Chrononauts, de Millar y Murphy

Una “buddy-movie” de viajes en el tiempo y gamberrismo de Mark Millar
Por Chema Mansilla

Chrononauts

Mark Millar me cae bien. Es un tipo divertido, que gestiona bien sus personajes y que suele llevar a puerto sus tramas sin complicarse demasiado la vida y con una marca personal que le ha convertido casi en un icono generacional. Tal como está el mercado, no me parece poca cosa. No creo que sea el guionista con más talento de su generación ni nada por el estilo, ojo, pero creo que es uno de los guionistas más competentes. Es un tipo que de vez en cuando da con alguna buena idea y como lector es bastante entretenido ver cómo juguetea con ella. Tiene tebeos especialmente buenos, como Starlight (nuestras reseñas aquí y aquí), y otros títulos que a pesar de haber alcanzado un gran éxito entre los fans, como Némesis, me parecen mucho menos potables. Pero son los menos. A medio camino están otras obras como ésta, Chrononauts, que claramente ha sido pensada para empaquetarla, mandarla a Hollywood y recoger el cheque. De hecho, los derechos de explotación cinematográfica ya habían sido vendidos antes de que Image publicara el primer número de esta miniserie.

La trama trata de dos científicos amigos que dan con la clave para viajar en el tiempo, y tras una accidente en el primer cronodesplazamiento, tendrán que sortear todo tipo de peligros para salvar el pellejo. El planteamiento no es el más original que he leído últimamente. De hecho es una simple excusa para que el equipo creativo pueda darse el gusto de, entre otras cosas, sacar en su cómic a samurais montados en un tanque. De hecho, toda la trama no es más que una estructura muy simple sobra la cual poder tender momentos realmente divertidos y alocados. Es tan excesivo que los dos personajes protagonistas son los científicos menos creíbles con los que me he encontrado en mi vida. Quinn y Reilly parecen dos alocadas estrellas del rock, más preocupadas por “meter en caliente” que por las repercusiones de sus acciones en la corriente temporal. Tampoco importa demasiado, son carismáticos y desde el principio dejan claro que las intenciones de Millar en este cómic son las de encadenar un momento de acción tras otro hasta llegar a un clímax épico de emoción a base de “splash-pages” que cierra con un escueto y conciso final.

Esto viene a ser, a grandes rasgos, un guión de blockbuster palomitero de libro. Pon como protagonistas a Tom Hardy y Ryan Gosling (por decir) y tendrás un taquillazo a la altura de Kingsman: The Secret Service. No es que a Millar se le vea el plumero, es que lo agita frenéticamente mientras grita “¡Eh, eh, aquí!”.

Como compinche de Millar tenemos de nuevo, a Sean Murphy, uno de mis dibujantes preferidos que vuelve a hacer un buen trabajo con estos Chrononauts, si bien no es que firme su mejor trabajo. Como al guionista, se le ve con ganas de pasárselo bien, pero no con hacer un cómic que cambien la historia del medio ni nada parecido. Es más, sospecho que Murphy ha priorizado la oportunidad de dibujar catapultas disparando contra zeppelines, romanos y modernos aviones de combate, todo junto y revuelto, a cualquier otra cosa a la hora de encarar este proyecto. Bueno, a cualquier otra cosa salvo, tal vez, a su parte del dinero si esta historia llega algún día a los cines.

Chrononauts es uno de esos tebeos que se pueden leer tranquilamente en la piscina o en el bus, prescindiendo de las gafas de pasta y el sillón orejero. A pesar de ser un producto de evidente consumo rápido y muy poco exigente, no se debe menospreciar la gran oportunidad de divertirse con un tebeo que, sin florituras, en general está bastante bien. Además, es una nueva oportunidad para que en un futuro cercano, quien más quien menos, pueda tirarse el moco a la salida del cine diciendo eso  de “el cómic es mucho mejor, que yo lo he leído”.

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