Crítica Las Brujas de Zagarramurdi: La guerra de los sexos según Lovecraft

En Las brujas de Zugarramurdi, Álex de la Iglesia no regresa a la plena forma, pero sí entrega un trabajo de horror paródico que te dará dolor de mandíbula.

Por Yago García

Carmen Maura, vestida de señora de orden, variedad vasco-navarra: traje gris marengo, falda por debajo de las rodillas, collar de perlas gruesas. Carmen Maura, decimos, luciendo este atavío mientras camina (boca abajo, claro) por el cielorraso de un decadente salón, pasándole el plumero a una lámpara de araña. Mientras tanto, atados a otras tantas sillas y ensangrentados cual cochinos en San Martín, Hugo Silva, Mario Casas, Jaime Ordóñez y un señor que quiere ir a Badajoz aguardan su destino de platos fuertes en un festín caníbal. Sólo por esta imagen, ya habría valido la pena que Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría hubieran retomado su colaboración para Las brujas de Zugarramurdi. O, según apuntó sotto voce un espectador del filme durante su proyección para la prensa madrileña: “Agüita, cuando Almodóvar vea esto”.

Se dice ya por ahí, una vez que el filme ha sido proyectado en San Sebastián, que estamos ante la mejor obra del bilbaíno desde El día de la Bestia. Algo desmentible, porque aquella era una cinta aproximadamente redonda, mientras que este trabajo padece del estigma más asociado a su firmante: el desarrollo irregular. Aun así, la primera hora y cuarto de Las brujas de Zugarramurdi resulta un festival de humor negro de tal magnitud que provoca dolor de mandíbula batiente, y durante el cual la bilis emitida por el autor en su muy contrahecha Balada triste de trompeta halla por fin orden, concierto y dosificación adecuada. Un diagnóstico viperino podría sentenciar que esto se debe a un tema de fondo asumido por De la Iglesia como totalmente suyo, sin que las capas de tradición hechiceril y horror cavernario, lovecraftiano se esfuercen por disimularlo. Se trataría, resumiendo, del ajuste de cuentas de un cincuentón divorciado contra las mujeres en su conjunto.

Si la creencia en el ‘misterio femenino’ es síntoma de misoginia, entonces Las brujas de Zugarramurdi es la mayor invectiva contra ese cincuenta por ciento de la humanidad jamás puesta en imágenes y en verbo castellano desde los parlamentos de Sempronio en La Celestina. Eso, por lo menos: a través del desarrollo entero del filme, de la airada, separada Macarena Gómez (qué bien se le da a esta señora resultar insoportable, por favor) y de la dialéctica entre Silva y una Carolina Bang con lauburu tatuado en la rabadilla, este filme exuda rabia contra esas extrañas criaturas que exigen compromiso, convivencia y responsabilidad, que nunca quieren cuando tú quieres y cuando tú quieres no están por la labor y que una vez derrumbado el castillo de naipes se cabrean (¡acabáramos!) si, amén de no pagarles la pensión compensatoria, te llevas al niño de comparsa a un atraco. Por otra parte, cuando dicho ente adopta las facciones de una Maura maravillosa (nunca insistiremos bastante en esto) y de la desopilante Terele Pávez, ambas presidiendo campechanamente el aquelarre, es fácil ceder ante su poder primigenio, expansión sobrenatural y up to eleven de aquel desencadenado por Mónica Cerbera en Crimen ferpecto. Lástima que la Bang, el más juvenil de estos tres rostros de Hécate, esté tan por debajo de las circunstancias como ya lo estuvo en Balada triste…

Carolina Bang patina tanto, de hecho, como el último cuarto de la historia. El recurso marca de la casa para rematar sus cuentos, el de girar desde la ultraviolencia a la comedia costumbrista, perdió su fuerza cuando Álex Angulo y Armando de Razza se alejaron cojeando de la estatua del Ángel Caído, y aquí no entendemos esa manía por seguir tirando de él. Aun así, el mayor elogio de Las brujas de Zugarramurdi sería este: la filmografía de Álex de la Iglesia constituye un documento sobre el devenir de la sociedad española, desde ese entorno deshumanizado y popular lleno de supersticiones y yuppies quemadores de mendigos (Acción Mutante, El día de la Bestia) a la mezquindad de aquel segundo pelotazo, todo él ladrillo y pretensiones, que vimos en La comunidad, 800 balas y Crimen ferpecto. Y de ahí, a un panorama desolador donde ejercer de estatua humana parece una salida profesional (o criminal) solvente, en el que los anillos de boda son bombas místicas de mal karma y en el que las dos mitades de la humanidad (si aplicamos el patrón heteronormativo, ojo) siguen persiguiéndose sin descanso para lamerse esas heridas que ellas mismas se provocaron a dentellada limpia. Consideraciones estructurales e ideológicas aparte, esta película no hace más que confirmar aquello de que España está bajo un maleficio. Pero de un maleficio con el cual ella misma se ha condenado a fuerza de codicia y de estupidez.

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1 comentario en Crítica Las Brujas de Zagarramurdi: La guerra de los sexos según Lovecraft

  1. Muy buena película las brujas de Zugarramurdi.Si ustedes ven la trayectoria del cine español de los últimos quince años verán cómo entre las mejores películas,las más desternillantes y críticas con una sociedad profundamente hipócrita y egoísta se encuentran las películas de Álex de la Iglesia.
    Me quedo con las actuaciones de Hugo Silva y de Terele Pávez.Siempre Terele un valor seguro: a mí las brujas no me dan miedo lo que me dan miedo son los hijos de puta.

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  1. LAS BRUJAS DE ÁLEX DE LA IGLESIA. Casi, pero no. | La Isla de las Cabezas Cortadas

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