CLASE LETAL. Institutos y antidepresivos.

Perder el pudor es algo difícil, y no hablo de esa vergüenza que nos invade a la hora de enseñar nuestros miserables colgajos en una playa nudista. Me refiero a la proeza de mostrarte tal cual eres o contarle al público esas cosas que solo le confiesas a tu diario.

Por Javier Marquina.

Hay obras reveladoras que describen mejor que un mapa lo jodida y retorcida que puede ser la mente de algunos autores. Muchos hablan en los prólogos de estas piezas de su particular travesía por el desierto depresivo que genera el talento, una maldición que con frecuencia viene asociada a las cabezas más brillantes. A veces, en un intento quizá de adoctrinar o esperanzar, nos cuentan lo felices que son en este momento de sus vidas y que por eso han escrito tal o cual historia, como exorcismo que expulse de forma definitiva los demonios que les rondan por la imaginación.

Sin embargo, esas mismas historias que se hacen a modo de redención son, a menudo, un signo inequívoco de que ese algo que no anda bien en los mecanismos neuronales de sus cerebros sigue latiendo con más o menos fuerza, esperando una oportunidad para devorarlo todo. No puedes dejar de ser quien eres por muy bien que te vayan las cosas. Los cuentos que deberían hablarnos de superación y felicidad se convierten muchas veces en fábulas negras y truculentas, relatos en los que lo más bajo aflora con la excusa de ventilar la mierda que llena las habitaciones oscuras del yo en un vano intento por ventilarlas.

Este cómic es un ejemplo más o menos claro de esto y, curiosidades de la vida, se está convirtiendo en una de mis series favoritas de todo cuanto ha hecho Rick Remender. Quizá porque sus últimos trabajos me habían dejado bastante frío y empezaba a verle el plumero, muy al estilo de Robert “Siempre cuento lo mismo” Kirkman, y no hay mayor desilusión que ser decepcionado por un ídolo. Clase Letal es un título demoledor sobre gente realmente jodida, que sabe que está muy jodida, pero que no puede evitar comportarse de forma extremadamente jodida. Tal cual. Excesivo en ocasiones, superlativo en otras, hay tanto del escritor en cada uno de los actores (y sobre todo en el protagonista) que la historia de estos adolescentes que son entrenados para ser superasesinos queda diluida por el tratamiento que se les da a los personajes. Remender habla de seres humanos en formación cuya angustia existencial típica y hormonada se ve acentuada, incluso exponencialmente aumentada, por la situaciones límite en las que te coloca ser un sicario cualificado con una agenda de víctimas en el bolsillo de tu vaquero. La transición hacia la edad adulta es solo otro pretexto para vomitar sin contemplaciones y llenarnos la cabeza con todos los cadáveres que el guionista guardaba en el armario, trazando las líneas maestras de un pobre chico que será con toda probabilidad un pobre hombre incapaz de dejar de hacer todas esas gilipolleces que le convierten en un miserable. Aquí todo es cruel, desagradable y descarnado y, encima, retrata con fidelidad y amargura muchas de las obsesiones propias de quien se nos muestra casi desnudo a través de las viñetas.

Este cómic va de gente muy equilibrada y calmada.

Por si el acertado y crudo guión no fuera suficiente, en esta ocasión los astros se alinean para que este cómic esté ilustrado por Wes Craig, un señor al que yo no había tenido el placer de conocer, pero que consigue dejarme con la boca abierta con algunas de las mejores páginas que he visto este año en un tebeo americano. Para completar la tercera pata de este banco, Lee Loughridge hace un uso del color diferente, alternando páginas más o menos clásicas con escenas casi monocromáticas, composiciones en las que las gamas a utilizar como patrón dominante se van alternando dependiendo de lo que se está narrando, confiriéndole al conjunto ese aspecto a veces depresivo, a veces exaltado y a veces desquiciado que tanto le conviene a la historia.

Todo lleno de historias felices.

Viendo el resultado final, uno casi podría imaginar que a los dioses les gusta saber que estamos en la mierda y, por ello, consiguen reunir en un trabajo acerca de la depresión y de lo cutres y tristes que podemos llegar a ser a tres autores excepcionales que dan lo mejor de si mismos. Una especie de antidepresivo a base de talento que nos haga olvidar que ese tipo que se arrastra protagonizando Clase Letal también es un poco (o un mucho) nosotros mismos.

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Acerca de Javier Marquina 218 Articles

Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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