sólo hay que echarle un vistazo a la historia del marketing y la publicidad para ver que las cosas en política han pasado como ya han pasado en otros terrenos. En un principio, la venta se basaba en la razón. “Este producto te va a servir para esto”. Eso era lo normal en un mercado sin competencia. La publicidad te tenía que decir para lo que te serviría un producto y sus atributos. El problema o problemilla adviene cuando la producción y la competencia ha crecido tanto que el hecho de decirle a un posible cliente que tu producto podía servirle para una cosa concreta, no servía de nada, simple y llanamente porque el de al lado era capaz de hacer exactamente lo mismo. Guerras de precios aparte, llegó un punto en que comenzó la Era del Humo: mi detergente te proporcionará sonrisas, mi coche significa sexo, mi licuadora te hará el ama de casa más eficiente y feliz, mis zapatos te harán molar…

Tal cual pasó en detergentes, coches, patatas fritas, zapatos y cualquier área de negocio que se te pueda ocurrir, tal cual pasa en el terreno de la política. Cada vez se ignora más apelar a tu razón para conseguir tu voto y se utiliza más la emoción: lo supérfluo. El exponente, por supuesto, tenemos que irlo a buscar a Estados Unidos y la campaña de venta más cara de la historia llamada Obama. “Vota al presidente que te hará molar”. Llevar una pegatina de Vote For Obama era lo mismo que llevar el perfume de Lady Gaga. Vota a Obama porque lo dicen Jessica Alba y Oprah Winfrey. Tus reflexiones no importan. No tienes que reflexionar, ¡no te molestes! Vota, porque mola, porque es un complemento más de moda. Y a ser posible compártelo con tus amigos. ¿Qué es eso de la privacidad y el anonimato? ¡Nah! El capítulo lo llega a expresar muy bien en uno de los diálogos entre el actor de doblaje de Waldo y su productor rapaz: ¡no haría falta más que los votantes dieran a Me Gusta! Un ‘like’ y nueva decisión tomada. Un gesto. La democracia participativa a través de la red de Mark Zuckeberg. Inmediata, ‘instant law’, ‘instant choice’. El famoso “I Like Ike” de la campaña presidencial de Eisenhower llevada al extremo. ¡Usa la app de Waldo para gritarle cosas a los políticos! ¡Gana puntos en la red social de Waldo!

The Waldo Moment habla, pues, de la forma de hoy de hacer política, habla del marketing político: el político ya no debe convencerte, debe seducirte. Debe instalarse en tu cabeza por la misma vía por la que Apple te vende un iPhone: la periferia de tu inteligencia. Nada de racionalidad. ¿Acaso alguien que emplee la razón, fría y lógica, votaría a un dibujo animado sin programa sólido? Claro que no. ¿No? ¡Ay! Es que es tan majo y tiene una sonrisa tan bonita…

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Lo jodido de este capítulo de Black Mirror, como todos, es que también es casi verdad.

Y digo casi porque todavía no hemos llegado al extremo de votar  avatares animados, pero sí de votar a políticos que utilizan el sentimentalismo y las promesas baratas para conseguir votos (a los políticos que compartían debates con Waldo, esos que van a las escuelas a rodearse de niños). Cierto es que el nivel de sectarismo al que han llegado al otro lado del charco todavía no está importado del todo, pero sí hacemos muchas cosas porque alguien o algo nos rasca el corazón político cuando el hecho de percibir que nos están rascándo la barbilla nos debiera hacer levantarnos con ánimos asesinos dignos de Patrick Bateman y gritar “¡deja de insultar a mi inteligencia!”. Porque sí hemos comprado más a marcas que han utilizado el rebufo del disgusto social y de la crítica para ganar ventas (coj cojCampofríocoj coj ¡ay qué tos!). Porque sí hemos compartido eslóganes y frases baratas y dignas de libro de autoayuda en Facebook, lanzada por una página concreta para conseguirse más Me Gusta. Porque sí vemos programas de televisión (de cadenas que perpetúan este modelo de política, ¡vivan los intereses ocultos!) que utilizan ese mismo rebufo para hacer programas al gusto de la inteligencia y de la rabia del consumidor y hacer espectaculares cifras publicitarias (de todos los colores, desde Salvados a El Gato al Agua) tal y como hace el programa de The Waldo Moment. Porque sí retwitteamos a perfiles de Twitter graciosísimos que juegan (y jugamos) a ver quién dice la mayor burrada ingeniosa sobre ‘x’ asunto para ganar el aplauso, la gracia, followers, me gusta…

Solo que todavía ninguna marca, presentador de televisión, dibujo animado o ‘whatever’ se ha presentado expresamente en la vida real a las elecciones. Tiempo al tiempo. ¿Cuál sería el resultado? Apple for president, Buenafuente for president, Bob Esponja for president. Seriedad, ninguna. Yo no veo posible que un cirujano se dedique a bailar El Tigeraso cuando hace una operación, quizás porque la medicina no es el terreno en donde cualquiera pueda entrar a ver cuántos adeptos pesca; no obstante veo muy posible eso en el plano político. Ahí estaba Toni Cantó y su rap. La política, cosa que debiera animar a la reflexión y tomarse en serio como una operación a corazón abierto, es cuestión de broma, es politicaca. Nadie bromearía sobre el desliz del bisturí sobre la arteria inadecuada del paciente, nadie permitiría que un señor que está licenciado en económicas le opere. ¿Cómo sí vemos como perfectamente normal y aceptamos cabizbajos (cada vez menos, quiero esperar) y votamos al paria de turno que nos viene prometiendo y exhibe una moral defectuosa y unas intenciones opacas?

La política está tan erróneamente considerada que nos llega a encajar que Belén Estéban o un oso azul producto de un Late Night pueda acceder a la presidencia. Es j*dido, pero encaja. Eres capaz de visualizarlo y de creerlo. La hacemos caso de forma superficial para lo de siempre: divertirnos, reírnos, convertirla en consumo, digerirla como un yogurt con bífidus y depositarla en el váter. El cerebro no interviene. De tal forma que es perfectamente plausible en que acaben gobernándonos los Teletubbies de turno porque son majos y adorables.

Sí, así estamos.

¿Qué pasaría si alguien decidiera utilizar esa dejadez pública, esas bajas defensas ante lo que brilla, esa concepción errónea a su favor (de una forma más expresa a lo que asistimos diariamente)? Eso es lo que plantea la parte final del capítulo de Black Mirror.

The Waldo Moment lo justifica con el aumento del share para el programa de televisión del dichoso oso azul, pero al final nos descubre que el 100% de share se quedó corto y decidió conseguir el 100% del mundo. El problema es que este modus operandi ya lo anega todo. La política, de las cosas que más nos condicionan día a día, no nos importa. ¿Estamos tan cansados de nuestros políticos que resulta más aberrante votar a PPSOEIUPyD que a un oso azul con ganas de juerga? Seguro que sí. ¿Llegará el día en que eso nos proporcione un nuevo orden mundial digno de 1984?

¿O lo estamos ya?

Que alguien me avise cuando tenga la respuesta. Yo me voy a ver series.

Sigue a Patri Tezanos en Twitter: @PatriTezanos

4 comentarios en Black Mirror 2×03: la politicaca

  1. En cualquier caso, el final del episodio me parece muy revelador de lo que piensa Channel 4 al respecto del nuevo sentimiento generalista: si votáis payasos, tendréis dolor. Votad a los torys o a los laboristas, que son personas series que van a guarderías a dar charlitas.

    Si votáis a personajes como Waldo (véase Beppe Grillo en Italia) corréis el peligro de dejar de ser una “democracia participativa”. Y eso es cierto. El miedo a cosas aún peores que sucedieron en el pasado está ahí. La nueva ultraderecha (Amanecer Dorado ya está en España también) está abriéndose paso peligrosamente en países mediterráneos sobretodo, creando un falso nuevo enemigo: el inmigrante ilegal (esos que ahora huyen de España porque no encuentran trabajo, sí esos).

    ¿Pero si no qué?¿Miedo e incertidumbre? ¿O dolor suave pero continuado?

    • Amén.

      Tenemos el caldo de cultivo perfecto para volver a tropezar con la misma piedra. El problema es que el terror del pasado lo vemos en perspectiva. El del presente lo tenemos tan en las narices que ni lo vemos o nos cuesta averiguar donde está.

    • Lo que sí es censurable del capítulo es esa “salvación” si se coloca el voto en lo de siempre. No sé qué tal idea tendrán los ingleses de sus políticos, pero aquí en España es que los candidatos son más cutres que Waldo.

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  1. Ciencia ficción, distopías y publicistas | La Isla de las Cabezas Cortadas

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