ODA A LA CRÍTICA: Límites, fronteras y morcillas.

Necesité tiempo para entender los límites matemáticos. Esa barrera que nunca se alcanza por mucho que tu función tienda a infinito. Un concepto que convierte en imposible todo aquello que se pasa y que se coloca al otro lado, dejándolo fuera de la frontera de lo real, más allá de la asíntota.

Por Javier Marquina.

El proceso es el siguiente:

Con la madurez, llega la necesidad de diversificar. Lo que antes te completaba, ahora se queda en un camino intermedio poco satisfactorio y, en ocasiones, muchos de los cómics que antes te entusiasmaban te parecen una monumental cochambre debido a desafortunados equipos creativos, giros redundantes y falta general de calidad. La teta superheroica que lo significaba todo, es poco más que un complemento vitamínico que solo en contadas ocasiones produce resultados satisfactorios para tu cuerpo. Estás creciendo y necesitas más. Otras cosas. Algo diferente. Incontables décadas de spandex han acabado por volverte ácido y crítico, poseído por un sibaritismo que te obliga a transitar nuevos caminos. Hastiado del etanol, necesitas THC o dietilamida del ácido lisérgico.

Convencido de la necesidad de esta nueva cruzada, comienzas una búsqueda atribulada de títulos cubiertos de un espectro diferente que te proporcionen nuevas emociones. Entras en el underground, en la vanguardia, en la radicalidad de la pequeñas editoriales carentes de miedo al riesgo. Y un nuevo universo se abre delante de ti. Uno lleno de puertas de formas insospechadas que dan a mundos que no creías posibles. Al menos, mundos que jamás imaginabas que iban a gustarte. Retorcidos, cambiantes, terribles y bellos. Mundos en los que cualquier cosa puede pasar y casi todo parece a tu alcance.

Comienzas por lo obvio; por lo clásico dentro de la ruptura; por aquello ante lo que todo el mundo asiente con la uniformidad que dan las obras maestras. Luego, poco a poco, vas arriesgando más, adentrándote en el pantanoso terreno de la apuesta extrema basada en elementos ajenos a la belleza, el preciosismo estético o la virtud pura de una ilustración perfecta. Son pastos peligrosos y complicados en los que necesitas una mano amiga que te guíe; un faro que te evite trompazos y colisiones brutales contra escollos en forma de potaje incomible, inmundicia pretenciosa o deposición incomprensible. Aquí es donde la figura del crítico se vuelve indispensable. Son sus consejos y reseñas las que te orientan hacia la compra, logrando que adquieras cómics que, de otra manera, jamás entrarían en tu cesta de la compra con una simple ojeada. Y es aquí también donde se plantea el dilema más serio al que debes enfrentarte: ¿debes hacerles siempre caso?

La respuesta es obvia: NO. Como humanos falibles que son, los críticos están expuestos a pequeñas imperfecciones genéticas llamadas gustos propios. Estas afinidades casi intrínsecas, se ven a menudo potenciadas por una voluntad enfermiza de ir más allá, de atravesar los planos más evidentes de interpretación y de meterse en la mente de los demás a través de sus obras. Esto les lleva a realizar ejercicios circenses dignos del eterno “más difícil todavía”, elevando la redacción de una reseña a la categoría de arte, mientras trazan paralelismos imposibles entre espacios en blanco, borrones negros y la poesía del vacío. La voluntad de diseccionar una obra convierte a algunos expertos en defensores de una vanguardia tan transgresora que a veces adquiere visos de tomadura de pelo. Es la sutil diferencia que separa la reinterpretación de la estructura cromática a través de elementos reciclados y una boñiga de vaca colocada sobre el capó de un coche recién comprado. Y es que no todo lo que rompe tiene que ser bueno. Existe el fuego purificador desde cuyas fértiles cenizas uno puede empezar siguiendo nuevas y frescas rutas y existe el terremoto de mierda, que lo único que deja tras de sí es un páramo apestoso digno del Pantano del Hedor Eterno de Dentro del Laberinto.

Una de las bazas que los especializados suelen usar para justificar sus valoraciones estelares, casi marcianas, a algunas obras a todas luces incomprensibles, es una lucidez superior cimentada en su erudición. Ellos conocen las herramientas y los mecanismos. Ellos conocen los secretos y las claves para la interpretación. Ellos están en un nivel elevado que les permite ser conscientes de las revelaciones e intenciones del autor. El problema es que cuando los demás no estamos preparados para semejante nivel de superconsciencia, algunos de esos enormes hallazgos de suprema creatividad nos parecen una patochada pergeñada por un orangután dibujando con un rotulador metido por el culo. Esto no es demasiado problemático si llegamos a esa conclusión antes de efectuar el pertinente desembolso. El problema radica cuando, dejándote guiar por el criterio en teoría inapelable del teórico de turno, pagas por un tebeo que, al acabarlo, en vez de una obra maestra de dibujo estilizado y esquemático que resume con precisión los devenires existenciales de almas encerradas en una cárcel virtual de soledad e incomunicación, lo que te parece es un timo con forma de espantoso dibujo realizado por un vendemotos con pocas ganas de trabajar que no cuenta absolutamente nada. Un vendemotos, además, con una capacidad para el diálogo digna de los descartes de Sálvame Deluxe. Lo que habías intuido al principio se hace realidad. Esta vez la iluminación no ha llegado. Ninguna escama ha caído de tus ojos velados para permitirte acceder a la revelación. Lo que en una primera impresión se te presentaba como una mierda, al final te resulta una mierda. Y no hay crítica o reseña capaz de hacerte cambiar de opinión. No significa no.

Es cierto que gran parte de los epítetos que te asaltan cuando cierra el tomo que te ha costado 20 euros y ha aportado tanto a tu vida como la triquina o la clamidia, vienen generados por la indignación y son, a todas luces, exagerados. La rabia es mala consejera y es conveniente masticar tus palabras antes de escupirlas. La normas de la buena educación y el decoro te obligan a calificar como “decepcionante” o “fallido” aquello que te ha parecido tan atractivo como una hiena deforme aplastada por una apisonadora.

Al final, la conclusión que uno saca de tanta trascendencia, arte y quiebra, es que es cuestión de ser fiel a tus gustos. De ir poco a poco. Y, sobre todo, de fiarse de tus instintos y correr riesgos estudiados. No trates de saltar de la postura del misionero a las orgías zoologicamente diversas sin pasar por el masaje prostático. Hay cosas que sabes que no van a ser por mucho que te digan que sí son, y algunos de los gurús de la modernidad son tan fiables como Jim Jones predicando sobre el libre albedrío. Con esto no digo que haya que ser una roca inmóvil e incapaz de cambiar. Yo mismo pertenecía a una corriente casi en exclusiva superheroica y ahora gozo de una sana y confortable diversidad genérica. Cambiar es bueno, pero no a cualquier precio y, por supuesto, no consumiendo cualquier cosa. Por mucha vanguardia, transgresión y metafísica que incluyan sus páginas. Por mucho que el sanedrín de turno lo ensalce. Por mucho que la élite cultural correspondiente te diga que es perfecto.

Como siempre he defendido, hay una prerrogativa suprema que se impone a cualquier otra regla y criterio: nuestro derecho a elegir lo que nos gusta y lo que no. Y un apunte más: nuestro derecho a decir que algo no nos gusta por razones tan subjetivas como las de aquel que expresa su beneplácito, sin por ello estar expuestos a la mofa y el escarnio del gabinete ideológico cultural de turno.

Ideas recurrentes con las que voy reincidiendo cada cierto tiempo. Será que cuanto más cambian las cosas, mas permanecen iguales.

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Acerca de Javier Marquina 203 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

2 comentarios en ODA A LA CRÍTICA: Límites, fronteras y morcillas.

  1. J****, lo has clavado!
    Atravesando por ese momento existencial que comentas al principio del artículo mi conclusión es que para tu tiempo y DINERO son mucho más peligrosos que los críticos, los cuales has de “calar” antes de entregarles tu confianza, los autores que admiras que recomiendan títulos…A base de dejártelas compruebas que en la mayoría de sus recomendaciones pesan más su grado de amistad (o servilismo a la editorial que les paga) que sus gustos, o es que a través de su obra no has entendido nada.
    Olvidémonos de la superconsciencia y sigamos disfrutando…

    • Gracias por leer y comentar. Desde luego, los autores también son “recomendadores” peligrosos. No me queda más que insistir en el final de mi artículo. Hay que forjarse una opinión propia y no dejarse llevar por modas o corrientes. Si algo te gusta, te gusta y punto…

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