Cuerpos Sonoros: How did you love?

Sí, el amor nos hace más altos, más guapos, más fuertes, más poderosos, más seguros de nosotros mismos, más valientes, más ingeniosos. Y también más vulnerables, dispersos, olvidadizos y todo lo que queráis, cierto… Pero esa es otra historia que no viene al caso. Si hay algo en lo que todos coincidimos es en la teoría. Porque da igual la forma en que pongamos en práctica el verbo amar: hay mil formas válidas para conjugarlo.

Por Cristina Hombrados

Soy un poco obsesiva en temas de música. Cuando hay un tema que me gusta y no está sonando tras haber apretado el botón del play de algún artefacto, mi mente se encarga de reproducirlo una y otra vez. Así es imposible quitarse de la cabeza unas frases o el estribillo de la letra de una canción, ¿no os parece? Hilo musical de sempiterna y única melodía las 24 horas del día. Fantástico. Sobre todo cuando te percatas que el sentido último de lo que estás escuchando y de la lectura que llevas entre manos es el mismo.

Julie Maroh encumbra el amor como nadie.

Ya lo hizo con aquel tebeo que me emocionó. Seguro que muchos recordáis el aclamadísimo El azul es un color cálido y su versión cinematográfica La vida de Adèle. Adaptación que sirvió para que su obra llegase a un público muchísimo más amplio, además de un sinfín de nominaciones y premios, entre ellos la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2013, para el film y sus actrices principales. Y del que ella parece estar más que harta. Me llamó poderosísimamente la atención hasta qué punto debe estar cansada de que le pregunten por la película porque lo avisa en su web de forma elegante, pero bastante tajante y repetidas veces Je n’ai rien à déclarer non plus sur «La vie d’Adèle» et ne prends part à aucun évènement concernant ce film.

Cuerpo sonoros, el último trabajo de la autora francesa, no se aleja de la tónica intimista del conjunto de su obra. De hecho, sigue la línea un tanto reivindicativa que marcó con El azul es un color cálido en tanto en cuanto busca la visibilidad, normalización y libertad en la orientación amorosa y la sexualidad.

Editado recientemente en nuestro país por Dibbuks, se publicó el pasado año en Francia.

Cuerpos sonoros supone una disección del amor y de los sujetos activos que lo ejercen y lo padecen, presentándose como un verdadero catálogo de amor. Llegados a este punto, si me pusiera frívola a la hora de buscar un símil, recurriría a la imagen y eslogan de una archiconocida marca de ropa que abogaba por la diversidad. Pero no. No hay espacio para lo insustancial en este tebeo.

Cuerpos sonoros es una suerte de ópera rock compuesta por 22 historias breves (incluido prólogo y epílogo) que suceden a lo largo de un año en la ciudad de Montreal, con un texto previo a las mismas de Julie Maroh que se revela como la perfecta introducción al conjunto. Cada una de esa veintena de pistas muestra diferentes realidades de este poderoso sentimiento y variadas representaciones de aquellos que lo sienten, trascendiendo el manido estereotipo hasta la extenuación de la joven pareja caucásica heterosexual de clase media-alta y bien parecida. La desnudez de su dibujo, a lápiz, iguala a la desnudez con que muestra a los protagonistas de cada relato. Pues es así como nos sentimos cuando el amor campa a sus anchas por nuestro ser: desnudos ante la persona que amamos.

Sus historias, alejadas de la chabacana sentimentalidad gratuita, vacía y lacrimosa que inunda tantos y tantos relatos y estanterías de centros comerciales de un insoportable tono rosa, calan irremediablemente en el lector. Una delicada sintonía bien orquestada de tramas, personajes y reflexiones que se instala en el subconsciente e invita a paladear cada una de sus notas, revelando a cada compás con una inusitada fuerza su significado. Empatizas con los personajes, por su cercanía y por lo palpables que se antojan a ojos de un lector que ha sentido lo mismo. Vemos como representan nuestro papel, como Maroh ejerce de directora adaptando nuestras historias íntimas y personales en otros escenarios, localizaciones y épocas, con otros secundarios, pero dejando claro en todo momento que lo que plasma en viñetas se basa en la realidad. En nuestra realidad. Quien más o quien menos, nos hemos visto en alguna ocasión en una situación muy similar a las que Julie Maroh retrata: ese amor desesperado que duele, la necesidad del siguiente encuentro, el terrible vacío que deja un amor, la incondicionalidad del tú, el irrefrenable deseo rayante a la obsesión, el miedo a confesar qué se siente, la impaciencia de las interminables esperas, la inocencia de ese amor en el que existe el “para siempre”, el falso convencimiento de estrenar expresiones que resultan ser típicos y tópicos, el desconcierto ante la mirada de indiferencia del resto del mundo incapaz de percatarse de la magnitud de lo que estás viviendo, la ternura de los detalles más insignificantes, el arrebato del momento que nos impulsa a las locuras más variopintas…

Qué más da a quién amemos. El tú es baladí. Lo importante es el hecho de amar en sí porque, parafraseando esa canción que no puedo quitarme de la cabeza y que se corresponde con el título de esta entrada, todo ese amor que damos es el legado que dejamos, lo que nos define ante quienes amamos. Y eso es lo único que nos debe importar, ¿no es cierto?

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