DESIERTO DE METAL.

Sin que sirva de precedente, la Edad Media dispensa un ejemplo perfecto de que debería ser la convivencia entre culturas y religiones. Con todos sus defectos y su idealizada atmósfera, el esfuerzo cultural de Alfonso X ‘El Sabio’ cimenta la ucronía que desarrolla DESIERTO DE METAL.

Por Javier Marquina.

DESIERTO DE METALInventamos. Creamos. Alcanzamos las máximas cotas de potencial desarrollando un talento que nos ha llevado al espacio y a meter todo el mundo conocido en un aparato con pantalla táctil que guardamos en nuestros bolsillos. Avanzamos a base de un talento genético que consigue que alcancemos cotas sublimes, logros impensables hace apenas 50 años o representaciones artísticas de belleza arrebatadora.

Mientras, con todo ese poder almacenado como un tesoro en nuestras células, somos capaces de los actos más lamentables y las atrocidades más obscenas, incendiando guerras que son meros artificios económicos en nombre de las fronteras, las etnias o la religión. Somos una especie que toca el cielo con la yema de los dedos mientras se caga con impudicia en aquellos que no pueden levantarse del fango, aplastados por un yugo que a veces llamamos colonialismo, otras subdesarrollo y otras fe, oscilando en las definiciones dependiendo de la corriente monetaria que más convenga.

No puedo dejar de imaginar lo que seríamos capaces de construir si dejáramos atrás barreras que no existen y nos centráramos en hacer que las vidas de todos fueran mejores, en lugar de envolvernos en banderas para luchar por la excepción, la diferencia o el egoísmo. Somos una entelequia empeñada en agachar la cabeza para mirar nuestro ombligo, incapaces de asimilar que cada vez que levantamos la vista, el horizonte es el único límite. Qué no seríamos capaces de “conquistar” si nos dedicáramos  pelear con uñas y dientes por el ‘todos’ en lugar de sentirnos dueños de la gran nada ideológica que hay detrás de los dioses, los nacionalismos y el dinero.

Desierto de metal habla de esto ocultando su mensaje bajo la agradecida cosmética de las ucronías y de la ciencia ficción. Azúcar en forma de autómatas e Historia divergente que endulza la píldora amarga de lo que no tenemos porque somos incapaces de ponernos de acuerdo.

En un mundo en el que los nazis han ganado la Segunda Guerra Mundial y casi han tomado el control absoluto del mundo, la ciudad móvil de Axedra se ha convertido en el último bastión de la libertad y refugio para rebeldes del propio régimen nacional socialista y exiliados de la barbarie de la guerra. Axedra es una urbe mecánica en la que sabios de todas las culturas y los autómatas surgidos de la ciencia común viven y trabajan por el progreso y el avance de la humanidad. Desde su creación bajo el reinado de Alfonso X ‘El Sabio’, la metrópoli se ha mantenido en perpetuo movimiento, deambulando por el desierto y ocultándose de cuantos han buscado corromper los logros conseguidos en beneficio propio. Sin embargo, la escalada bélica ha proporcionado al gobierno de Berlín las armas necesarias para poner en peligro la independencia de Axedra, y ha llegado el momento de defenderse.

DESIERTO DE METAL

Esta premisa sirve para hacer una reflexión sobre la intolerancia, los peligros de la civilización mal entendida y el tiempo considerado como algo físico que se puede manipular. Un tebeo en blanco y negro lleno de fábulas, robots y tecnología, y que guarda en su interior un mensaje mixto de esperanza y tristeza. Una moraleja en la que no deja de estar presente la miseria inherente al ser humano, bajo la que se puede comprobar la capacidad ilimitada de nuestra inteligencia y los sublimes logros que seríamos capaces de conseguir si dejáramos atrás nuestras estúpidas diferencias y trabajáramos sin tapujo alguno por un bien común real.

Este cómic, obra de Diego Agrimbau al guión (más que recomendable su obra Diagnósticos con dibujos de Lucas Varela y publicada por la Editorial La Cúpula) y Fernando Baldó en la parte gráfica fue galardonado con el premio “Dibujando Entre Culturas” entregado por la fundación Tres Culturas, pero inexplicablemente había permanecido inédito en nuestro país. Gracias a Grafito Editorial tenemos por fin la suerte de disfrutar de esta novela gráfica en nuestras librerías, una oportunidad perfecta para pasar un rato muy entretenido, disfrutar de la siempre edificante visión de gorilas mecánicos o androides del Tercer Reich y reflexionar un poco sobre aquellas personas que, hace más de setecientos años, olvidaron sus diferencias y se unieron para acumular saber y conocimiento con la esperanza de llegar a lugares mejores.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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