DEMON SOULS (1/3): LAS PRIMERAS 7 HORAS

En febrero de 2018 el From Software dejará de mantener los servidores de Demon Souls, el primer juego de la saga Souls, que el año pasado arrasó cielo tierra mar y aire con Bloodborne, para muchos el mejor juego de la historia, el siglo y el milenio. En vista de la próxima cancelación de los servidores, el abajo firmante ha decidido darle una oportunidad al menos a la primera parte de la saga, que tiene la fama de ser uno de los juegos más difíciles de la misma. Y madre mía.

Por Andrés R. Paredes

¿De qué trata Demon Souls? Durante estas siete primeras horas de juego he descubierto más bien poco de su trama. Muy intrincada, con un reino (¿o siete? no lo tengo claro todavía) sumido en la oscuridad demoníaca y un Nexo por el que viajar entre los diferentes mundos y donde encontraremos diferentes personajes que nos servirán en nuestras hazañas: un armero, un hombre que nos guarda objetos, y la Dama, un personaje misteriosísimo que nos ayuda a subir de nivel. Así resumido no parece confuso, pero teniendo en cuenta las horas que se tarda en desvelar el inicio de la trama es normal que nos sintamos perdidos. O que, al menos un servidor se sienta perdido.  

¿Mirada Misteriosa, o conjuntivitis?

Ya desde el primer momento me doy cuenta de algo: La jugabilidad, aunque sencilla, hace que los combates tengan una duración extraña. Ataque, defensa, voltereta hacia un lado, ataque defensa, y esperar a que se rellene la barra de energía. Es un tempo complicado al que hay que encontrarle respeto y tiempo. Y sobre todo paciencia. El mítico cartel de “Has muerto” que aparece cada vez que perecemos bajo el filo del enemigo (o al tropezar por un precipicio o al ser atravesados por una flecha traicionera o quién diablos me ha lanzado ese cóctel Molotov maldito te voy a rajar el cuello) es el menor de mis problemas. El mayor problema es mi incapacidad para calmarme cada vez que giro la esquina. Repetición y perfeccionamiento, esa parece ser la base del Demon Souls. Y hay que repetir. Mucho. Ya que el juego te devuelve al principio del nivel cada vez que mueres, te ves una y otra vez recorriendo los mismo pasillos, combatiendo los mismos enemigos en el mismo orden, y los errores se pagan siempre bajo la misma moneda: Tiempo. Éste es quizá el mejor truco del Demon Souls, su gran chiste, el motivo que hace que parezca que se ríe de ti: Da la impresión de que estás perdiendo el tiempo. Pero no es cierto. No exactamente.

¿Luz del sol? ¿Qué es eso?

Y he aquí una verdad dolorosa: muchos videojuegos actuales son fáciles. Y no es que sean fáciles porque sus dinámicas sean sencillas, sus puzzles simples o sus mecánicas botijeras. Son sencillos porque el error no se paga. Porque guardar es fácil y avanzar de enemigo en enemigo no supone ningún esfuerzo ni sacrificio. siempre hay maneras de hacer trampas y conseguir evitar enfrentarse a uno u otro enemigo, esquivar laberintos o utilizar mil pociones para resucitar. ¿Por qué? Porque muchos de estos juegos (no voy a dar nombres porque la lista no tendría fin) anteponen su historia a todos los demás elementos que componen la experiencia de ponerse detrás de un mando. La repetición e insistencia, el perfeccionamiento de una técnica es algo a lo que algunos jugadores nos deberíamos volver a acostumbrar. Sudar mientras te enfrentas a una marea de monstruos sin rostro es una maravilla ya de por si. Eso es algo que hemos olvidado. Demon Souls no. Éste juego quiere hacerme llorar y verme pasarlo mal, pero no porque me odie o sea severo, tan sólo porque quiere que entienda que ganar no siempre lo es todo.

-Es que el bueno es Bloodborne que es el mejor juego

Y es que el Demon Souls no es un juego injusto. No del todo. Se castiga nuestros errores no haciéndonos perder el tiempo, si no tratando, una y otra vez que mejoremos. A diferencia de la gran mayoría de juegos benevolentes que nos permiten reiniciar desde el punto de guardado más cercano, con la vida al completo y preparados para todo lo que está por venir, Demon Souls nos obliga a prender por las malas del error, a darnos cuenta de que cada muerte es un castigo firme, no una palmadita en la espalda. El problema es que en la repetición se encuentra la locura. Y cuando ya hemos perdido tres veces contra el mismo enemigo de la forma más estúpida tras recorrer el mismo escenario durante 20 minutos el primer impulso es lanzar el mando contra la pared y gritar obscenidades. Pero algo de lo que me di cuenta en la tercera hora de juego es de que ése también era parte del ritual. Demon Souls no quiere que te enfades con él. Quiere que seas paciente, que aprendas de tus errores. Que dejes de jugar, te apartes de la consola y mires al infinito un rato. Asumas la derrota y vuelvas, con más ganas un día o dos después. Claro que te enfadas, pero es parte del ritual, del juego.

Para cuando llego por fin al primer Demonio (en castellano se llama Falange y vive Dios que me ha encantado reventar a mazazos a un montón de sucias babosas con nombre facha) no es que esté curtido, si no que he aprendido a moverme. A deslizarme, encontrar protección, atacar sólo cuando tiene sentido, ¿Existe alivio tras la muerte de este primer Demonio? Por supuesto que no. Porque por ahí hay Dragones, caminos bloqueados y monstruos con nombres épicos. Estas primeras 7 horas solo me han enseñado una cosa: Que yo no mando en este juego. Y en parte, eso me encanta.

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