CÓMO GANAR AMIGOS E INFLUIR SOBRE LAS PERSONAS

Lo mejor del ser humano es esa necesidad de justificar sus actos mediante un altruismo a menudo inexistente. Por mucho que nos engañemos, nuestra principal motivación es siempre la búsqueda de algún tipo de satisfacción personal.

Por Javier Marquina.

¿Por qué lo hago?

Esa es una buena pregunta.

Podría decir que todo nace como una evolución natural de un vicio profundo que me une a los cómics. Una necesidad de expresar sentimientos y opiniones acerca de una materia por la que siento total y absoluta adoración. También porque me gusta escribir. Me gusta desde que tengo uso de memoria y, al darme cuenta de que era incapaz de dibujar, me dediqué a ilustrar mediante palabras todo lo que se me pasaba por la cabeza.

Y luego, claro, está el tema del ego.

Todo aquel que hace públicos sus textos bajo la premisa de que “escribe para él y no para que le lean”, debería ser condenado a pasar sus días llenando cuadernos de espiral que solo pudiera disfrutar él. Cuando escribes solo para ti, todo lo que redactas queda confinado a la esfera de la intimidad, y jamás abandona el cajón de tu mesilla, guardando las horas en la confortable oscuridad que acuna ese diario infantil que llevabas con errática regularidad y que tenía en la portada un unicornio. Si tuviera que daros un consejo, sería que huyerais de todo aquel que dice que no escribe para los demás. Lo primero por su egoísmo personalista. Lo segundo, para así condenarle a esa misma premisa inverosímil que esgrime en un acto casposo de falsa modestia. Todo aquel que hace público su trabajo, lo hace esperando algo a cambio. Una respuesta. Una reacción. Un empujón ya sea económico o moral. Cuando comienzas a lanzar al aire todo aquello que te sale de las tripas, lo haces con la esperanza de que alguien lo disfrute. O lo odie. Lo que sea con tal de obtener un comentario.

Por supuesto, esa persona perfumada y engolada que se cree lo mejor que jamás ha pisado la faz de la tierra, espera que ese “feedback” sea siempre positivo. La autocrítica (y no confundir esto con la anteriormente mencionada falsa modestia) es una de esas virtudes en extinción que ha llenado las baldas de las librerías nacionales de subproductos literarios perpetrados por pseudoescritores. “Autores” que se creen en posesión de una verdad distorsionada por el mero hecho de tener 50.000 seguidores en Twitter. Apoyados por una industria a la que lo único que le interesa es el potencial beneficio que puedan obtener de esos fieles fans capaces de masticar un enorme mojón con la única condición de que esté firmado por su virtual ídolo, han traspasado la férrea frontera de lo impublicable, catapultados por el hambre insaciable de las empresas por el vil metal. Esto ha traído como consecuencia un auténtico tsunami de ediciones de material bochornoso que parecen escritos por un cachorro de ornitorrinco con cistitis. Alimentados por su inabarcable ego, estos personajes cegados por su percepción de una realidad cuando menos decepcionante, defecan filosofía de domingo de resaca mientras creen que hacen alta literatura.

Los que escribimos en webs y blogs no estamos exentos de la enfermiza aura que genera la necesidad de reconocimiento. Si publicamos lo que escribimos, es porque a nadie le amarga el dulce de la visualización, el comentario favorable o ese retuit que indica un “tú sí que molas” silencioso; un simple click que siempre trae consigo la infundada esperanza de la repercusión en progresión geométrica. Es una drogadicción que puede convertirnos en yonkis de las visitas, una especie de lémures de ojos inyectados en sangre que actualizan sin cesar la página del Google Analytics esperando ver crecer números y gráficos. Si esto ocurre, acabaremos confundiendo términos de calidad y éxito, pasando a ser meros Camelas en las gasolineras de las redes sociales.

Por otra parte, la necesidad de la crítica al crítico se hace vital. No solo para seguir echando gasolina o espuma ignífuga a la hoguera de su inconmensurable amor propio, sino para poder valorar la evolución de lo que se hace si el que redacta tiene la suerte de poseer criterio. Los comentarios pueden suponer la diferencia entre enderezar un camino en franco declive o seguir cometiendo los mismo errores en una espiral de mal gusto y mediocridad. Unas pocas palabras de apoyo o reproche de aquellos que te leen, son la base sobre que se debería fundamentar algo tan poco objetivo y mensurable como la opinión. El silencio, a su vez, es el peor enemigo del que reseña. La ausencia de respuesta es una especie de limbo helado que te deja a ciegas, con la sensación de que a nadie le preocupa lo que haces; de que tu esfuerzo es gratuito en planos adicionales al económico. No todo vale, por supuesto. Hay personas adictas al insulto fácil que se lanza tras la comodidad del anonimato, pero, por suerte, este subgénero es fácilmente reconocible por las formas, la falta de educación y la ausencia de ortografía. Con no prestarles atención, les condenamos a ese desprecio perfecto que genera la indiferencia. También están los pelotas que te dicen que todo lo que haces es maravilloso, aunque lo que escupas sea una puta mierda del tamaño de los Picos de Europa. De estos también hay que escapar, ya que su valoración sesgada es tan perniciosa como la de aquel que pretende hundirte por el mero hecho de odiarte. Con matemática frecuencia, cuando eliminas los comentarios situados en los extremos más irracionales, suelen aparecer aquellas valoraciones que sí merecen la pena. No voy a decir que esta sea una tarea fácil. Como en la vida misma, lo difícil consiste en rodearte de las personas adecuadas.

No estamos en posesión de la verdad. Entre otra cosas, porque no existe una verdad única que utilizar como patrón infalible con el que mesurarlo todo. Por eso la reacción de los que te siguen y te leen es tan importante. Un elemento fundamental para establecer un diálogo con el que enriquecerse, detectar fallos o manías molestas, y mejorar en esta labor a veces ingrata, en ocasiones fatua, pero siempre divertida, que consiste en valorar el trabajo de otras personas. Gente corriente que, en la mayoría de los casos, tiene mucho más talento que tú.

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Acerca de Javier Marquina 191 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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