BLACK MIRROR. TERCERA TEMPORADA.

Disponible ya en Netflix, la tercera temporada de Black Mirror acaba de aterrizar en nuestros hogares y en la Isla nos hemos puesto de acuerdo para hablar de ella.

Pues no. No vamos a hacer una revisión pormenorizada de cada episodio alabando o destrozando sus virtudes o defectos artísticos. No vamos a hablar del debate encarnizado que se ha extendido en las redes sobre si lo que hace la serie es abrirnos los ojos o dispensar moralina demagógica y facilona. Como buenos monos redactores que somos, nos vamos a centrar en flipar un poco y dejarnos llevar por los temas de fondo de los habla la serie, dando una opinión propia, personal, válida y criticable de los aspectos sociales más destacados de cada capítulo. Eso sí, ya que nos centramos en elementos vitales de la trama, va a ser inevitable lanzar algún SPOILER, así que, si sigues leyendo, que sea bajo tu propia responsabilidad.

Y además, tenemos el honor de contar con la colaboración de Joe Runner y Jorge V, redactores compañeros de la web hermana y amiga ZONA ZHERO. Ahí es nada.

Y dicho esto, vamos con las reflexiones:

(Como en Black Mirror, puedes leerlas en orden o saltar directamente a tus capítulos preferidos)

 

BLACK MIRROR T03 E01: CAÌDA EN PICADO
LA TIRANÍA DE LOS POPUS
Por Javi Jiménez.

Black Mirror Episodio 1 primero tercera temporada 3 caída en picado nosedive

La vida se mide por los me gustas que tengas. La democracia total. La dictadura de la opinión de masas. La conciencia colectiva anuladora de la voluntad del individuo.

“Oh vaya, ya están los viejos de siempre quejándose de las nuevas tecnologías. Ufff que sí abuelo, que el Facebook y el Twitter son los heraldos de la destrucción de la civilización”. Dices mientras observas con pánico que tu publicación en Instagram todavía no ha alcanzado la media de 24 me gustas que sueles obtener. Miras y lo compruebas todo: el sitio de magnífica estética donde pagaste 6€ por un café, tu cara sonriente, los hashtags colocados correctamente… El contador sigue sin subir. Sabes que deberías haber esperado una hora de más actividad. Ya es tarde. La has cagado. Ahora esa persona en la que te has fijado no querrá saber nada de un pocosfollowers como tú.

¡Qué ridículo que miren un número para permitirte viajar en avión o comprar un piso! Para nada vivimos en un mundo así donde lo único que cuenta es un puñado de dígitos. ¿Seguro? Toda  jerarquía social se puede reducir a cifras: un número de antepasados nobles (si ese número era cero, estabas jodido), un número de tierras, un número de esclavos, un número de monedas de oro en la faltriquera, un número en la cuenta del banco, un número de seguidores, un número de me gustas.

Los números dotan de una falsa sensación de objetividad. Son fríos, parecen casi divinos. Los números son complicados pero si el número lo dice será verdad. Bien pasa con las reseñas. Todo queda reducido a un porcentaje en Rotten Tomatoes o a una nota en IMBD.

La idea es la misma: Toda la complejidad de una unidad reducida a una cifra. Todo lo que compone a una sola persona reducido a un número.

No es justo pero sí parece práctico. Como con las películas, no queremos gastar nuestro precioso tiempo con un más que mediocre 2 estrellas. Ni mucho menos con algo con puntuación inferior. El resto de la sociedad nos ha indicado que son una pérdida de tiempo o directamente ofensivos. Simplemente, no vale la pena.

Apliquemos el sistema a nuestro concurso de popularidad vital en el que todos (excepto un puñado de psicópatas) participamos queramos o no. Todos queremos ser aprobados por otros. Aunque no nos vale con la apreciación de cualquiera, la aceptación es una droga que en seguida genera tolerancia: un 1’8 no nos sirve, necesitamos que alguien que creemos mejor que nosotros nos apruebe.

Aún así, no podemos agradar a todos, ¿verdad? Ser uno mismo desde luego no es el camino para conseguirlo. Necesitamos máscaras para conseguir esas puntuaciones. De igual manera que no subes a tu Instagram el triste arroz con tomate (de bote) que te has tomado una mañana de resaca, no te comportas igual cuando vas a ser juzgado por alguien. Tu deseo por agradarle puede ir tan lejos que te traicionarás a ti mismo.

Despídanse de ese ser humano único y digan hola a una cáscara políticamente correcta.

Quiero pensar que una tonta app no nos detendrá cuando llevamos participando en este show desde que fuimos conscientes de nuestros propios gases. Siempre nos quedará la alternativa radical: ser nosotros mismos, a pesar de que en ocasiones esto no le agrade a todo el mundo. No seguir modas horribles aunque estas nos devalúen socialmente, soltar un taco cuando tu meñique choca contra la pata de la mesa, decirle a alguien que está actuando como un gilipollas, en definitiva, ser humanos.

Solo hay algo que este capítulo de Black Mirror ha visualizado mal: nosotros somos demasiado vagos para la opinión de 5 estrellas, nos basta con un pulgar arriba y otro abajo.

 


BLACK MIRROR T03 E02: PLAYTESTING
TODAS ESAS VOCES BRAMANDO EN TU CABEZA
Por Javier Marquina

BLACK MIRROR T03 E02: PLAYTESTING

A priori, podría parecer que este episodio de Black Mirror habla de los videojuegos y del creciente peligro que la inmersión en ellos gracias a la cada vez más palpable realidad virtual va a suponer en nuestras vidas. Condenados a vivir vidas que no existen sentados en nuestro sofá, el futuro de la humanidad cada vez está más cerca del de esos esféricos humanos que cruzaban el espacio en la nave-útero que salía en Wall-E.

Si el televidente es avispado, incluso podría deducir que el mensaje moral que trata de insertar en nuestro cerebro el señor Charlie Brooker es el de que usar los móviles en el momento menos adecuado puede llevarnos al desastre. Una especie de “en el cine apaga el móvil” elevado a la enésima potencia. A ver quién es el guapo que no pone el modo avión en su siguiente viaje en aerolínea.

Sin embargo, el aspecto que más me ha llamado la atención de este episodio a caballo entre el cuento de terror y la paranoia conspiratoria que incluye grandes empresas y genios japoneses misteriosos, es esa arquitectura mental que solo necesita los estímulos adecuados para joderse y llevarse por delante, de paso, nuestra cómoda y bien planificada realidad. La locura es como una bestia agazapada que espera el cúmulo de circunstancias propicias para saltarnos al cuello. Son muchos los ejemplos culturales y literarios que nos hablan de ese “mal día”, esa espiral de catástrofes que nos conducen sin remedio a perder la razón y nos convierten en un monstruo, en un despojo o en un cadáver. Como en una broma asesina digital, el protagonista de PLAYTESTING es obligado a enfrentarse a sus demonios con una vívida sensación de imposible realidad. A pesar de que somos conscientes de lo imposible de lo que estamos experimentando, no podemos evitar aterrorizarnos y, en última instancia, desnudos frente al demonio que nos acecha y al que intentamos acallar con viajes, drogas, fiestas, trabajo, adrenalina y rutina, desconectar nuestra sinapsis presos del horror más puro que existe: nosotros mismos.

Sí, es cierto, en este episodio también hay moraleja: los videojuegos demasiado reales, los que producen estímulos demasiado intensos, puede ser un cataclismo mucho más poderoso que la epilepsia. Aunque, claro, como siempre, no son las avanzadas máquinas de realidad virtual y el contenido que creamos para ellas lo que debe procurarnos. No son más que pistolas, granadas o misiles llenos de gas nervioso, elementos inertes que permanecen inofensivos hasta que el hijo de puta de turno aprieta el gatillo. Sí, así es. Black Mirror está llena de una moral ejemplarizante que puede resultar lesiva, así que ya puede lanzarse todo el mundo a despellejar la otrora brillante serie británica, estandarte de una nueva televisión. Como suele pasar con todo lo que hacemos, somos o creemos, morir de éxito es solo otra forma de morir. No se puede ser diferente, brillante o atrevido. No se puede fallar, porque al final lo que conseguimos es arder en el fuego de una legión de humanos que esperan con el cuchillo entre los dientes a que aparezca el menor símbolo de flaqueza. Al igual que en la locura, todo lo que hace falta es un conjunto bien programado de estímulos brutales para hacer que todo se tambalee. Un resbalón, una duda, un momento en el que cuesta distinguir lo virtual de lo real… cualquier excusa sirve para iniciar ese tortuoso y silencioso camino que nos predispone a precipitarnos al vacío, esa caída en la que, mientras nos acercamos a la velocidad terminal, nos hace preguntarnos qué es lo que hemos hecho mal o a qué coño huelen las rosas.

 


BLACK MIRROR T03 E03: CÁLLATE Y BAILA
CUANDO NADIE TE VE.
Por Teresa Domingo

Black Mirror. temporada 3 capítulo 2 cállate y baila

Aun sabiendo de antemano los giros argumentales que marcan el estilo de esta serie, normalmente los capítulos de Black Mirror suelen llevar mis pensamientos en una sola y desesperanzadora dirección, pero con ‘Cállate y baila’ han sido tres líneas de desarrollo preocupante las que me han asaltado al verlo.

La primera es lo felices campamos todos a lo largo y ancho de la red, lo habituados estamos a tener el mundo al alcance nuestra mano y lo poco conscientes somos de que estamos al alcance de la mano de cualquiera. No es ningún secreto que nuestros móviles se pueden convertir en punto de acceso no sólo a la información que contiene dentro, sino servirse de la cámara y del micrófono para obtener información de fuera. Absolutamente todos estamos expuestos y el acceso es absoluto y poco podemos hacer para evitarlo si seguir el ritmo tecnológico mundial significa tener que vivir pegados a un Smartphone las 24 horas del día (portátiles, tablets, videoconsolas… bien provistos todos de su cámara perfectamente hackeable). Estamos acostumbrados a mirar por la ventana y no nos damos cuenta de que podemos estar siendo el escaparate. Todo depende de la conciencia de cada uno, de lo que hagas con toda esa información y accesos en tu poder y, si te pillan en un renuncio, hasta dónde serías capaz de llegar para ocultar tus miserias.

La segunda es lo que puede llegar a cambiar la percepción y la empatía que se siente hacia los problemas de una persona, dependiendo de quién y cómo te los cuente. Qué duda cabe que los seres humanos somos prejuiciosos por naturaleza, es inherente a nosotros que cada mínima información que recibimos sobre algo o, en este caso, alguien, nos sirva para crearnos una imagen que va mejorando o deformándose con cada nuevo dato.

En este episodio sufrimos la extorsión por Internet desde el punto de vista de las víctimas de extorsión, esas personas-marioneta que harían y harán cualquier cosa por evitar que su secreto salga a la luz y con las que empatizas rápido “porque todos podemos cometer un desliz” y nadie tiene derecho a hacer contigo lo que quiera a cambio de no publicar tu intimidad sin tu consentimiento. Hasta que llega el giro final, descubres la verdad que se oculta desde el principio y se te revuelven las tripas por haber sentido lástima hacia alguien que resulta ser la mayor escoria social. Te pasas el capítulo agobiado por un pobre chaval en plena pubertad que vendería a su madre por evitar que publiquen un vídeo suyo pajeándose, hasta que te das cuenta de lo que estaba viendo el jodío niño y la relación que tienen el resto del elenco de extorsionados degenerados.

Lo que nos lleva a la última reflexión que a su vez explota en mil millones de preguntas. Es cierto que nadie tiene derecho a publicar tu intimidad pero, si lo que haces en esa intimidad te convierte en un delincuente de la peor calaña, ¿hasta dónde es lícito transgredir la ley para darle lo suyo a un acosador, un violador, un maltratador o un pederasta? ¿Hasta qué punto es moral torturar a un torturador? Si le hacen algo a tu madre, a tu hermano, a tus hijos… ¿quién marca el límite de lo que puedes y debes hacer? Y si nadie te viese y supieras que vas a quedar impune, ¿el límite es el mismo? Llegados a este punto muchos dirán que para eso están las autoridades, pero, y por poner un ejemplo del propio capítulo, para las hijas del compañero de desventuras del niño onanista él es su propio padre, así que… ¿quién vigila al vigilante? 

 


BLACK MIRROR T03 E04: SAN JUNÍPERO
TRÁNSITO A LA CONEXIÓN PERPETUA.
Por Jorge V

BLACK MIRROR T03 E03: CÁLLATE Y BAILA episodio temporada

La cuarta entrega que nos ha dado Black Mirror para esta temporada bien podría ser una de las mejores hasta la fecha. La serie nos tiene acostumbrados a una visión sombría, decadente y pesimista de las tecnologías, cuyo uso puede verse llevado al extremo, convirtiéndonos en títeres incapaces de sentir.

San Junipero es diferente. Es una pieza cargada de un elemento con el que muchos nos sentimos identificados: la nostalgia. Como no podía ser de otro modo, el tema tratado no es casualidad. En la sociedad en la que vivimos, cada vez añoramos más el pasado y recordamos esos momentos felices con una sonrisa bien abierta por todo lo que nos dieron y por la creencia de que todo va a peor a medida que avanza nuestra rutinaria vida. Es una parte de nosotros la que desearía retroceder en el tiempo para vivir esos momentos una vez más, obviando la situación actual en la que nos encontramos.

En San Junipero no se retrocede en el tiempo de manera literal, pero sí transportando la consciencia al paraíso, a una época donde nos sentíamos mucho más cómodos. En forma de avatar rejuvenecido, la gente mayor vuelve a su época preferida. Esas mismas personas que no se sienten identificadas con el mundo avanzado que les rodea, juegan a sentir las sensaciones de un tiempo que ya no existe. Las segundas oportunidades son compatibles y nunca es tarde para mostrar tu verdadero yo, si en su momento te viste inseguro de ti mismo.

Para más inri, el episodio comienza sin darnos pistas de su giro argumental, obligándonos a preguntarnos dónde se encuentra el factor tecnológico, característico de esta serie, en la década de los 80, que es donde comienza esta historia. Esto hace que se recurra a guiños sobre la época y que nosotros mismos nos vayamos sintiendo identificados con esa añoranza por el pasado. Por lo tanto, no requiere del giro para transmitirnos desde un comienzo las sensaciones que a continuación se nos presentarán como tema central.

La vía de escape es mostrada como una especie de mundo virtual, pero, en esta ocasión, no solo sirve como tal, sino que también puede convertirse en una especie de “más allá” para los fallecidos. La elección viene dada por el usuario y, como si de una decisión de donante se tratara, la consciencia de la persona puede cargarse de manera completa dentro de este sistema para “vivir” de manera indefinida. Quizás sea ésta la forma más extrema que tiende a mostrarnos este episodio de la melancolía perpetua del usuario, eligiendo este terreno como su “cielo” permanente. Esta idea también se encuentra, a su vez, interconectada con el miedo al qué habrá después de la muerte. Este lugar es un sitio de paso para los vivos que se conectan y un emplazamiento perpetuo para los fallecidos.

Como he dicho, esta idea no tiene porqué ser pesimista. Raramente vamos a poder encontrarnos con una persona que no posea sentimientos agradables sobre épocas ya acontecidas o se pregunte qué habrá después de haber muerto. Stranger Things, sin ir más lejos, jugaba con la vuelta a las aventuras ochenteras de críos en búsqueda de un misterio que resolver. Algo que ya de por sí nos atraía de las películas más familiares de Steven Spielberg y que en ocasiones ya se había intentado retomar por directores como J.J Abrams, con resultados algo menores.

San Junipero es la creación del lugar idílico final. El paraíso perfecto creado por el hombre (la religión, evidentemente, se opondría a ello). Cada uno es libre para pensar si esta idea es un recorrido erróneo o gratificante de hasta dónde puede llevarnos la tecnología, pero, echando la vista atrás a esta serie, quizás es de los capítulos más esperanzadores.

 


BLACK MIRROR T03 E05: LA CIENCIA DE MATAR
DEUX EX PARABELLUM
Por Joe Runner

BLACK MIRROR T03 E05: LA CIENCIA DE MATAR episodios temporada netflix

La tecnología ha supuesto un gran avance para la supervivencia del ser humano.

Alejados de nuestro origen salvaje y siendo como somos el animal peor adaptado para casi cualquier tipo de medio natural, nuestro intelecto y la mejora de las herramientas que utilizamos para prosperar, nos han colocado en la cima de pirámide alimenticia contra todo pronóstico. Y dando gracias, porque si todavía fuésemos superiores por nuestros atributos genéticos al resto de animales bien podrían estos despedirse de la Tierra. Porque yo todavía no he encontrado a un elefante que odie a otro por el simple hecho de que sea de pigmentación diferente o porque haga un ritual distinto a él a la hora de bañarse.

Pero no todo es mezquino y horrible en el ser humano. Por raro que nos parezca, todavía nos queda algo de nuestra biología innata que nos lleva a la conservación de la especie y hace que nos salga la vena más solidaria hacia nuestros iguales o, inclusive, hacia animales de una especie diferente a la nuestra. ¿Quién no ha insultado al imbécil de turno que maltrata gatitos callejeros? ¿Quién no ha sentido pena cuando se ha enterado de la muerte de un conocido, independientemente de que sea un amigo o un enemigo?

Sin embargo, si en algo hemos avanzado a años luz del resto de necesidades humanas, eso es la guerra. Cada vez somos más efectivos a la hora de matar a nuestros hermanos y el uso de máquinas y drones facilitan mucho esta labor, pues matar cara a cara es algo para lo que biológicamente no estamos preparados (salvo excepciones). Se dispara a “objetivos”, se bombardean “puntos estratégicos” y se “limpian” zonas como si de un videojuego se tratara, teniendo hasta canales de televisión que nos muestran lo bonito de la guerra en directo. Las pantallas, los botones y controles remotos desvirtúan el acto de asesinar a una masa de personas a las que ni siquiera conoces y jamás conocerás. Y tiempo al tiempo para que aparezcan robots que maten por nosotros y entonces podamos descansar tranquilamente en nuestros casas mientras ellos generan ríos de sangre a kilómetros de distancia.

Pero las máquinas se estropean y necesitan de un usuario para ser manejadas, así que la solución terminará por ser unir ambas cosas. De eso trata este episodio, de la guerra mediante máquinas humanas que se van preparando poco a poco para acabar con una amenaza común, humanos considerados como monstruos a los que hay que cazar para eliminar de la faz de la Tierra. Y no es ninguna novedad, bien podríamos poner de ejemplo a los nazis de Hitler, la limpieza étnica de Milosevic o la de sangre de Franco con excusa de los últimos coletazos de la Guerra Civil española. Hay cientos de ejemplos de facciones que han considerado a otros como inferiores por no tener un mismo ideal y han terminado por liquidarlos. Así que no existe mejor arma que un ser humano preparado mental y físicamente para acabar con aquellas amenazas que puedan perturbar la paz de estos grupos. En ocasiones no es cuestión de supervivencia o necesidad, sino simple y puro poder sobre los demás. El ser humano ha terminado por convertirse en una enfermedad para la que todavía no existe cura.

La tecnología ha supuesto un gran avance para la extinción del ser humano.

 


BLACK MIRROR T03 E06: ODIO NACIONAL
NADA ES GRATIS.
Por Javier Marquina

BLACK MIRROR T03 E06: ODIO NACIONAL Episodio temporada

Pies de plomo.

Cuando uno se lanza a delimitar el alcance de los derechos y hasta dónde puede llegar la libertad de expresión, se mete de lleno en un terreno pantanoso en el que a menudo te acaban llamando reaccionario, fascista o nazi. Controlar o establecer barreras casi parece antagónico al concepto mismo de independencia o libre albedrío, y los límites de lo permisible son bastante borrosos en la frontera.

Aquello de que mi libertad termina donde comienza la de los demás, parece el eslogan caducado de una generación perdida; un lema cuya arquitectura se basa en un concepto de educación casi decimonónica que poco tiene que ver con la sociedad actual que nos toca sufrir. Estamos en una era en la que todo el mundo puede decir lo primero que le viene a la cabeza, sin otro filtro que el propio sentido común. Esta libertad totalmente fundamental e inviolable se ha convertido en un vehículo para que una multitud desatada de cafres insulten, amenacen y extorsionen sin más tapujo o freno que su propia velocidad de mecanografía. Cualquier intento oficial para frenar semejante hemorragia de chulería y estupidez se convierte de inmediato en una injerencia intolerable del sistema establecido en los derechos fundamentales de cada ciudadano, y cualquier mecanismo propuesto por un Estado incapaz de detener esta marea de vulgaridad y violencia verbal es un acto repugnante y totalitario que acaba dañando a todos los ciudadanos por igual. Tratar de parar al imbécil con represión es mostrarse doblemente imbécil, y es este respeto escrupuloso que todos deberían tener por las libertades fundamentales el escudo que sirve a los miserables para vomitar su inmundicia sin controles, trabas o freno.

No sé qué pensarían todos aquellos que dieron la vida por derechos que hoy asumimos como básicos del uso que la mierda que campa a sus anchas por Facebook, Instragram, Youtube y Twitter hace de ellos. La impunidad concedida por estos códigos fundacionales del Estado de Derecho convierte a mediocres y fascistas en temerarios inquisidores de una ideología basada en el insulto y la amenaza, conscientes de que todas las armas que necesitan se encuentran en un teclado. Su credo se basa en que las palabras no son más fuertes que la espada, porque piensan que lo esc rito es fútil, efímero y siempre se lo lleva el viento. Están convencidos de que no hay daño que dure más que la vigencia de un post de Facebook.

Black Mirror, quizá en su temporada más endeble, trata este tema en su sexto episodio, camuflándolo bajo una embriagadora capa de pequeños androides, polen y muertes directamente relacionadas con la popularidad de alguien en Twitter. Dejando a un las valoraciones objetivas del capítulo en sí, hay un mensaje turbador bajo la cascada de menciones, hashtags y coleópteros. ¿Y si nada fuera gratis? ¿Y si todo lo que decimos tuviera consecuencias directas? ¿Y si cada amenaza fuera retribuida de manera desproporcionada? Es evidente que las medidas que desencadenan y centran la trama de este episodio no dejan de ser actos terroristas de una mente perturbada. Matar a todo aquel que es condenado a muerte por un ranking mundial de tweets es algo tan descabellado como aterrador. Esta especie de Death Note virtual que condena a quien recala en sus almohadillas a una muerte horrenda, no deja de ser una moraleja superlativa acerca de la verborrea casi congénita que sufre toda una legión de desesperados, psicópatas y acomplejados que habita entre nosotros en las redes sociales. Pero… ¿y si fuera verdad? ¿Y si alguien lograra hacerlo? ¿Cuántos usuarios de Internet no han tenido jamás una bronca virtual? ¿Cuántos de nosotros estaríamos libres de culpa para lanzar la primera abeja? Yo mismo, después de escribir este texto, sería un firme candidato a la sanción extrema.

Porque de esto no se escapa ni Dios.

Vivimos en una era en la que nadie piensa en el daño que hace cada vez que escribe; en el que todo se consiente y se permite, porque otra forma de hacerlo es totalmente impensable; en la que niñatos carentes de cultura y educación se dedican a difamar y chantajear a quien les place, mientras una legión de borregos les aplauden la gracia, como esbirros del matón del instituto. Hemos creado una generación de falsos héroes que creen triunfar dentro de un pueblo lleno de cobardes. Hemos construido una herramienta casi suprema en la que viven parásitos cuyo coraje es solo anonimato, tranquilos ante el hecho de que aunque utilicen tu I.P. para localizarte, nadie mandará un dron asesino a liquidarte, como clara metáfora de una mordaza policial represiva.

¿O sí?

 


Y eso ha sido todo por ahora. No dudes en dejar tu comentario para coincidir o discrepar, porque de eso es de lo que se trata.

Nos vemos en las redes.

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