BUDAPEST, de Chema Peral

¿Qué buscamos? ¿Qué necesitamos? ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para conseguirlo? ¿Qué traumas sufridos condicionan de manera determinante nuestro futuro? ¿Qué somos? ¿Qué hemos sido? ¿Qué queremos ser?

Por Javier Marquina

BUDAPESTDesde el comienzo, Budapest te enfrenta al niño que una vez fuiste. Su portada evoca esos dibujos en los que el Sol sonreía y tu casa unifamiliar tenía una chimenea que se cortaba de forma perpendicular con el techo de pizarra, aunque siempre viviste en un tercero y nunca hubo un hogar en tu salón. Es un primer reclamo engañoso que te desarma al colocarte frente a frente con tu niño interior, ese que dibujaba monigotes con carteles y flechas para identificar a los personajes. Te confunde con su dibujo deudor de las vanguardias artísticas del siglo XX y, una vez te ha desarmado con la promesa de una piruleta retorcida por un plano fractal imposible, te embarca en una fábula que sigue respirando por las branquias de la infancia mientras se sumerge en temas dolorosos, puntiagudos y cruciales.

Casi puedes ver moverse a los protagonistas de la historia dentro de un praxonoscopio rudimentario, girando sin parar y engañando a tu ojo con perspectivas imposibles. Son seres planos, recortables, hijos de un cubismo que convierte el mundo en aristas y esquinas. Sus manos crecen y se multiplican; sus pies saltan hacia ti desde cada página; sus cuerpos se triangulan antes de decidir ser un trapecio. Son vagabundos con petates que deambulan por ciudades condenadas en busca de un paraíso prometido. Son víctimas destrozadas de una guerra absurda que tratan de cicatrizar heridas perpetuas localizando El Dorado, esa ciudad llena de vida eterna que los reconciliará con el monstruo que una vez fueron. Navegan con destreza entre lo surreal y lo dadá, entre el antiarte y lo onírico, dejando que sea el lector el que trace sus propias metáforas y significados, aunque teniendo siempre presente un latido que no deja de retumbar a través de toda la obra, con el tañido sordo de una campana que no deberíamos olvidar: la guerra es, en sí misma, la propia tragedia.

Víctimas, verdugos, tiranos, patriotas, genios, idiotas, héroes y villanos por igual. Chema Peral trenza el sinsentido propio del conflicto armado con una historia llena de conceptos absurdos y evocadores, parábolas precisas de nuestro día a día rocambolesco y estúpido, lleno de seres que lo destruyen todo rebuscando, porque, en el fondo, no saben lo que buscan. El caminante, el camino, el destino determinado que no existe más que en nuestras cabezas. La renuncia a lo que se quiere para llegar aún más lejos, sacrificando amor y vida asegurada por metas más lejanas pero más prometedoras. Todo ello con el trazo de un artista que logra extraer la esencia del mensaje, de la línea, y convierte cuadros en viñetas con el impacto atómico del que te sorprende, te disgusta y te emociona al mismo tiempo.

La casualidad. La causalidad. La estrella que guía tus pasos sin certeza. El dibujo que desde una posición de esquemática simpleza, construye una compleja y estudiada arquitectura de sensaciones. La vida como paso, como tránsito, como búsqueda incansable de felicidad y consuelo. El tebeo como elemento de expresión incansable, infinito, inexplorado e inexplorable; herramienta sutil y perfecta y tosca y embotada y cruel y deliciosa. Escuadra que delinea el plano azul de lo que somos y de lo que quizá nos gustaría ser.

O no.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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