DE CICATRIZES, TRAUMAS Y LABERINTOS EMOCIONALES.

Llevo tres días con pesadillas. Tres días con el cerebro removido, con el corazón en un puño, con un tembleque en el alma. Llevo tres días buceando en uno de los océanos más tétricos, lúgubres, sombríos, siniestros y macabros que ha visto nacer el mundo audiovisual. Tres días de adoración absoluta al culto televisivo. Tres días con un solo título en la cabecita: Heridas Abiertas (Sharp Objects).

¿Te van a doler? Sí. ¿Merecerá la pena? Por supuesto.

Por Ramonet Daví

Los sintetizadores de ‘Tumbling Lights’, de los estadounidenses The Acid (entra en Spotify y dale al play ya mismo, por favor) uno de los temazos que desgrana la nueva miniserie de HBO estrenada el pasado julio, me sirven de preludio, de ritual lisérgico, para tomar aliento y expulsar, vomitar, gritar para ser más exactos, la amalgama de sensaciones que me ha provocado el que, a mi parecer, es el mejor thriller televisivo de los últimos años, con perdón de la primera temporada de True Detective, of course.

Por cierto, antes de meterme en materia, comentar para los alérgicos susceptibles como yo, que este artículo de opinión está LIBRE DE SPOILERS (lo escribo en mayúscula, que quien avisa no es spoileador).

Como iba diciendo, la electrónica más intrusiva (en serio, dale al play) mece mi cerebro, aún anestesiado por la experiencia audiovisual a la que he tenido la suerte de asistir desde el mismísimo sofá de mi casa. 8 capítulos. Aproximadamente 8 horas de visionado. 480 minutos de aguantar la respiración, de apretar los dientes y jadear acompasadamente a cada título de crédito.

¿Las culpables?

Gillian Flynn, la autora de la novela en la que se basa la serie. Marti Noxon, junto a Jean Marc-Vallé, creadores de esta y Amy Adams, su principal protagonista. Que dicho sea de paso, ya puede ir desfilando para la ceremonia de los Emmy a recoger el premio que le van a dar, sin discusión alguna.

¿De qué va esto pues?

Camile Preaker (Adams) no tuvo una infancia nada fácil. Creció en Wind Gap un pueblo americano (ficticio) de esos pequeñitos, con gente cerrada de mente. Machismo, racismo, cerveza barata y el típica filosofía del in god we trust impreso en los billetes de un dólar. Además, Camille se crió en el seno de una familia conservadora, junto a su hermanita Marian, su anodino papá y Adora, su más que despreciable mamá y papel que encarna impecablemente Patricia Clarkson. Camille, que siempre fue una bendita niña rebelde, ya hace tiempo que se fue de allí, buscando en su madurez otro tipo de vida en Saint Louis, ejerciendo de periodista en el rotativo local. Como es la vida de jodidamente retorcida que, tras el reciente asesinato de una niña y la desaparición de otra en Wind Gap, Camille va a recibir el encargo de su jefe, de ir a cubrir el caso. Y allí amig@s, empieza todo.

Allí empieza el misterio, el hurgar en esas heridas abiertas, el meterse en la piel-alma-cerebro de una protagonista atormentada por su pasado, que obviamente, iremos descubriendo a medida que avanza la trama. Vestida esta trama con absoluta maestría por Jean Marc-Vallé, que construye con la maldad de Lucifer y la precisión de un relojero una atmósfera cinematográfica que te envuelve y te transporta a la américa sureña mas tétrica, terrorífica y asfixiante que uno haya experimentado.

La originalidad y brillantez de este thriller radica en un punto clave. La disección de su protagonista principal, que guiada a través de un montaje maravillosamente críptico, con silencios y visiones del pasado, nos hace avanzar junto a esta en la trama y en su propio estado emocional. El descubrimiento paulatino de esas heridas abiertas, o de esos sharp objects (objetos afilados) que tanto protagonismo adoptan en la trama. Obviamente, cuando uno afronta una serie de este calado, se entretiene en intentar detectar pequeñas pistas, en ejercer de el improvisado detective de sofá que intenta averiguar quién o quienes son los buenos y los malos, pero en Heridas Abiertas, el juego no va solo de eso. Ni mucho menos se ciñe a algo tan trillado en el mundo de los thrillers.

Una ventaja sobre el formato del largometraje que ofrece una serie es precisamente lo mismo que podemos encontrar en un libro. El empatizar con sus personajes, mimetizarnos con los sentimientos y con las reacciones de una u otro, a través del crecimiento de la historia. Y este caso no es una excepción. La importancia, como decía, del pasado de la protagonista, se hace patente en prácticamente cada secuencia de esta. Inteligentemente rodados y a modo de flashbacks, viviremos recuerdos de la infancia de Camille (Adams), por un solo motivo. La trama avanza despiadadamente macabra, igual que lo fue su niñez. La deconstrucción, capítulo a capítulo, de la vida traumática de nuestra protagonista es la que eleva este producto audiovisual a lo más alto. Queriendo averiguar lo que vive afuera de esta, descubrimos que lo que vive adentro es también la otra trama fundamental de la serie. La Camille que investiga en el exterior, es tan importante como la que investiga en su interior. Un doble caso que resolver, un doble acertijo que despejar. Una estrategia creativa magistral para entender la violencia que se ejerce hacia la mujer y en este caso también desde la propia mujer.

Es inevitable recordar a Laura Palmer y a los diferentes Dead Girls Show (subgénero dentro del thriller en el que se investiga la muerte de una o varias niñas) que se han sucedido en el mundo audiovisual y más de un@ se me echará a la yugular si me atrevo a decir que la obra de Gillian Flynn está a la altura de True Detective, Mystic River, Fargo o derivados, pero esta va un poco más allá. Dentro de la obsesión que el cine americano ha demostrado siempre para este tipo de productos, es importante destacar que el protagonismo femenino en esta historia es de aplaudir. Hartos ya de adorar al típico protagonista masculino, series como esta ponen en relieve la potencia descomunal que las protagonistas aportan a cualquier tipo de relato visual. Heroína y víctima, protagonistas a partes iguales.

Y antes de despedirme y de que (espero) os adentréis en el laberinto emocional que ha desmembrado los cerebros de los espectadores este verano, os dejo el colofón, la guinda del pastel, el lacito. Un link a la playlist de su maravillosa banda sonora (por si todavía no le habéis dado al puñetero play) que contiene temas desde Vitalic a Led Zeppelin, pasando por The Platters, The Yardbirds, Ludovico Einaudi, The War on Drugs, Alexandra Streliski, Steve Ray Vaugan o The Doors, entre otras delicatesen musicales. Además, si buceáis un poco por la red, podréis leer algún artículo que explica la causalidad de esas piezas musicales, pues para nada están escogidas al azar, como tampoco lo están las piezas que adornan los créditos iniciales de cada capítulo, diferentes en cada uno de ellos.

Otra vez este inmenso rompecabezas, otra vez esta maravillosa obra de arte.

Como en la casa de muñecas que adorna el salón de la casa de los Preaker, protagonistas de esta pieza de culto, os invito a observar con detenimiento lo que se esconde en todas y cada una de las habitaciones de este cuento para no dormir. Quizás las pesadillas que encierran, los temores que esconden, os lleguen tan adentro como lo han hecho en mi persona, que de bien seguro jamás podré olvidar estos 3 días que he vivido junto a Camille, Adora, Amma y los vecinos de Wind Gap.

Bendita inocencia,

Eterna rebeldía,

Amado cine.

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