BUCKSON. Amor a la garrapata.

Una estupenda historia de género negro mezclado con ciencia ficción llena de persecuciones, mafiosos, sangre y garrapatas mutantes modificadas genéticamente.

Por Javier Marquina.

Quizá deberíamos empezar a pensar que esto de las mascotas se nos está yendo de las manos. Perros, gatos, periquitos, iguanas… lo que empieza como un anhelo de compañía que nos ayude a mitigar la soledad acaba por convertirse en un complejo de Noe que llena casas de animales, parásitos y sarna. Todo el amor que demostramos hacia ese regalo vivo con el que nos alegran el cumpleaños, acaba siendo sustituido por una rutina de horarios para que no se meen en la cocina y, a futuro, en un abandono vacacional sin remordimientos porque somos unos fríos hijos de puta. Pajaritos que graznan como una alarma antirrobo, serpientes que se convierten en enormes boas que tiramos al váter, caimanes acorazados, tigres de bengala en Ubrique, cerdos vietnamitas… no hay límite para la imaginación del snob entregado a los placeres zoológicos.

Por suerte, la genética viene en nuestra ayuda. De aquí a unos años, y libres ya de esos estúpidos yugos llamados moral o ética, podremos manipular con alegría el genoma de cualquier especie para adaptarla a nuestras necesidades más íntimas. Desde vacas que den leche merengada a gatos con los que se pueda debatir la última expulsión de Gran Hermano, los límites de los engendros que podemos crear los dictará nuestra imaginación. Y de eso precisamente va Buckson. De genética, de mascotas y de una extraña mezcla entre perro, pulpo y garrapata que, a pesar de su repugnante aspecto, posee facultades farmacológicas prodigiosas. Además, los mordiscos de estos nuevos bichos poseen enormes capacidades adictivas. Es como si los picotazos de los mosquitos curaran el cáncer, pero en el proceso te transformaran en un drogata de su saliva. Un drogodependiente de los jodidos. De los que pasan abstinencias que te hacen odiar eso de ser humano. De los que buscan cualquier medio a su alcance para seguir obteniendo la sustancia que les hace felices. De los que siempre acaban metidos en problemas serios de cojones cuando la urgencia del dinero aprieta.

Más allá de parásitos creados en laboratorio y de desgraciados que no necesitan ayuda para convertir su existencia en un absoluto infierno, el cómic de Víctor Araque es un viaje trepidante por la ciencia ficción y la novela negra lleno de acción, de tipos duros y de víctimas propiciatorias. Buckson es un carrusel que no te deja respirar narrado con pulso firme, sin concesiones, combinando con maestría dosis justas de pseudotecnología con mafiosos rebosantes de mala leche, odio homicida y sangrienta retribución de toda la vida. Pistolas, medicina zoofílica y una de esas escenas que te golpean desde la página izquierda con una imagen que tardas mucho en olvidar. Creo que jamás volveré a mirar a las garrapatas con los mismos ojos de asco combinado con superioridad.

Esta pequeña novela gráfica entra dentro de la categoría de “gratas sorpresas”. Una vez más, la gente de Grafito Editorial da un paso hacia adelante con sus edición cuidada y llena de detalles para el comprador; un producto no tan preocupado por el margen de beneficios como por la calidad final de lo que ofrece. Abiertos a todo tipo de autores y géneros, los valencianos publican una historia que entra dentro de la esfera de tus filias fantásticas irrenunciables, un dibujo que se adapta a la dureza de lo que cuenta a base de caricaturizar a los monstruos y una resolución lógica como la explosión que persigue al que vive de agitar nitroglicerina. Víctor Araque se convierte en uno de esos autores a seguir (voy a cometer la osadía de llamarle “nuevo” porque, aunque no es su primer trabajo largo, sí que es el primero que produce como autor completo con la inestimable y brillante ayuda de Rocio Estepa en el color). Un discípulo fiel de la violencia directa de Peckinpah y Verhoeven, seguidor de ese gusto enfermizo por la trompas, los apéndices pulsantes y los tentáculos de carne que funcionan como metáfora sexual que harían las delicias del Cronenberg más masturbatorio y creador de escenas oníricas dignas de Stephen King, que tamizan con talento mitades oscuras y aromas lovecraftianos.

Mas allá de estas referencias cinéfilas tan socorridas y resultonas, Buckson es un cómic clásico hecho de una manera diferente. De cuidado diseño interior y exterior, la historia sigue los patrones establecidos de tantos otros cuentos de perdedores, venganzas y destinos inevitables, pero con una envoltura que huele a algo nuevo, coherente y extraño. Algo lleno de quistes que te mira con ojos de pena mientras te introduce su probóscide en una vena principal. Una nueva muesca en el catálogo de una editorial emergente.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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