DCODE 2014: impresiones de uno que no sabe de música.

Agotamiento por sobreexposición. Creo que ese es un buen resumen de lo que para mí fue el DCODE 2014. Música, música, música y cansancio. Quizá es que 11 horas sin apenas parar es mucho. Sobre todo cuando te haces mayor. MUY MAYOR.

Por Javier Marquina.

 

Lo primero que tengo que decir es que, esta vez, mear no fue complicado. Parecerá una estupidez, pero para mí esta fue la mejora más importante en lo que respecta a la organización del festival si lo comparamos con el año anterior. Sí es cierto que las zonas en las que desprenderse de la orina eran comunes y muchas veces tenías que miccionar con los cándidos ojos de decenas de bellas mujeres puestos en tu galante figura, pero estoy seguro que algún adonis proporcionado y de pene apolíneo y poderoso le supo sacar partido al tema.

He de decir que la sensación es que hubo mucha menos gente que el año pasado. No sé si por que se había ampliado la extensión del recinto o porque las bandas no eran tan del agrado del una masa caprichosa, pero la verdad que no sentí en ningún momento el agobio de la pasada edición. Quizá el hecho de poder disfrutar de los conciertos sin una de esas resacas que te hacen desear estar cagando tu vida cada vez que cierras los ojos, ayudo a que la experiencia del 2014, comparada con la anterior, fuera mucho más placentera.

Y ahora vamos a dejar de hablar de mear y vamos a hablar de música. Al menos de los grupos que vimos y de los que pudimos disfrutar. Cuando el grupo murciano Perro comenzó acabábamos de llegar y el cuerpo pedía cerveza, así que los vimos desde la barra entre compra de tokens para pagar, cerveza Heineken con olor a cloaquita y reuniones y encuentros con toda la gente con las que nos habíamos citado. Lo siento, pero creo que los primeros grupos de la tarde son conscientes de que, quitando a los incondicionales, el público dispuesto a tostarse al sol como una gamba de Palamós es bastante limitado.

Nuestro programa festivalero particular empezaba con Belako, en medio de una puntualidad británica encomiable que nos permitió establcer una hoja de ruta precisa y disfrutar de los grupos que queríamos ver en caso de coincidencia de horarios. Los vascos bien. Potentes, llenos de buen sonido y canciones que llegan. La bajista de Belako muy bien. En todos los sentidos.  Hasta cuando nos asustó a todos desgarrando un tema con una voz gutural que parecía imposible que saliera de aquella mujer tan delgadita y frágil en apariencia. Impactante. El regidor que gestionaba las imágenes en la gran pantalla central lo sabía y se aprovechó de ello.

A continuación, Band of Skulls dieron uno de los conciertos del festival. Los ingleses no aturdieron primero y nos dejaron flipados después con un rock puro, de guitarra poderosa y una batería alucinante. Temazo tras temazo fueron haciendo que su hora de actuación se pasara en nada y a mí, por lo menos, me dejaron con ganas de mucho más.

Tras una pequeña excursión a la barra para el aprovisionamiento y viaje con cuesta incluida al tercer escenario, el más pequeño y “minoritario” de todos, nos toco ver a Francisca Valenzuela, una chilena muy mona que a mí me sonó como a la primera Shakira, con ganas de moverse, de hacer mover y de que todos lo pasáramos bien. Creo que, en ese instante, empezaba a llevar demasiada cerveza en el cuerpo. Creo que el concierto no me disgustó. No demasiado. Creo.

Quedémonos en este escenario. Es cierto que a continuación venían uno de los grupos del festival, los Bombay Bicycle Club, pero además de tener un algo que no sé definir que no me acaba de convencer en su música, un fondo demasiado blandito para mi gusto, que una de las canciones tenía un estribillo clavado a una parte del Troublemaker de Weezer y que queríamos coger un buen sitio para el concierto que seguía… pues eso, que espero que os gustaran los Bombay, que seguro que lo hicieron genial.

Y es que lo que venía a continuación era, para mí, el concierto de la noche, el grupo que más ganas tenía de ver: Royal Blood. Un bajo. Una batería. Dos tíos muy grandes haciendo magia en el escenario. Flipantes. Flipantes por los sonidos que obtienen con tan pocos instrumentos. Flipantes porque sonar así tiene que ser realmente jodido, la verdad. Como esta es una reseña de alguien que no sabe nada de música, adornaré esta crítica a Royal Blood basada en un simple, conciso y certero “son la polla”, con unas palabras para el agradable, comedido, respetusoso y siempre educado público adolescente de Madrid…………………… PUES ESO.

Seguía Jake Bugg. Qué rica la cena sentados en el césped con una cervecita. Siguiente.

Y luego llegó Beck. Única actuación es España. Momento estelar del DCODE. Cabeza de cartel. Clásico de la música independiente. Y voy yo y me voy a ver a los Sexy Zebras. Con un par. ¿Y eso? se preguntarán. Pues porque ya los había visto y me lo había pasado tan bien que sabía que no me iban a decepcionar. Y tal y como me temía, no lo hicieron. Divertidísimo concierto de uno de esos grupos que en directo multiplican su virtudes por dos mil y lo dan todo en el escenario. Bailes, saltos, buen rollo y una de esas actuaciones de las que sales con una sonrisa de oreja a oreja, feliz, sudado y satisfecho. Para que luego digan que la buena música no es como un el buen sexo.

Y a partir de aquí, el cansancio y la cuesta abajo. Debo decir que nunca había visto en directo a Vetusta Morla y me lo pasé muy bien en su concierto. Hay tres o cuatros de sus canciones que me tocan la fibra e invitan a gritar como un energúmeno emocionado cada vez que las escuchas, y si bien las variaciones sobre los temas del primer disco que sonaron pudieron gustar más o menos, la verdad es que tiene un directo muy potente y todos los que fuimos a verlos acabamos gritando Copenhague como si no hubiera mañana.

Es curioso que diga lo de las variaciones en las canciones antiguas y esa pequeña desazón que te causa escuchar un tema clásico de una manera algo diferente a la que estás acostumbrado, ya que tanto La Roux como Chvrches podrían haber puesto uno de sus discos a todo trapo y nadie se habría dado cuenta. Y esto es bueno y es malo. En el caso de Chvrches demuestra talento y profesionalidad, pero cuando basas tu música en un 90% en elementos digitales y electrónico, yo espero que se aporte un algo diferente cada vez que te subes a un escenario. Y es que mucha marcha la cantante no tiene, la verdad. Una voz preciosa, que te retumba en las tripas, eso es innegable, pero muy entregado tenías que estar a las 3 de la mañana para no sentir un agotamiento atroz al ritmo de Mother. Eso y que todo el puto festival decició deambular como jodidos zombies sin cerebro y pasar cada vez por en medio de dónde nos encontrábamos, no importa que estuvieramos juntos, cogidos de la mano, abrazados o atados con cadenas. La gente (LA GENTE) encuentra divertido pasar por delante y joderte porque son así. Entrañables, educados y encantadores.

Cuando Digitalism llegó, nosotros ya habíamos muerto. Mis cervicales habían decidido regalarme un dolor épico de cabeza después de 11 horas de estar de pie, bailando y empujando y mi cuerpo me susurró al oído con voz aterciopelada que ya no podía más. Además, la actuación de los alemanes era un DJ set y, la verdad, estaba demasiado cansado como para disfrutar de la verbena discotequera que se avecinaba. A dormir, Marquina, que el camino de vuelta a al cama sin taxis ni manera de conseguirlos es arduo y trabajoso.

¿Con qué me quedo de este DCODE 2014? Con la sensación de haber disfrutado mucho más tranquilamente de los conciertos, la mejor organización que permitió más comodidad en todos los aspectos y con los nombres de tres grupos a seguir muy de cerca. Band of Skulls, Sexy Zebras y, por supuesto, los enormes Royal Blood.

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Acerca de Javier Marquina 203 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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