CHEW. Pero qué raro es usted, oiga…

A veces las cosas que no entiendes te atrapan. Aunque no sepas qué te están contando. Las lees fascinado, confundido y, al final, entregado. Así es. Bienvenidos a Chew.

Por Javier Marquina.

Tony Chu es cibópata. Es capaz de asimilar los recuerdos de lo que come. Sea lo que sea. Desde un pepino hasta un cadáver. Lo que sea. Eso le permite ser un detective superlativo. Inigualable. Aunque eso supone también que a veces deba, literalmente, comer mierda para serlo. Tony Chu vive en un mundo en el una plaga de gripe aviar ha conseguido que comer pollo sea ilegal. Y se trafique y negocie con ello. En el mundo de Chew hay vampiros, asesinos, cyborgs, jefes sudorosos, chefs sin escrúpulos y gente con la capacidad de dominar el mundo a través de la comida. Es como Crónicas Carnívoras, sólo que sin Adam Richman.

John Layman a los guiones y Rob Guillory dibujando, consiguen que al leer cada uno de los tomos publicados de Chew, uno sienta estupor. Sobre todo. Estupor auténtico. Y alucinación. Y asco. Un poco de curiosidad insana también. Y finalmente, que acuda la carcajada ante el absurdo desmedido y brutal de lo que se contempla. Nada tiene sentido, pero todo viene ligado como una buena salsa, como el menú compensado y estudiado de un restaurante con tres estrellas Michelín. La trama que subyace intriga. Las historias de cada número son sorprendentes. La familia Chu con sus diversas facetas y sus poderes desquiciados, enamora. Todo en Chew es como una gran broma contada sobre la base sólida de una historia que quizás, y sólo quizás, va a ir a alguna parte.

Y es que además de ese regusto por lo dadaista y lo surreal con los que Layman barniza sus guiones, hay un componente fundamental para que Chew sea lo que es. Y eso es el dibujo de Rob Guillory, irreal, caricaturesco, fresco y muy divertido. Gracias a esa capa de humor gráfico se consigue que todas las cosas atroces, asquerosas, repulsivas, vomitivas o directamente punibles nos resulten soportables y casi simpáticas. Como la capsula de azúcar con la que nos envuelven las medicinas más amargas. Arte de ese que no todo el mundo entiende, pero que acaba siendo uno con la historia y es difícil de imaginar de otra forma, con otro trazo, de otra manera. El Agente Secreto Pollo es como Guillory lo dibuja. Y sólo puede serlo así. De esa manera. Eso es todo. No hay más que hablar.

Una vez más es Image la que nos trae aire fresco y buenos cómics, una combinación que algunos parecen haber perdido de vista presos del triunfo cinematográfico de sus franquicias. Ni mas ni menos. Buenos cómics para gente que quiere buenos cómics. Además, tengo que dar las gracias a Planeta de Agostini por publicar esta excelente serie en España. A veces no es fácil salirse de los establecido y que te salga bien. Espero que esta vez, SÍ vaya bien. Y que venda mucho. No podría soportar otro fracaso de cosas que merecen la pena.

Y es que Chew, sobre todo, merece mucho, muchísimo la pena. Porque lo mejor de todo es que al final uno comprende que Chew, con su incomprensible y personal discurso, además de divertido y enloqucedor, es tremendo y cruel. Una patada de violencia, de asco y de ruina. Una foto fija cargada de humor de lo que somos. Y de lo que comemos.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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