Chorradas escondidas en el pliegue de los planos

Tres apologías del humor formal: 21 Jump Street, Casa de mi padre, Tim and Eric’s Billion Dollar Movie.
Por Daniel de Partearroyo

Ahora que las propuestas de aquella amalgama de actitudes hacia el humor cinematográfico de los primeros años de nuestro siglo que se dio por unificar bajo el manto de la Nueva Comedia Americana ya recibe hasta retrospectivas escleróticas en festivales internacionales de cine de prestigio cultural, urge dirigir la vista hacia aquellos márgenes de lo respetable o asumible por el gran público que alguna vez ocuparon dichas películas, antes de que sus intérpretes fueran válidos presentadores de galas reconocidos por la industria. A continuación me quiero fijar en tres títulos de este año, tratados en orden descendente de más a menos incrustados en el discurso económico de lo mainstream: el primero procede directamente del estómago del monstruo hollywoodiense y es la adaptación de una serie de televisión de los 80, el segundo es una producción de bajo presupuesto impulsada por una estrella y el tercero, en fin, un delirio independiente dirigido a un nicho de público muy específico.



 
 
21 Jump Street (Phil Lord & Chris Miller)
 
Fan de la serie original que protagonizaron Johnny Depp y Holly Robinson a finales de los 80 (conocida en España como Jóvenes policías), el cómico Jonah Hill le echó el guante al proyecto de Columbia Pictures de, siguiendo la dinámica redundante de Hollywood, llevar al cine una buddy movie de policías encubiertos en un instituto para venderla como adaptación. Con Phil Lord y Chris Miller en la dirección, la película alcanzó un nuevo nivel de sátira metalingüística. Si las dos entregas de Los ángeles de Charlie de McG y la Starsky & Hutch de Todd Phillips habían sido las únicas adaptaciones recientes de series más que superadas capaces de entender cuál es la sola forma efectiva de hacerlo, la película de 21 Jump Street (Infiltrados en clase en España) lleva ese modelo de chufla estética mucho más allá. La autoconciencia no se limita a dirigir el argumento, sino todo el tono y uso de recursos audiovisuales. Lo que consiguen no es sólo una re-actualización inteligente y radical tanto del subgénero de acción como del teen (la fiesta desfasada de esta película le da varias vueltas al cacareado high concept de su contemporánea Project X, por ejemplo), sino un cierto fenómeno recaudatorio que incluso sirvió para revalorizar el caché taquillero de Channing Tatum, en entredicho hasta entonces.
Hill y Tatum están muy bien arropados por figuras básicas de la comedia actual (Nick Offerman, Chris Parnell, Ellie Kemper, Rob Riggle) y, sobre todo, por un portentoso Ice Cube que agarra a su personaje por la amígdala, pero creo que el gran logro de la película reside en la capacidad narrativa de sus directores. El guión del propio Jonah Hill y Michael Bacall construye tanto un bromance de aceptación como una trama de narcotráfico canónicos y perfectos. Un trabajo sin fisuras, pero cuyos momentos de mayor genialidad pertenecen a los cineastas en dos ámbitos: las digresiones de apariencia anarrativa (que luego se revelan como mecanismos argumentales poderosos), como la sensacional fiesta ya mencionada o el repaso a la secuencia de distintos efectos de la droga sintética con la que se trafica en el instituto; y los gags nacidos directamente de la subversión de las convenciones genéricas, que tienen su mayor apogeo durante las secuencias de acción, siempre trastocadas por juegos de tono y efecto sobre las expectativas del espectador.

Como ya decía, una de las cosas que más me vuela la cabeza de esta película es que todas las locuras conceptuales, escisiones narrativas, autocrítica a la dinámica de constantes remakes y adaptaciones de Hollywood (¡directamente verbalizada por los personajes!) y conscientes rupturas de la cuarta pared fueron expuestas de forma primorosa ante ejecutivos deseosos de franquicia y poco dados a las extravagancias rupturistas. Y pasaron el visto bueno de una producción medianamente importante. No dudo que el buen funcionamiento y formación de público de la obra conjunta de Adam McKay y Will Ferrell (de Anchorman a The Other Guys) haya servido para allanar este camino, pero nadie como Lord y Miller había tomado el relevo tan expuesto (los únicos equiparables, los largometrajes de los integrantes de The Lonely Island, como Hot Rod y MacGruber, juegan a un nivel de producción unos escalones menor). Sólo por saber desenvolverse tan bien entre esas restricciones merecen todo mi aprecio.

Casa de mi padre (Matt Piedmont)

Aumentamos sensiblemente el nivel de apuesta conceptual con este preciado proyecto de Will Ferrell, dirigido por Matt Piedmont con guión de Andrew Steele. Dos talentos fraguados en el omnipotente Saturday Night Live primero y Funny Or Die después, el show comisariado por Ferrell y McKay dedicado al humor avant-garde. En principio, Casa de mi padre parece basarse en un único concepto aglutinador de todos los resortes cómicos, casi un gimmick, sin mayor base que la extrañeza de ver a Ferrell, un señor californiano de 1,91 metros, 45 años y pelo rizado, actuando en imperfecto castellano y haciéndose pasar por oriundo mexicano durante todo el metraje. Nada más lejos de la realidad, pues la película va mucho más allá y asume el desafío de ponerse en la piel de una producción de serie B latinoamericana real para chotearse de sus constantes. Igual que la seminal Aterriza como puedas de los ZAZ contenía situaciones y líneas de diálogo sin alterar de Zero Hour!, la película de catástrofe aérea de 1957 cuyo guión reproducía, pero cuya estupidez salía a la superficie al encuadrarlas en el contexto de una comedia. Igual que, estoy convencido, el 80% de las líneas de diálogo de MacGruber (Jorma Taccone, 2010) no son originales y proceden de decenas de películas de acción distintas. Eso mismo hace Casa de mi padre con la gramática audiovisual del culebrón latino manteniéndose completamente fiel al registro, sin caer en la tentación de ampliar la parodia a otras coordenadas, salvo por las irremediables referencias genéricas al cine de venganza, los recursos visuales de los 70 y ciertos toques especiados de spaghetti western.

Al final, lo que sucede es que la (espectacular) actuación de Will Ferrell ocupa un lugar muy secundario dentro de los estímulos ofrecidos por la película. Ni siquiera las portentosas composiciones histriónicas de Gael García Bernal y Diego Luna como machitos rancheros son la principal fuente de risas (aunque sí la más certera, desde luego), sino que el protagonismo absoluto es de la forma, del lenguaje cinematográfico y lo lejos que se puede llegar al retorcer los tropos habituales del género. Más que en pantalla, la mayoría de los gags se esconden a la vuelta del plano, agazapados en el espacio de indeterminación que crea el montaje y lleva a preguntarse cuál será y por dónde vendrá la siguiente torsión de expectativas sedimentadas por más de cien años de narración audiovisual. Hay una secuencia a cámara lenta en una boda, con una cover española de A Whiter Shade of Pale y un tiroteo de esteticismo peckinpahiano, que desafía cualquier vetusto intento de jerarquización cultural sobre la densidad de significados y la descodificación de palimpsestos. Por no hablar de la mulitud de lenguajes, estéticas y símbolos que son convocados durante la alucinación inciática del protagonista que precede al climax final. Lástima que ni la Academia ni la Crítica estén (ni se les espere) por la labor de abordar una propuesta tan rica… y abundante en primeros planos de glúteos.

Tim and Eric’s Billion Dollar Movie (Tim Heidecker & Eric Wareheim)

Por último, la propuesta más radical del tridente. El objeto independiente con consecuencias imprevisibles. El producto poliédrico de un par de mentes que no entienden la inocencia audiovisual más que como manifestación de lo lisérgico. Como ya hicieran durante tres años en su programa de televisión Tim and Eric Awesome Show, Great Job!, los dos humoristas Tim Heidecker y Eric Wareheim se dedican a estirar los límites del (anti)humor mucho más allá de lo que el sentido común más básico podría dictaminar. Su semillero de inspiración son las manifestaciones amateur de la televisión de acceso público estadounidense, la retórica audiovisual de teletienda, la baja calidad del vídeo online y el desfiladero más impracticable del vertedero de YouTube. En definitiva, la chapucería grotesca como una elevada declinación del genio. El principal mecanismo de su humor (llamémoslo así) reside en el estiramiento elástico de cualquier gag, situación incómoda o recurso de montaje molesto. Y vaya si funciona. Por algo han conseguido, durante años, la colaboración de cómicos consagrados como Will Ferrell, Zach Galifianakis, John C. Reilly o Will Forte, que también cuentan con pequeños papeles durante el largometraje.

Poco se puede plasmar por escrito de la fuerza arrolladoramente experiencial de la película. Pertenece al árbol genealógico de Hellzapoppin’ (H. C. Potter, 1941) transplantado a la era 2.0. Tim and Eric’s Billion Dollar Movie hace visibles las reservas y aprensiones de cualquier otra comedia. Lo que consiguen Tim y Eric es demostrar que los supuestos límites enarbolados por otras producciones más prestigiosas, en realidad, no existen nada más que en la mente de los pacatos y cobardes. No sólo tiene espacio para todo el universo de lo desagradable e incorrecto en su máxima amplitud, sino que también presenta invenciones mucho más sutiles, relativas a los automatismos y ciertas patologías del cine de Hollywood actual (esto queda ya claro desde los primeros segundos, con demos de calibración de pantalla e infinitas caretas de productoras subsidiarias de la gran major que ejerce como principal antagonista). Como comprendieron los auténticos maestros de la comedia cinematográfica, desde Mack Sennett hasta Jerry Lewis, una buena forma de introducir bombas transgresoras en el sistema es ocultarlas bajo capas de explicitud. Entre los chistes escatológicos, la pulverización de cualquier noción de tabú políticamente correcto (increíble lo que se hace con la pedofilia en esta película) y la profusión de imágenes de dildos de toda clase y condición se pueden tapar otras subversiones sutiles que lograrán pasar más desapercibidas entre la plétora de vulgaridades, pero cuya efectividad quedará plantada y lista para germinar.

Sigue al autor en Twitter: @mrtoldo
 

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