DEWOLFF: un planazo inesperado.

Me veo en la obligación de compartir esto con vosotros: una sala de Zamora, un joven grupo holandés enfundado en trajes de terciopelo y poseído por la psicodelia de los años sesenta. Melenas, barbas y un hammond en La Cueva del Jazz.

Por Teresa Domingo.


Yo me iba a pasar un fin de semana más fuera, a desconectar, a comer y a beber, mucho y muy barato (id a Zamora, es espectacular cómo se pone uno allí) y unos días antes, como ya suele ser habitual, nos comentan que vamos a ir a La Cueva del Jazz, una sala pequeñita, pero que suena de lujo, a ver a unos tal DeWolff.

Así que me pongo a investigar un poco, y a escuchar algunos temas, por aquello de saber dónde me van a meter y tal, y resulta que DeWolff es un trío holandés que formó banda en 2007. Los hermanos Luka (batería) y Pablo (guitarra/voz) van de Poel y Robin Piso (hammond) tenían 15, 18 y 19 años, respectivamente, cuando tocaron en el PinkPop ante 10.000 personas. Lo normal cuando estás empezando. Con esta proyección, y si, además, lo que haces  no suena mal, sólo puedes ir hacia arriba.

Bajo mi punto de vista, la música de DeWolff ha sufrido una grata evolución. Desde la electrónica del primer disco Strange Fruits & Undiscovered Plants (2009), ha pasado por el space-rock de discos como Orchards / Lupin (2011) o DeWolff IV (2014), hasta llegar al rock psicodélico al más puro estilo años sesenta, que nos han dejado en, este, su último trabajo, Grand Southern Electric (grabado en Georgia en 2014 pero que no han presentado hasta ahora).

Total, que allá fuimos, a ver a DeWolff, tranquilamente. O eso creía yo cuando vi salir a escena a tres chavales con el mismo aspecto que mi padre cuando era joven. Medias melenas y barbas, camisas con cuellos de pico y trajes de chaqueta de terciopelo. Y tocando una música muy del rollo de esa época, pero con más flow.

Mi padre y dos colegas.

Al poco de empezar el primer tema “Don´t you go up the sky” ya estábamos todos moviéndonos al ritmo enfurecido del hammond. No quito mérito a los hermanos van Poel, también son virtuosos de lo suyo, bien lo demostraban canción tras canción, pero  lo del teclado no tiene nombre. Ahí estaba yo con mi cerveza en la mano flipando con los acordes que salían de ese pianito del infierno, cuando, de pronto, me doy cuenta de que estoy oyendo solo  la batería y el bajo, pero no hay bajo. ¡Qué jefe! Una de las filas del hammond la usa de bajo con una mano y con la otra se vuelve loco. Con razón llevo medio concierto pensando en cuánto me recuerdan a los Doors, si utilizan hasta el mismo efecto para suplir el bajo, y para eso, permitidme que os diga, hay que controlar un poquito.

Exóticas olas de sonido modulado que van creciendo hasta convertirse en un tsunami que te golpea en la cara, en el pecho y en los oídos, impulsado por los movimientos eléctricos de Robin Piso, que aporrea frenéticamente las teclas mientras no puede evitar levantarse, sentarse y menear la melena totalmente poseído por la música. ¿Qué puedes hacer en esta situación? La mejor opción es pedirte otra cerveza y dejarte llevar con él.

Un directo brutal, digno de ver, en el que cada canción empieza como en el disco y termina con una improvisación, otro de sus puntos fuertes, mención aparte de “(Ain´t nothing wrong with) a little bit of loving”, un blues que se alargaba y alargaba en el tiempo, con tanta maestría que lo mismo hubieran dado minutos que horas.

La reputación de DeWolff se va forjando bolo tras bolo, y corriendo de boca en boca, demostrando, cada vez que tocan, el tremendo show que son capaces de ofrecer a cualquiera que disfrute con la música en directo. Así que aquí estoy yo para deciros que, si tenéis ocasión de ver a estas tres máquinas del ritmo, no lo dudéis, merece mucho la pena.

Sigue a Teresa Domingo en Twitter: @Tuiteresita

Acerca de Teresa Domingo 146 Articles
Si es creepy, es para mí.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*