BRAGAS DE CINE.

De algodón, de encaje, de seda, de lycra, con lazos, con dibujos, con purpurina, faja, tanga o culotte.  Será por bragas, señora.

Por Teresa Domingo.

 

Hace poco, en una de esas conversaciones entre frikis, en las que miles de títulos salen a relucir y que te van llevando de una cosa a otra, salieron a la palestra las bragas en el cine. Me pregunté si habría suficientes Bragas de Cine para considerarlas como algo relevante, y en cinco minutos ya tenía títulos y bragas tan importantes como para recopilarlas en un top de bragas cinematográficas.

Desde su aparición como prenda de invierno masculina (tenían bragueta y de ahí su nombre), las bragas han ido evolucionando encogiendo a lo largo de los años hasta verse a sí mismas degenerar en algo en algo diminuto e incómodo que se sujeta con un hilo. Antes de seguir, quiero reafirmar que se llaman bragas. Sé que hay mucha gente a la que le chirría esta palabra. Para todos ellos: tu madre y tu hermana usan bragas, hasta puede que tu vecino use bragas, y a las cosas hay que llamarlas por su nombre. Así que… bragas.

A pesar de los tiempos que corren, donde es más fácil ver a dos concursantes de un reality echando un polvo detrás de una cortina que una película de cine clásico, y lo habitual es que programen concursos absurdos como Aventura en pelotas, y le veamos las vergüenzas hasta al presentador, las bragas se han mantenido como una de las prendas que más morbo genera en pantalla. Tanto, que algunas se han convertido en verdaderos objetos de culto y, por ende, de coleccionismo de idólatras y fetichistas. Unos acaparamos cómics, otros bragas.

Una de las primeras bragas famosas en el cine fueron las de Marilyn Monroe en La tentación vive arriba. Por orden de Billy Wilder, Marilyn y sus bragas protagonizaron una de las escenas más subiditas de tono de las comedias románticas de los ’50. Admirada, recordada e imitada hasta límites insospechados, la imagen de la rubia de Hollywood intentando-pero-no evitar que el aire de una rejilla de ventilación del metro muestre más de lo que la censura de la época podía permitir, forma parte del legado que nos dejó Monroe como icono pop y sex symbol mundial.

Muchas de las divas del cine hicieron sus apariciones en ropa interior con más o menos encanto y más o menos interés por parte de sus febriles fervientes admiradores, y la aparición del cine de destape en nuestro país fue propiciando que ver ropa interior ajena fuera una cosa normal, hasta conseguir que los shorts que se fabrican para esta temporada primavera-verano sean más pequeños que las propias bragas y que todo el mundo pueda admirar el color elegido para la ocasión. Muy normal todo, pero antes era mucho más complicado intuirlas.

No fue hasta 1979 que otras bragas revolucionaron la atmósfera cinematográfica. Para ello, el gran Ridley Scott se marchó al espacio exterior y dejó para los anales del cine Alien y la imagen Sigourney Weaver como la teniente Ripley, vistiendo unas (ni siquiera las puedo llamar braguitas) mini bragas que tapaban lo justísimo y necesario. Otra escena que pasó la censura por “necesidades del guión” y que convirtió a la Weaver en la protagonista de la saga de sueños húmedos de toda una generación.

Algunas chicas duras más se han dejado ver con unas prendas más bien escasas, a punto de enseñarnos la eficacia de su esteticista. Repito que ahora un culo no es más que un culo, pero todavía recuerdo el escándalo que se montó en mi colegio un día de fiesta que proyectaron Cocodrilo Dundee, de Peter Faiman (1986) y todos admiramos, en una pantalla gigante, las posaderas de Linda Kozlowski embutida en ese bañador-tanga de talle alto, que por aquellas sería lo más, pero ahora no luce muy atractivo que digamos.

Algunas bragas se han hecho famosas por no dejar muy clara la constancia de su existencia. Las más conocidas, y el mejor ejemplo de ello, son las de Sharon Stone en Instinto Básico. Está confirmado que no existen, pero Paul Verhoeven se encargó de iluminar convenientemente para que, casi veinticinco años después, se siga recordando esa apertura y cierre de piernas y permanezca abierto el debate sobre si la Stone las lleva puestas o no.

Aunque parezca mentira, la factoría Disney ha utilizado este truco de las bragas que no existen en varias ocasiones. Es de sobra conocida la tendencia a dejar sutiles mensajes subliminales de contenido sexual en sus películas de animación, pero hay algunas que de sutiles tienen poco. Las dos más recurrentes, y que también fueron muy comentadas en su día, son la transformación de la Sirenita en humana o el baile de Esmeralda en la plaza de Notre Dame.

Otras prendas se han hecho un hueco en este Wall of Fame de Bragas precisamente por ser lo menos interesante, sexualmente hablando, del mundo. ¿Cómo vamos a olvidar nadie jamás las bragas que lleva Renée Zellweger en El diario de Bridget Jones? La pobre se ha tenido que cambiar la cara hasta ser irreconocible para que dejen de relacionarla con ellas. Y es que, que la protagonista de una película consiga que las bragotas de toda la vida (braga-faja que dirían las abuelas) cambien su nombre a braga ‘modelo Bridget Jones’, tiene un mérito que sólo los diseñadores de alto copete saben apreciar.

La Zellweger no es la única que ha acabado hasta el mismísimo de hablar de sus bragas. Cristina Ricci tuvo que dar más de una explicación de sus dotes como actriz (¿Cristina Ricci?) por pasarse prácticamente toda la película Black Snake Moon en bragas y un minúsculo top, mientras Samuel L. Jackson la paseaba encadenada por el set de rodaje. Ahí, que se note que estamos en el siglo XXI. Todo lo contrario que Emma Watson, que, total, para que saquen fotos de sus bragas cuando se baja de los coches, pues ya las enseña ella solita en primerísimo primer plano, de nuevo “por exigencias del guión”, en Las ventajas de ser un marginado, de Stephen Chbosky.

Puedo afirmar que unas buenas bragas son algo imprescindible para cualquier mito erótico que se precie. Son ellas y no otra cosa las que mantienen la atención por lo que guardan debajo, como si de un papel de regalo precioso se tratase, ocultando lo que realmente se quiere ver y dejando a la imaginación trabajar (¿eh, picarones?). ¿O me vais a decir que el hecho de que se agotase el modelo de bragas semitransparentes que lleva Scarlett Johansson en el arranque de Lost in Translation en la semana de su estreno es casualidad?

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Acerca de Teresa Domingo 147 Articles
Si es creepy, es para mí.

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