DEAD SNOW 2: Los zombis nazis atacan de nuevo.

Nunca pensé que me descojonaría al grito de ‘Sigh Heil’, pero Tommy Wirkola y  su segunda parte de Zombis Nazis han conseguido que lo haga.  Y mucho.

Por Teresa Domingo.


En 2009 llegó a nosotros, amantes del género zombi, Dead Snow, una película noruega, que a primera vista daba la sensación de un quiero y no puedo ser Evil Dead, con ese grupito de jovenzuelos que van a una cabaña a hacer sus cosas de jovenzuelos y descubren en el sótano una caja que desata terribles fuerzas malignas. Pero no es el Necronomicón lo que encuentran (les hubiera ido mejor) sino parte del oro que robaron los nazis. Al tocarlo despiertan a un destacamento del ejército nazi que murió buscando el tesoro y ya está la fiesta preparada. La película culmina en una tremenda escena final, repleta de gore y humor negro, que nos hizo reír, mientras nazis y jovenzuelos van muriendo, y que bien le valió un hueco en la filmoteca zombi.

Lo mejor de todo es que todo esto no era más que un preámbulo de lo que estaba por venir. Tommy Wirkola no había ni empezado con el desparrame. Partiendo del mismo punto donde acabó la primera parte, los zombis nazis intentan atrapar al único jovenzuelo que ha quedado vivo, mientras pretenden seguir avanzando hacia Rusia a golpe de infección. De un museo conmemorativo de la batalla en la que supuestamente murió el terrible Coronel Herzog recuperan lo que es suyo, Panzer incluido, y se lanzan a concluir su misión “reclutando soldados” allá donde van.

En el lado del bien está Martin, único superviviente de la primer ataque de los zombis nazis, que cuenta con la inestimable ayuda del encargado mariquita del museo y la Patrulla Zombi. Sin duda todo el apoyo que necesita para deshacerse del putrefacto ejército. Menos mal. Bueno quizá cuenten con un poco más de fétida ayuda…

Desde el minuto uno la película es una continua sucesión de gags absurdos, cada uno un poco más que el anterior, casi rozando el surrealismo, encadenados uno tras otro a un ritmo desquiciado, mientras se suceden escenas de acción descontrolada, repletas de gore salvaje. Sangre a chorros y risa asegurada. ¿Qué más le puedes pedir a una comedia de zombis?

Tommy Wirkola ha sabido crear una secuela que supera en todo a su predecesora, donde la corrección política queda a un lado y nadie se salva del ultraje sanguinario: niños, ancianos, paralíticos, curas, familias felices… absolutamente nadie se libra de ser ultrajado por el director noruego, que además lo hace de manera original, con un montaje y unos planos curiosos, que combinan con la buena selección musical elegida. El estilo de rodaje nórdico siempre tiene cosas interesantes, y Wirkola ha plagado su película de constantes homenajes a los clásicos, como el uso de la cámara lenta para enfatizar el “drama”, como en toda buena escena de acción, o el aprovechamiento del segundo plano para el desarrollo de muchos gags, como en cualquier película cómica que se precie.

Para hablar de algunos guiños de Wirkola, tendré que contar alguna cosa más, que, si no has visto la peli quizá no quieras saber, así que…

Además del uso de recursos clásicos, y de la evidente similitud del arranque de la historia con Evil Dead, la historia tiene un tufillo a cómic de superhéores que atrae, como atrae el tufillo de un queso azul, con su héroe (Martin), su compañero de aventuras y su supervillano (Coronel Herzog), que además es su némesis tras un trasplante cruzado de brazos, su Patrulla Zombi…

Durante la recuperación del trasplante del brazo podrido, Martin toma conciencia de que su brazo tiene vida (o muerte) propia, segundo guiño a Evil Dead, en este caso, a la segunda parte, y a la posesión de la mano de Ash. Braindead también viene a la cabeza mientras ves volar miembros amputados de personas y zombis varios sin control alguno y sin poder parar de reír con las situaciones más grotescas.

Pero lo mejor que, a mi juicio, ha hecho Wirkola es aunar varios géneros del cine zombi en su obra, que se alzará como película obligatoria en cualquier zombiteca. Ha recuperado al zombi clásico, en el que un villano creaba un ejército zombi para llevar a cabo un plan maligno. Y también aparece el mito del zombi vudú tahitiano, que carece de voluntad y solo vive para cumplir las órdenes de su amo, encarnado en el zombi-cobaya que crea Martin y que le sigue como si se le fuera la vida (o la muerte) en ello.

En fin, una película con ingredientes de sobra para pasar un buen rato sin pensar en nada más que en ver gente viva y nazis muertos perdiendo miembros de la manera más absurda y gratuita. Recomendable de principio a fin y que nadie a quien le guste el cine de zombis se puede perder. Sin duda la película de zombis más asquerosamente divertida del último año.

 

Sigue a Teresa Domingo en Twitter: @Tuiteresita

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Si es creepy, es para mí.

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