¡CAGE! Hazme tuyo Genndy.

Todos lo echábamos de menos. Era un clamor. Una necesidad. Alguien tenía que traer el look macarra de la diadema, las cadenas y el pecho lobo de vuelta a las viñetas, y nunca le podremos estar lo suficientemente agradecidos a Genndy Tartakovsky su labor en ¡CAGE!, un revival necesario.

Por Javier Marquina.

Marvel es un lugar en el que todo puede suceder siempre y cuando uses los juguetes de la casa y lo que rompas se pueda pegar luego sin excesivo esfuerzo. No hay límites o barreras que no puedas traspasar si eres consciente de que existen unas reglas fundacionales lo suficientemente elásticas como para poder defecar sin disimulo sobre ellas. A pesar de las imposiciones corporativas y editoriales, lo único que se necesita es poseer ese tipo de inteligencia que te permite ver el hueco en el que sembrar tu paranoia y tener el suficiente renombre para que te dejen jugar en ese espacio libre de las leyes de los hombres. Series limitadas, realidades alternativas, especiales de aniversario, colaboraciones puntuales, colecciones en el filo de la desaparición… lo podemos llamar como mejor nos convenga. Hay que tener ganas y no poner demasiado de ti mismo. Lo justo para que todo funcione. Que se vea que eres tú manejando la plastilina sobada de otros con tu inimitable estilo. Que se note de lo que eres capaz cuando quieres. Pones el caramelo, disfrutas y sigues tu camino.

¡CAGE!Otro punto a favor de este tipo de cómics (cómics como ¡CAGE!, que es de lo que vamos a hablar) es el morbo que producen en el fan las versiones de los personajes clásicos en manos de autores que provienen de otras disciplinas. Cine, literatura, animación… cualquier ocasión es buena para insuflar aire fresco a estereotipos repetidos hasta la saciedad durante 50 años. Aún siendo conscientes de lo etéreo y breve de la propuesta, esta oportunidad para el respiro es algo que atesorar. Siempre hay tiempo para volver a esa Marvel monolítica, rutinaria y aburrida en la que cualquier cambio propuesto acaba siendo poco más que una diminuta piedra en el centro de un océano inmutable. Cuanto más cambian las cosas, más nos duelen cuando acaban siendo la misma mierda recalcitrante de siempre. Y eso es un hecho. Invariable. Eterno. Inevitable.

La siguiente virtud fundamental de este tipo de aventuras editoriales es un corolario del punto anterior. Dada la brevedad y la desconexión que existe entre el proyecto en sí y la farragosa continuidad por la que discurre el tronco argumental de la corriente madre, estas pequeñas gemas se convierten en piezas irresistibles que puedes consumir sin la angustia existencial de lo interminable. Llegas, disfrutas y te vas. Lo que hay antes o vendrá después es innecesario, accesible y, por fortuna y en muchos casos, evitable. Toda una urticaria para aquellos que buscan con desesperación que se les justifique a través del dato y rebuscan en polvorientos archivos cualquier detalle que no encaje con el canon. Una patada en los huevos para todos los dioses de una Wikipedia plomiza y soporífera en la que lo único que interesa es usar el conocimiento como lente que aumente el tamaño de tu lamentable cacahuete y no como instrumento pedagógico y edificante.

¡CAGE! es, por tanto, un viaje sin compromisos. Sin ataduras. Una vuelta a los orígenes tamizada por la visión moderna de un creador personal, talentoso y libre de prejuicios. Uno que, además, demuestra un profundo conocimiento del personaje al hacerlo volver a las raíces, en un salto hacia la chulería más socarrona, viril y desproporcionada de la que salió el Luke Cage original. Consecuencia directa de la época en la que fue creado y de la Blaxploitation, el personaje del piel irrompible es hijo del pecho hirsuto, del escote ombliguero y de las mallas que marcan paquete. Un héroe anodino y llano que endereza entuertos a hostias, y que maneja el dialecto del barrio con la misma soltura con la que reparte toñinas vengadoras. Su sofisticación irresistible radica en su propio horterada, y el volumen de su cardado a lo afro es directamente proporcional a su encanto.

¡CAGE!

De Operación Dragón a Shaft, de Bruce Lee a Kung-Fu, la influencia del LSD y la psicodelia acaban mezcladas en la batidora de Tartakovsky en una explosiva mezcla en la que el estilo del animador, dibujante y guionista queda patente en cada viñeta. No se esconde ni se adapta, y el mayor acierto es, precisamente, ese. Lejos de buscar un fondo trascendente ajeno a la propia superficialidad del concepto, todo está supeditado a una forma que se convierte en pieza central y eje alrededor de la que se desarrolla la trama. Lo importante son las hostias, no las razones por la que se pegan, y molar es la necesidad básica que hay que satisfacer. Entregado a este proceso, el ilustrador ruso cumple a rajatabla con las expectativas. Detrás de su ¡CAGE! está el ¡CAGE! de todos, y ni la transición de la jungla de asfalto al bosque tropical frenan la vena de chulo, bravucón y pendenciero que caracteriza la versión más pura y auténtica del héroe. La añoranza es un arma poderosa que activa mecanismos de placer en cuanto se produce el reencuentro. Si además lo aderezamos todo con páginas salidas de las etapas más lisérgicas de aquella Casa de la Ideas acelerada y potenciada por los estupefacientes que rompió infinidad de moldes en la década de los setenta, acabamos con un tebeo que es goce a todos los niveles.

No hay hermano más chulo que Luke Cage.

Aquí lo importante es divertirse, y la sensación final es que nos encontramos ante “algo muy loco” y maravilloso. Sacando partido de la intrascendencia, convierte lo que en muchos es un defecto, en virtud principal de la obra. Vamos a pasarlo bien. Disfrutemos. Y dejemos que sean los otros los que traten de calcular el peso del alma. Nada es bueno o malo por tomar un camino, no hay personajes mejores o peores, y lo único que se necesita para marcar un triunfo es saber como tejer los mimbres de los que dispones. El género es solo una etiqueta. El público objetivo no existe. Las cosas buenas son buenas con independencia de su envoltorio. Y esas cosas buenas, las de verdad, tienen la virtud de gustar a todo el mundo.

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Acerca de Javier Marquina 200 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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