DEATHSTROKE. En el país de los ciegos…

Ser mercenario está de moda. Ya sea en modo bocazas o inteligente nivel Reed Richards, cobrar por matar a gente es el sueño húmedo de un número indeterminado de fans. Y si lo haces enfundado en lycra ajustada, pues mejor que mejor. Que nos conocemos. Viciosos.

Por Javier Marquina.

Tengo que darle la razón a mi colega Joe Runner. Quizá lo que pasa es que estamos bajando el listón. Puede que sea inevitable. Cuando uno vive rodeado por una imparable y constante avalancha de mierda, cualquier cosa que huela un poco mejor que diez toneladas de estiércol supone una mejoría tan grande, que de forma inevitable se convierte en un referente involuntario. Este confuso y engañoso criterio puede resultar letal en lo que a comparaciones se refiere y, la verdad, en los últimos años, muchos cómics de superhéroes que el fandom más radical y estancado considera brillantes no son más que farragosos intentos de emular épocas más verdes; intentos inflados y vacíos que se enredan en sí mismo en un plomizo ovillo de pretensiones que no llegan a ningún sitio.  A veces, como en el destello de una supernova extinta hace millones de años, nos llega un reflejo que parece deslumbrar, pero hay que tener cuidado porque podemos acabar siendo el ciervo cegado por los faros del coche que nos atropella.

DEATHSTROKEPara empezar, debo admitir que este tomo de la nueva etapa de Deathstroke ME HA GUSTADO. Mola. Está chachi. Es guay del Paraguay. Me lo he pasado dabuti con su lectura. Teniendo en cuenta que el personaje en sí me hace tanta gracia como la matanza de focas en el ártico y el dibujante Carlo Pagulayan me aburre con la tibieza de lo clónico, yo diría que Christopher Priest hace una labor de guión sobresaliente. Que algo capte tu atención cuando lo tiene todo en contra implica cualidades meritorias (y a veces geniales) en la historia que se nos está contando. Es posible que al compararlo con la rutina de la gente que colabora con él, un ligero toque de genio consiga hacer destacar en exceso algo que con otros mimbres no sería más que correcto, pero la verdad es que la labor de Priest es de las que adquiere profundidad con segundas lecturas, y convierte un personaje que siempre me ha parecido sobredimensionado en un ser humano con facetas, aristas y una profunda y rica vida interior.

Como he dicho antes, después de bodrios insufribles comos los perpetrados por el siempre todopoderoso, mítico, inefable e indispensable Rob Liefeld o esa nulidad conceptual y dibujante infectado de manierismo llamado Tony Daniel, hasta la flora intestinal nos parecería más apropiada en lo referente a monólogos interiores y experiencias vitales. Cuando vienes de tan abajo, un aprobado justo te parece un sobresaliente. Sin embargo, no es el caso. O al menos no me lo parece.

Priest consigue trazar un guión complejo, muy de su estilo, plagado de saltos temporales y una narración a puñetazos que resulta productiva en lugar de contraproducente. Se sumerge en el pasado del personaje para que empaticemos con un monstruo, y lo llena de motivos que casi parecen razonables sin dejar de mostrar al villano. En ocho número, nueve si contamos el especial Rebirth, reconstruye y adapta al personaje a la nueva época, integrando la aparición de actores clásicos e imprescindibles de la casa de una manera orgánica y limpia, en la que apenas se nota que Batman participa porque Batman vende. Incluso logra que un superhéroe vestido de blanco (una fobia personal y aguda que en pocas ocasiones supero) no se convierta en un payaso integral y sea algo, cuando menos, digerible. Además, reflexiona sobre las implicaciones políticas de la intervención internacional en países en guerra, aborda el siempre espinoso debate sobre la similitud existente entre mártires, terroristas y libertadores cuyo nombre solo oscila dependiendo del punto de vista, y reflexiona sobre el fin, los medios, y el mal menor que justifica un bien mundial pero que le cuesta la vida a miles de víctimas sin nombre.

DEATHSTROKE
La sutileza de la política internacional.

No todo es bueno, que quede claro. Deathstroke también sufre del exceso, de esa moda de confundir sin acabar de contar que hay que manejar con extremo cuidado para no perder la atención del lector. Es pretencioso en su planteamiento y lleno de viñetas en negro llena de frases que parecen anunciar el Apocalipsis y se quedan en poco menos que pedicura. A pesar de esta grandilocuencia, se nota que Priest sabe dónde quiere ir y tiene una hoja de ruta establecida, y sus diálogos ágiles y llenos de ácido consiguen que no te despistes ni un segundo de la acción y que, al final, todo vaya cobrando sentido. Construido con precisión, sus letras son sin duda la razón por la que hay que comprar este tebeo, y no defrauda cuando dosifica con perfección las píldoras de información necesarias para hacernos avanzar.

Un cómic inteligente de cuyo dibujo no diré nada, porque no tengo mucho que decir. Más allá de la sorpresa de ver al mítico Larry Hama haciendo labores de storyboard, Pagulayan me parece uno de esos dibujantes aburridos que DC utiliza de manera industrial para resolver la papeleta. Él y Joe Bennet cumplen su función de solventar el trámite y, como ordenados oficinistas, cumplen su tarea con aburrida eficiencia. En definitiva, una compra recomendable que se aprovecha del agravio comparativo de lo poco bueno que hoy en día puebla el universo de los superseres, y cuyo lamentable nivel general convierte en diamantes piedras de cuarzo muy bien pulidas.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

2 comentarios en DEATHSTROKE. En el país de los ciegos…

  1. Me ha molado mucho. Sobretodo en la parte en la que salgo. Es la mejor con diferencia. A partir de mi nombre, he dejado de leer. Bravo…

    Ahora en serio, creo que opino lo mismo del arte y esos letreros vaticinadores de un giro importante en la trama se quedan vacíos, pero hay algo en la que no estoy del todo de acuerdo. Me parece un buen cómic, sí, pero el hecho de que la narración sea a martillazos lo hace un poco inaccesible al lector más experimentado, que no se pierde tan fácilmente. Es un fallo grande si lo que quieres es presentar de nuevo a un personaje así, pero puede que sea la única manera que tenía Priest de contar sus mierdas locas y viejunas (cojonudas todas ellas). Yo qué sé tron, me ha molado, pero sigue siendo pijameo puro…

    • A mí es que como el personaje en sí me importa más bien poco, pues no me importa mucho que me lo presenten. Entiendo lo que dices, pero es precisamente esa “falsa complejidad” lo que me ha gustado del cómic. Y sí, es pijameo, pero es que me gusta el pijameo si está bien hecho. Soy un degenerado. Lo sé.

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