EL DIARIO GATUNO DE JUNJI ITO – O COMO APRENDÍ A AMAR LOS GATOS

Nunca he sido un gran fan de los gatos. Ni, ya puestos, de los perros. Especialmente porque nunca me he visto lo suficientemente adulto como para responsabilizarme. ¿Cómo pretenden que cuide de otro ser, si me olvido de a qué hora debo comer casi todos los días?, y mucho más cuando me mudé a compartir piso. Y sin embargo, aquí me tenéis, seis meses después, orgulloso dueño de una gata que creo que me odia. Más o menos como Junji Ito. (Puedo soñar ¿no?)

Por Andrés R. Paredes

El diario gatuno de Junji Ito comienza de la manera más Ito posible: Una joven pareja (el propio Ito y su mujer) se mudan a una nueva y maravillosa casa. Todo va bien, hasta que a ella se le ocurre traer el terrorífico gato de casa de sus padres. Y otro gato más, Mu, adoptado. Yon tiene en la espalda una calavera y muy mal café. Mu es un gato peludísimo y bello. Junji es reticente en un principio, pero ambos gatos acaba ganándose un hueco en su corazón. ¿Cómo? Pues… siendo un gato.

Aquí Yon, gato terrorífico.

El diario Gatuno es, literalmente lo que su propio título indica, los acontecimientos estúpidos y banales en la vida del dueño de un gato. Y es divertidísimo. Resulta curioso leer este manga al mismo tiempo que me familiarizo con mi propia gata, Lana. Es adoptada, y al igual que el pequeño Yon le llevó unos días acostumbrarse a la nueva casa y la nueva compañía. Hay cuatro o cinco páginas completas en las que Ito desglosa el comportamiento de los gatos y el de sus dueños en los que notaba como el puñal de la identificación se clavaba más profundo. Desesperación porque no te haga caso, arañazos y mordiscos repentinos, manías gatunas, Yon  y Lana se parecen tanto como un gato a otro gato, y eso juega mucho a favor de la obra.

Dejadme dejar una cosa clara: A mi los gatos me daban bastante igual. No me parecían extraordinariamente monos, no eran maravillosos. Mi actitud para con los gatos era aproximadamente la misma que ellos tienen conmigo: “Ah, mira, un humano. Ya ves. Veo humanos iguales todos los días”. Y por supuesto que cuando Lana entró en mi vida no todo cambió de golpe. Pero si con las pequeñas cosas, como cuando me vi muy reflejado en el manga de Ito.

Aquí Lana, mi gata rencorosa

Una idea tonta que se me ocurrió durante la lectura de este Manga fue si me sentiría igual con respecto a él de haberlo leído cuando todavía no tenía a Lana. Muy probablemente no. Mi relación con Lana ha cambiado (muy) pocas cosas en mi vida, pero si que me ha vuelto un poco más empático con la gente que se ilusiona y apasiona cuando aparece cualquier tipo de animal (excepto los caballos. Los caballos dan miedo). De haber leído el Manga cuando todavía no estaba el pequeño felino en mi vida, probablemente mi reacción habría sido más fría y distante.

Si el fin último del arte es hacer que los humanos nos sintamos más cercanos los unos de los otros, el diario Gatuno ha conseguido que yo me sienta más cerca que todas esas personas que suspiran y se emocionan cuando ven a un gato – yo todavía no he alcanzado la fase de grititos cada vez que veo un gato, pero si que me parto de risa cada vez que Lana me espera en la puerta de casa, me pide agua rascándome las piernas (aunque tenga su cuenco lleno), o me mira con desprecio desde el otro lado del sofá.

Siempre he pensado que el humor y el terror son dos géneros que se compaginan genial, e Ito lo demuestra de forma magistral en este tomo. Sus caras exageradas, pasillos oscuros, y sobre todo su uso casi mágico del espacio entre las viñetas aquí roza la perfección y ayuda a narrar la historia con una facilidad pasmosa. Da la impresión de que El Diario Gatuno era una tontería que a Ito le apetecía dibujar y la verdad es que se le ha dado genial.

Aquí las consecuencias de tener gato y quererle.

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