CROSSED + 100. Imaginando un bonito futuro.

Justo cuando me iba a poner a hablar del último tomo de la colección que acaba de sacar Panini Cómics guionizado por Simon Spurrier, me he dado cuenta de que no había  reseñado el anterior, una obra maestra del siempre tremendo Alan Moore. Vamos a subsanar el error en una poética oda comparativa.

Por Javier Marquina.

Y que me perdone el señor Spurrier, sobre todo porque me ha dado por continuar con el juego de analogías escatológico-sexuales que inicié en mi última reseña, y es posible que no salga bien parado. Y es que menudo marrón. Sin duda es un enorme regalo y un honor que uno de los guionistas más importantes de la historia te seleccione a dedo para continuar su trabajo, pero es uno de esos presentes envenenados que se te pueden atragantar y hacer que vomites hasta la primera papilla. Algo así como tratar de tragarte un manubrio demasiado gordo. Es evidente que si Moore te elige para manejar su juguete (o al menos la versión que él ha hecho del juguete de otro) es que tienes talento, y más si tienes en cuenta lo puntilloso que es el barbudo con eso de que le toquen lo que él considera suyo. Hay que tener lo huevos muy bien puestos para aceptar el desafío, y aunque el tomo Crossed + 100: Soy Leyenda es una buena declaración de intenciones, palidece en comparación con su magistral predecesor. Le falta algo de ritmo y padece de esa elefantiasis que parece obligar a los narrador a estirar las tramas como un chicle para maximizar el dinero que se le saca al sufrido fan.

Para empezar, todo apunta a que lo que Moore cuenta en seis demoledores números, a Spurrier le va a costar un mínimo de 12. Hay un ligero tufo a relleno que nunca se apreciaba en el tomo del maestro. No digo que todo sea paja, pero hay paja. Y bastante. Utilizando el viejo truco de “parece que pasa mucho pero en realidad no pasa nada”, el ritmo solo acelera al final para proporcionarnos fuegos artificiales y dejarnos con la intriga suficiente como para comprar lo que venga después. Una perfecta maniobra comercial. Es precipitado juzgar antes de ver como concluye esta etapa, pero es que otro de los sentimientos que despertaban los números de Moore eran el de una historia cerrada que no necesitaba continuarse. Puede ser que cuando esto acabe, me tenga que tragar mis palabras y aplaudir con entusiasmo esta continuación, y la verdad es que no miento si digo que tengo ganas de equivocarme y meter la pata hasta el corvejón. Por ahora, mantengo todo lo que he dicho sobre lo innecesario y algo superfluo de lo mostrado hasta ahora, como si a Spurrier le hubieran puesto un traje demasiado grande que va a necesitar de entrenamiento, tiempo  y hormonas del crecimiento para llenar. Lo repito. Regalo envenenado. Cierras el círculo y pasas el testigo a un muy buen guionista para que lo cuadre. En otras palabras, la tienes muy grande y se la metes doblada.

Uno de los elementos fundamentales del primer tomo de Crossed + 100 era la creación de un lenguaje evolucionado, sujeto a la nueva terminología originada por el brutal impacto a todos los niveles que debería tener el fin del mundo en nuestra sociedad. Lo que en el primer tomo se convertía de forma eficaz en algo orgánico, en el segundo tropieza por saturación. Sobrecarga en exceso, alejándonos en ocasiones de lo que se nos está contando. A veces se usa el mismo verbo para expresar cosas diferentes, y esto acaba por generar confusión. Teniendo en cuenta que ambos ejemplares los he leído traducidos, no sé que tanto por ciento de la culpa corresponderá a la traslación de los términos al castellano, dada la dificultad de la tarea que supone traducir un texto de estas características. No quiero juzgar pues sin haber podido leer los originales, pero la sensación que tengo es que lo que en los 6 números de Moore terminaba por integrarse con fluidez, en los 6 de Spurrier se convierte en una molestia en algunos pasajes de la historia.

Hola, cruces.

El baile de dibujante en mitad del tomo tampoco favorece a Spurrier, ya que lo que en la obra de Moore era uniformidad de calidad aceptable proporcionada por Gabriel Andrade, aquí se se convierte en una especie de coitus interrumptus en una de las partes con más acción del volumen, algo que te rompe el ritmo por su falta de continuidad. Cruces faciales que aparecen y desaparecen, una narrativa algo confusa y un cambio radical de estilo consiguen hacer que tuerzas el gesto, una patada en los huevos cuando estás a punto de llegar al clímax. Además, aquí falta chica. Los que leemos Crossed esperamos nuestra buena ración de gore desaforado e imaginativo, esa mezcla de porno sangriento que miramos con sonrisa culpable. Era algo que Moore nos dispensaba con acertados flashbacks y escenas en apariencia casual, pero de vital importancia para al trama. Spurrier, sin embargo, lo dosifica en demasía, convirtiendo su etapa inicial en un prólogo demasiado largo en el que la traca final no acaba de llenarte la boca. Grandes personajes que se vuelven efímeros y seres antipáticos que se antojan cruciales. Falta en el tomo ese momento revelador que Moore nos ofreció con sabiduría, ese giro que estabas viendo venir pero no deja de sorprenderte. Todo apunta a que este giro también existe, y que los actores y el escenario se están preparando para desvelárnoslo próximamente. Pero no hoy, mañana.

Adiós, cruces.

Dicho todo esto, reconozco que no estoy siendo justo ni objetivo. Mi devoción por Alan Moore se convierte aquí en un nuevo hándicap para Spurrier, ya que como he repetido mil veces, cuando lees cómics, el orden de los factores sí altera el producto. Era muy jodido mantener el nivel de la propuesta, y debo decir que en ningún momento esta nueva entrega es un estrepitoso fracaso, aunque de mis palabras pueda dilucidarse lo contrario. Ojalá todos los guionistas del medio tuvieran el nivel del inglés o las ganas de contar cosas nuevas e innovar que traspiran sus cómics. Ojalá la mitad de los cómics actuales fueran la mitad de buenos que lo que aquí se nos presentan.  Ojalá algunas cosas se quedaran sin continuación, como divergencias de una idea brillante de un autor prodigioso, y a la hora de jugar las editoriales dieran a cada uno juguetes propios con los que hacer batallas propias e intransferibles, o al menos libertad para moldear el universo que te prestan como si fuera una tabla rasa. Ojalá no todo fuera vender a costa de poner el nombre de un mito en la portada. Pues sí. Ojalá. Como dice mi amigo Juanfer Briones, lo que me pasa es que soy un puto romántico.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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