BREAKING BAD: El triunfo de la vida en el redil

Me abro el corazón en canal con una daga enrobinada (¿no es acaso esto una tragedia?) y expongo por qué, muy a mi pesar, el final de Breaking Bad no me ha dejado satisfecha.

Por Patri Tezanos

breaking-bad-car-explosion-problem-dog-walter-white-bryan-cranston
Una participa en un blog para momentos como este, cuando se necesita un desahogo, porque escribir es, al menos para mí, la mejor forma de ordenar pensamientos, y esto necesita mucho orden: el final de Breaking Bad no me ha gustado.

La pillada y posterior muerte de Hank fue el punto de inflexión de la existencia de Heisenberg. Allí acorralado en el desierto por su cuñado y el compañero de este, antes de que llegara la banda de mercenarios, Heisenberg ya había claudicado. Ya había aceptado su destino carcelario o la inyección letal o la silla eléctrica o lo que se quiera que se estile en Nuevo México. No iba a cruzar esa línea, no la de matar a un familiar, parece. No obstante, a pesar de sus ruegos, no pudo evitarla. Ni con su dinero pudo evitarla. Ni con sus ochenta millones de dólares enterrados en el desierto pudo disuadir a sus mercenarios de que no lo mataran. El dinero, descubre Walter, no puede comprar respeto ni miedo cuando otros tienen el dedo sobre el gatillo.

El final del acto todos lo conocemos: Walter White se queda hecho puré, Jesse Pinkman se queda secuestrado y esclavizado, Hank y Gómez muertos y sus cadáveres perdidos, Marie evidentemente rota, Skyler loca perdida atacando a Walt con un cuchillo, su hijo echándole de casa, entregándole a la policia…

La mierda se ha desbordado.

Fallofkings

Ante esto, Walter coge su barril de dinero y emprende la huída, acto que encaja a la perfección con el tipo de personalidad que nos venía mostrando. El amigo del amigo de Saul Goodman le hace desaparecer del mapa, lo convierte en un huraño habitante de las montañas nevadas. Allí es donde descubre que el dinero no le abraza por las noches. Un hombre que solo tiene dinero es un hombre solo.

De aquí se puede deducir lo siguiente: la sangre de Hank en su conciencia ha descompuesto los aires de grandeza de nuestro querido profesor de química. La ha “liao parda”, demasiado parda. Heisenberg desaparece de un plumazo, como si la muerte de Hank hubiese sido el alfiler que lo saca de la burbuja en donde pensaba estar por encima de todo y tener el control de todas las cosas.

Y aquí es donde, junto a Heisenberg, Breaking Bad comienza a deshincharse.

No era algo nuevo. Durante la última temporada, la quinta, el personaje de Walter White se había desdibujado bastante. Lo que empezó siendo un fiel reflejo del average man de nuestra sociedad que decide empezar a romper las reglas ante su inminente muerte precisamente para luchar contra ella y divertirse en el proceso acaba perdiendo contacto con el suelo. A pesar de lo rocambolesco y malabarístico de algunas acciones, en la cuarta temporada Heisenberg seguía teniendo dentro de Walter White. El personaje era una persona. Lo veíamos reventarle la cabeza a Gus Fring utilizando a Héctor Salamanca como un paquete bomba, pero a la vez lo veíamos hacer equilibrio en una cornisa, rezando por no caerse. Lo observábamos con sus fortalezas y sus debilidades.

A partir de la mítica frase con que acaba la temporada, “I won”, Walter White es un personaje nuevo. A partir de este momento y durante toda la quinta temporada, Walter White ya no es una persona sino el diablo de cuento, el lobo feroz, Jaffar, la Reina de Corazones: el malvado ruín, todopoderoso, orgulloso, manipulador, carente de piedad, más que nunca. Un malvado clásico con nuevas y extraordinarias habilidades que nos muestran momentos inverosímiles: imanes para robar ordenadores, asaltos a trenes, delirios imperiales, un enorme apego a las catchy phrases y una aterradora sangre fría para arrebatar vidas.

No tendría problema con ello, a pesar de la incredulidad de muchas de las nuevas escenas y la pérdida de contacto con la realidad, si esta quinta temporada no se hubiese convertido, al final, en la parábola del hijo pródigo. Estaría cómoda con esta exageración de sus caracteres, con esta encarnación del mal en la que se convirtió Walter White si el final de la historia no hubiese sido, otra vez, una vuelta al redil, una lección de comportamiento heróico y una afirmación de los valores familiares (¿qué problema tiene Hollywood con los valores familiares?).

BreakingBad7

Me explico.

Walter White al final, a pesar de que es lo que le ha estado impulsando a través de este camino de espinas, pierde de manera incomprensible el miedo a la muerte. A pesar de todo el circo que ha montado precisamente por evitarla y a pesar de que durante toda la serie haya expresado únicamente interés por hinchar su ego, al final, milagrosamente, lo que importa, otra vez, es la familia, y no se sabe muy bien por qué. A pesar de que todas las temporadas fueron una lucha constante por girar las tornas, porque el tipo apocado y débil se conviertiese en Mr. Cojones Como Ruedas De Carro, a pesar de que todas esas veces que dijo “yo hago esto por mi familia” cual Umbral diciendo que ha venido aquí a hablar de su libro cuando todos sabíamos, y así la serie nos lo ha confirmado, que lo hacía por sí mismo, al final todo eso es mentira. Ha puesto en juego la vida de su familia, ha envenenado niños, ha mentido hasta el agotamiento, ha matado por su causa, ha llevado a Hank a estar paralítico incluso pero, de pronto, la muerte de Hank es milagrosamente un exceso, too much.

Con esto Breaking Bad se convierte de repente en el himno nacional de la cueva 76: “Let’em all go to hell, except cave 76” en donde el clan de Walter White es la cueva 76. El personaje de Walter White queda de pronto opacado, supeditado al bien familiar que a él mismo le importó tres cojones durante casi cinco temporadas, destrozado por no haberle servido como “un hombre debe hacer”. La muerte de Hank bastó para sanarle porque era de los suyos.

¿Y cómo se pagan los errores en este tipo de historias? Pues con el propio sacrificio, aunque, ¡vaya!, el afán de conservación y de autoafirmación haya sido lo que haya empujado a Walter a lo largo de los 60 capítulos. Pero eso no importa. De repente sin familia nada tiene sentido, aunque haya metido la mierda a conciencia hasta el epicentro de su vida hogareña. Walter se desprende de las ideas y de los ideales que le empujaron a la libertad del Do What You Feel con una facilidad pasmosa y se convierte en el ángel de la muerte para los buenos. Entona el mea culpa y marcha hacia los Schwarz y así asegura el futuro monetario de sus hijos, marcha a la cafetería y desliza (Dios sabe cómo) ricino en la taza de Lydia y así salva a los rumanitos que iba a morir con sobredosis en las calles de Europa y finalmente marcha al campamento nazi a liberar a Jesse como quien libera a Willy y, de paso, ay, pagarle con su misma moneda al cabecilla. Podía haber recuperado su imperio, su dinero, volver a la posición de poder en la que estaba feliz como un pez pero, vaya por Dios, de repente ya no le hacía feliz porque no podía seguir siendo feliz a costa de la felicidad de los demás, aunque haya sido ese el eslogan de todas sus empresas hasta el momento. Moraleja: no puedes ser feliz jodiendo al prójimo (aunque esta moraleja nos la rebata la vida diaria con insistencia). Breaking Bad, aquí, se convierte en un cuento de hadas.

breaking_bad

Lo mojonesco es que Walter marche hacia esta última campaña habiendo aceptado estoicamente su muerte, cosa que no hizo jamás, cosa que basaba la serie, sabiendo que Jesse lo mataría (aunque el plan luego le cambiase un poco). En el final de Breaking Bad de pronto la muerte es mejor opción que una mala vida, y así nos lo recalca el lema del estado de New Hampshire: “Live free or die”, cuando precisamente todo el resto de la serie era una declaración contraria, valiente y humana: cualquier cosa, hasta perder a la familia, es mejor que la muerte.

La serie nos convence de que vivir lejos del rebaño (por ejemplo, en una cabaña perdida en la nieve y en las montañas) es un fracaso a pesar de tener, literalmente, una nueva vida por delante. Lo que en un momento vivir libre era vivir la vida en propios términos se convierte, de la noche a la mañana, en que la vida no vale la pena sin los nuestros. Un relato valiente se convierte en uno cobarde y amoldado a la moral común, haciéndonos sentir bien con nuestra vida, sin desafiarnos, sin lanzarnos esta cuestión a la cara.

Walter White, a pesar de todo lo vivido, acaba muriendo, triste y solo, pagando religiosamente sus errores como pagaba las facturas de la luz, añorando ser el average man del que llevaba dos años huyendo. El triunfo de la vida en el redil.

En mi mente, Breaking Bad acaba con Walter White en una playa de Hawaii marcando paquete con un bañador slip verde fosforito, con sus millones bien guardados y pasándose la moral de nuestra sociedad que supuestamente nos proporciona felicidad y seguridad por el mismo forro de los coj*nes; y despidiéndose de nosotros con el mismo gesto con que mandó a la mierda su empleo en el lavadero de coches, mandándonos con nuestro Contrato Social bajo el brazo, nuestros vasos de café de máquina, nuestros madrugones y nuestra felicidad prefabricada al mismo oloroso sitio.

car-wash-cock-thrust

Sigue a Patri Tezanos en Twitter: @PatriTezanos

2 comentarios en BREAKING BAD: El triunfo de la vida en el redil

  1. Aparte del cambio de actitud de Walter, que parece una parodia de sí mismo, todo lo que ocurre en el capítulo en pos de alcanzar esa vuelta al redil me parece un despropósito. En lugar de “Felina” debería titularse “El Día Que Walter White Obtuvo Superpoderes”, estos incluyen:

    – Conocer la redacción del New York Times y saber engañarlos para que me den una dirección… WTF!!

    – Encontrar a unos tipos (de los que normalmente no recuerdo ni su nombre porque me importan una mierda) y preparar una pequeña obra de teatro que sale a la perfección, a pesar de no conocer el lugar.

    – Deslizar ricino mágicamente en una bolsa de stevia sin que una consumidora habitual y que sospecha de mí note nada.

    – Entrar y salir tranquilamente de la casa de mi mujer, a pesar de estar vigilada 24/7 porque la policía sabe que estoy en la ciudad.

    – Construir en una tarde un dispositivo de destrucción masiva, me sale todo tan bien que mato a 15 nazis despiadados y hago que una bala me rebote para permitirme una muerte poética.

    Y todo esto en un día, después de un viaje de 15 horas, ¡y muriéndose!

    Ojo, que yo soy de los que normalmente se deja llevar por el autor y deja pasar estas tonterías en pos de disfrutar del bien mayor: la narración, la historia. Pero es que aquí esos actos y ese fin se adaptan tan mal a lo que nos han contado durante 5 años que chirría demasiado. Bueno, sólo les faltó redondearlo: que Super Walter fuera al desierto, desenterrara a Hank y a Gómez y los resucitara, ¡pa algo tiene superpoderes coño!

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*