Crónica relámpago de la XXXI edición del SALÓN DEL CÓMIC DE BARCELONA.

Desearía haber estado más tiempo, poder haber hecho más cosas, haber comprado muchos más cómics, pero alguien como yo que veía las últimas ediciones del Salón en el salón (redunda que algo queda…) de su casa con ligera envidia y una gotas de pereza, tengo que decir que lo único que no puedo hacer, es quejarme.

Por Javier Marquina.

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La última vez que fui al Salón, hace cuatro o cinco años, cometí el error casi imperdonable de hacerlo en sábado. Para alguien que vivió alguno de esos míticos Salones que se hacían en la Estación de Francia, abigarrados, con miles de personas enlatadas discurriendo como una pequeña avalancha, el espacio habilitado en la Fira de Barcelona es simplemente un cambio galáctico. Aun así, los sábados siguen siendo una marea inacabable de fans, padres, niños, casuales y curiosos, y pueden hacer que hasta el más templado pierda la paciencia. Si tenemos en cuenta que yo de eso no tengo, aquel sábado de hace años, con un Salón poseído por la fiebre Naruto en su máximo apogeo fue más de lo que mi frágil psique pudo soportar. En cierta forma me sentí violado, invadido. No lograba comprender porque habiendo una convención específicamente dedicada al manga, aquel Salón del Cómic, mi Salón, se veía invadido por legiones de adolescentes a reventar de hormonas disfrazados de Sasukes, de Luffys, de Sakuras y de otros muchos personajes de lo que yo no quería conocer su existencia. Abrumado y triste acabé abandonando el Salón a las dos horas de haber entrado y me dediqué a hacer turismo por la Ciudad Condal, como un viejo melancólico que busca a aquel adolescente que una vez fue a Barcelona y salió con la mochila llena de tebeos.

Si el año pasado por estas fechas me hubieran dicho que iba a volver al Salón y que además iba a hacerlo de la forma que lo hice, jamás lo hubiera creído. Escribir para Las Cabezas Cortadas ha supuesto un cambio radical en mi vida, no sólo porque por fin he comenzado a hacer lo que realmente me gusta y he conocido a gente maravillosa, sino porque también me ha permitido el acceso a un mundo profesional en el que por ejemplo, puedes conseguir alguna entrevista con alguno de los autores invitados al Salón. Yo. Ese mismo que hace justo ahora un año ni siquiera podía llegar a soñarlo.

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El apañado lugar de la Warner.

Sea como fuere y por circunstancias que ahora no vienen al caso, el inicial “yo no vuelvo al Salón” acabó convertido en un carrera por conseguir la acreditación, una entrevista en firme con Yanick Paquette y un par de citas con la gente de prensa, que ya que uno va y como ha sido bien educado, pasa y se presenta. El problema es que al preparar las cosas de manera más precipitada de la debida, mi vuelta triunfal a este evento se redujo a unas cuantas horas escasas, intercaladas entre dos agotadores viajes en autobús. Un viaje relámpago demasiado breve para mi gusto,  pero que mereció la pena. Después de varios años sin asistir, sólo puedo decir que volver fue muy gratificante, como reencontrarse con algo que uno quería sin medida, pero que había acabado perdiendo.

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Exposición de originales.

Como ya he dicho, para los que sufrimos/disfrutamos la Estación de Francia, el nuevo lugar de reunión en la Fira de Barcelona en plena Plaça de Espanya es como una visita al paraíso. Casi 20.000 metros cuadrados de superficie convierten el lugar en una especie de parque de atracciones del cómic, en el que las disciplinas y compañías que colocan sus stands son cada vez más abundantes. Cine, videojuegos, juegos de rol, todo aquello relacionado con el mundo que la sociedad denomina “freak”, tiene cabida en el Salón. Exposiciones temáticas conmemorando entre otras cosas los 75 años de Superman y llenas de originales, la zona dedicada al Oeste Americano, stands donde posar como tu héroe favorito, pantallas dónde ver los trailers de algunas películas muy esperadas, consolas en las que probar los juegos patrocinados… 20.000 metros dan para mucho. Dado que mi viaje ‘blitzkrieg’ tenía una finalidad específica y casi única, nada más llegar me dediqué a buscar los stands de las principales editoriales de cómic españolas por varios motivos. El primero localizar el stand de ECC ya que tenía hora concertada para la entrevista con el señor Paquette, y en segundo lugar para hacerme una idea de lo que las “grandes” en España nos ofrecían este año y hacer una valoración del despliegue y del esfuerzo puesto en enseñar el producto. De estas cuatro editoriales (Planeta, ECC, Norma y Panini) debo decir que la que mejor impresión me causó fue ECC. Su stand, además de ser el más grande y visible, parecía el más preparado para los eventos que tenían que patrocinar. El sistema implantado de firmas a través de la recogida de números me parece una buena idea, si bien los fans, siempre ansiosos por conseguir aunque sea un poco de salivilla de su artista favorito, hicieron que el sistema quedara desvirtuado. No se puede luchar con gente dispuesta a esperar 7 horas por un dibujo de Adam Hughes. Esto se vio en parte suplido por los sorteos vía online de algunos de los dibujos, así como de otras muchas cosas, tebeos, figuras… que convirtieron a ECC, bajo mi criterio precipitado de aquí te pillo aquí te mato, en la editorial que más se lo curró en el Salón. Norma también dispuso de un stand llamativo y realizó un despliegue de autores brutal de verdad, que es al final de lo que se trata, de poner al consumidor, al seguidor, al fan, en contacto con su autor favorito. Planeta, en lugar de orientarse hacia los autores, enfocó más su Salón a las actividades, focalizando su campaña en una nutrida y espectacular lista de novedades y reediciones y en el mundo de Star Wars, que todos sabemos lo que tira.  Había gente disfrazada, desfiles organizados, miles de cómics de la saga… un poco de todo. Además, la gente de prensa de Planeta es absolutamente adorable, conscientes de cuál es su papel para con todos aquellos que al final, no hacemos otra cosa que promocionar sus productos.

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David Aja, el genio.

Y luego está Panini. ¡Ay, Panini! Sé que es una tendencia habitual la suya la de poner un stand que no le importa a nadie y pasar del Salón con una suficiencia casi dolosa, pero no deja de ser lamentable que la editorial que centra todas la publicaciones de una de las compañías de cómic más grandes de la Tierra, no haga otra cosa en el Salón que ofrecer folletos de publicidad, llevar un día escaso algún autor español (enorme, eso sí y afortunadamente) y presentar en rueda de prensa (como todos los demás) su ronda de novedades. Para el fan como yo que pasea por allí con ganas de marear y con ganas de ver a alguien famoso en el mundillo, es mucho más encomiable la labor de pequeñas editoriales como Astiberri o Aleta, que se parten la cara por ofrecer a sus seguidores ese plus adicional que uno espera en eventos de este tipo. Mal Panini. Muy mal.

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Firmas internacionales. Yanick Paquette y Szymon Kudranski.

En cuanto a la organización, por mi parte no tengo queja alguna. Es cierto que estuve el viernes y apenas unas 7 horas por el Salón, con lo que no se cómo funcionaron las cosas en los momentos de mayor afluencia, pero el rato en el que yo estuve la sensación con la que me quedé es con que todo funcionó de manera correcta. Que no haya millones de personas disfrazas y gritando a tu alrededor seguro que ayuda mucho, pero la sensación general es que las cosas estaban bien hechas y la organización funcionaba de manera más que eficiente. Puede que esto sólo sea la percepción de alguien que no es tuvo por allí en las horas punta, pero mi estancia en el Salón fue muy placentera, haciendo lo que había ido a hacer y disfrutando de todas las zonas que pude sin aglomeraciones. Me acreditaron con rapidez, había un mapa para no perderte en el enorme recinto, las sesiones de firmas programadas por cada editorial se producían a las horas marcadas, había bastante gente de personal para atenderte, los baños estaban limpios…

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Guy Delisle, David Rubín y Manel Fontdevila.

Mención aparte merecen las zonas de cafetería y ambigú, donde como suele pasar en este tipo de eventos, la contratas que subarriendan las zonas de restauración se aprovechan de las circunstancia y de los idiotas como yo que no disponen tiempo para ir a otro sitio, para realizar un genocidio económico con tu cartera, y violar impunemente tu economía con precios no ya imposibles, sino estrambóticos. Algo en mi interior me avisaba a gritos cuando al acercarme a la cafetería vi que en las pizarras que anunciaban los diferentes tipos de bocadillo no había precio alguno. “¡Cómo te van a poner!” pensé para mí mismo mientras pedía una pulga de jamón con el pan untado con tomate y una caña. La señora que me atendía me sonrió. Esa típica sonrisa que es como una caricia antes del traicionero fornicio. Y lo hizo. 8,50€. 8,50€ en tiempos de crisis por un mísero bocadillo de jamón serrano y una caña en vaso de plástico. El jamón, al menos, estaba bueno. Me comí el bocadillo de pie, eso sí. Me dolía demasiado como para sentarme.

Para leer la entrevista que le hice al sin par Yanick Paquette, podéis pinchar AQUI.

Para más información sobre el balance oficial en forma de NOTA DE PRENSA de este Salón, podéis pinchar AQUI.

Sigue a Javier Marquina en Twitter: @IronMonIsBack

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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