DALLAS BUYERS CLUB. Te guste o no esto es un negocio.

De la más burda comedia romántica a protagonizar las películas y series más punteras. Matthew McConaughey se reinventa, consigue ser el actor más buscado del momento y ganar un Oscar. Casi nada.

Por Teresa Domingo.

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Este fin de semana ha llegado a nuestra cartelera una de las películas más laureada de los Oscar: Dallas Buyers Club, dirigida por Jean Marc Vallée, y protagonizada por Matthew McConaughey, Jared Leto (ganadores del Oscar a mejor actor y actor de reparto) y Jennifer Garner. No es una película que muchos de nosotros hubiéramos visto, de no haber sido tan nombrada. Incluso, algunos de nosotros no la hubiéramos visto si no hubiéramos deseado que el máximo galardón cinematográfico (porque lo dicen unos señores de la Academia) se lo hubiera llevado Leonardo DiCaprio con una película de Scorsese. Así que, sí, yo he visto la película para fisgar. Para ver si realmente ha sido un premio merecido o ha sido un robo más, de los que estamos acostumbrados a ver en tan insigne gala.

Cuando a finales de los 80 el virus del sida se extendía como una pandemia, las farmacéuticas aprovecharon para negociar, experimentar y jugar con la vida de muchas personas. La falta de resultados y la lucha por la supervivencia hicieron surgir clubes clandestinos que proporcionaban medicinas alternativas a sus miembros. El Dallas Buyers Club fue el primero de ellos y fue fundado por Ron Woodroof (Matthew McConaughey).

La historia real de Ron Woodroof, basada en sus diarios y conversaciones. Electricista, cowboy de rodeo, mujeriego, homófono y toxicómano (lo tiene todo, sí, aunque en la realidad era más bisexual y menos homófobo) es diagnosticado de sida y se le pronostican 30 días de vida. El único tratamiento legal en Estados Unidos es el AZT, un medicamento que ataca al virus pero destruye las defensas, consiguiendo, en la mayoría de los casos, que los pacientes mueran por otras causas. Negándose a aceptar la realidad de su situación, y ayudado por su compañero de habitación, un transexual llamado Rayon (Jared Leto) y la doctora de ambos, Eva Sacks (Jennifer Garner), Ron consigue desintoxicarse y tratarse con medicamentos alternativos, legales en otros países, pero no en el suyo.

Luchando contra la FDA (Food and Drugs Administration) y la industria farmacéutica, Woodroof funda el primer club que proporciona medicina alternativa a sus miembros, pacientes seropositivos que renunciaban a sus tratamientos con AZT. A pesar de la dura campaña que se hizo contra su persona y las continuas redadas a su club, impulsadas por los constantes cambios de leyes que regulaban la distribución de sustancias ilegales consiguió informar y ayudar a gente en su misma situación, y sirvió de ejemplo para la creación de nuevos clubes de compradores.

Lejos de buscar la lágrima fácil se nos presenta un drama positivo, un canto a la vida y  a la muerte, que pone de nuevo en la mesa el debate sobre las farmacéuticas, sobre el negociazo del medicamento y sobre la falta de ética al poner por encima sus propios intereses al avance de las investigaciones para curar, estabilizar y frenar enfermedades, y ofrecer un mínimo de calidad de vida. El uso de las elipsis temporales ayuda en el ritmo de la narración biográfica y subraya la diferencia que hay entre esperanza de vida real de un paciente y la que le proporciona un medicamento determinado.

Rodada de manera contenida, adoptando la personalidad del protagonista y con cierto aire indie nos encontramos con una película de personajes, de actores, de personas… Realizada expresamente para el lucimiento de McConaughey (joder con el nombrecito) y Leto, que consiguen convencer al cien por cien, a pesar de interpretar papeles rancios, quemados y estereotipados hasta el infinito y más allá. Un guión normalito, sin ostentaciones técnicas, y con un montaje lineal que da como resultado una película un tanto plana, pero que mantiene la atención en la interpretación de estas dos fieras.

Vale, sí, me rindo, MacConagiu se merece el Oscar. Ha sabido encarnar, aunque las carnes sean escasas, pues perdió más de 20 kilos para este papel, al antihéroe que puso patas arriba a toda la industria farmacéutica. Ha conseguido transmitir cada sentimiento en cada etapa de negación, aceptación y reacción de un enfermo con los días contados. Quiero destacar la escena que le ha valido el oscar, justo cuando comienza la etapa de aceptación, al volante de su coche. Un llanto que retrata toda la desesperación, rabia, frustración, miedo, angustia y fragilidad que se debe sentir cuando te dicen que te mueres, que la fiesta se termina y tú no puedes hacer nada.

Como el ave fénix que resurge de sus cenizas, Matthew McConaughey ha sabido salir de la espiral de comedia romántica y muerte interpretativa en la que estaba metido y embarcarse en proyectos con los que lleva arrasando un año y medio como Mud, El Lobo de Wall Street, o True Detective.

Sigo pensando que DiCaprio se lo merece, y se lo merece ya, pero los trabajos del actor y el actor de reparto de este film han sido dignos de llevarse la estatuilla a su casa. He dicho.

 

Sigue a Teresa Domingo en Twitter: @Tuiteresita

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Si es creepy, es para mí.

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