DIVERGENTE: LOS JUEGOS ‘NEOCON’

El mayor problema de esta película no es que su discurso ultraderechista se vea de lejos, sino la aplastante mediocridad de su factura.

Por YAGO GARCÍA

Aproximarse a Divergente es una tarea que aconseja precaución. No sólo porque esta película se adscriba a una moda (las adaptaciones de sagas literarias para jóvenes) que se revela, con cada nuevo estreno y salvo contadas excepciones, como un imán para las collejas. Ni tampoco porque su director Neil Burger dé la mala espina asociada al tipo que firmó la muy sosa Sin límites. El aura de desconfianza que rodea a este filme, quitándole incluso el morbo incluso a la probable pelea de gatas entre Shailene Woodley y Kate Winslet, es que Divergente aparece tras un somero análisis como la versión facha de Los juegos del hambre. Nada menos.

Ojito, lector, con esto: no te lo tomes por lo literal mientras blandes tu antorcha clamando por nuestra piel, porque nosotros no somos ni mucho menos los primeros en decirlo. Es más, algunos medios de acrisolada influencia en la internet más intelectual han terciado en el debate, sentenciando que tanto la saga de Katniss como el filme que nos ocupa son maléficas obras de propaganda en favor del capitalismo y el libre mercado. ¿Te cuesta creerlo? A nosotros también… en el primer caso. Y, como no queremos aburrir, dedicaremos un par de párrafos (sólo dos, lo juramos) a cuestionar ese veredicto.

Por un lado, Los juegos del hambre presenta a una heroína con algunos rasgos excepcionales, pero que no deja de ser una marioneta de sus circunstancias históricas. Ni los libros de Suzanne Collins, ni (menos aún) sus adaptaciones al cine son precisamente prodigios de sutileza a ese respecto, pero se agradece que dejen claro cómo el poder de su protagonista para variar el curso general de los hechos es, salvando algunos momentos puntuales, tirando a nulo. Por el contrario, la escritora Veronica Roth ha decidido basar Divergente en el culto a la excepcionalidad: desde el minuto cero de la narración se nos advierte de que la protagonista de esta historia posee un rasgo capaz de desestabilizar esa sociedad entre lo hippie y lo soviético en la que vive. Y ese rasgo no es otro que su capacidad de ser un individuo singular, más allá de vínculos hacia el colectivo.

¿Has oído eso, internauta? Sí, es el estertor de placer que ha estremecido el cadáver de Ayn Rand al percibir la noción de marras. Y es que, recordemos, la autora favorita del facherío neocon basaba su presunta filosofía en la lucha del emprendedor (figura señera del capitalismo) contra la mediocridad inherente a las sociedades humanas. Una tesis casi idéntica a la que sostiene Divergente, fíjate tú. Ante esto, incluso alguien tan reacio a simpatizar con los movimientos de masas como quien suscribe se ve tentado a poner el punto final. Es verdad que la idea una cultura cimentada en lo comunitario está llena de peligros, como nos enseña la historia, pero también es cierto que, puestos a elegir, el mundo presentado por Veronica Roth anda muy bajo de octanos en lo que a distopías se refiere. Qué leches: comparado con nuestro lado de la pantalla, o de la página, hasta parece utópico…

¿Es este el mayor problema de Divergente, la película? Pues no: el problema es que, una vez puesta en imágenes, toda esta suma de ideas se queda en una mera exposición formuláica tan privada de emociones como de inteligencia. En lo que al contexto de la narración se refiere, lo único con lo que nos encontramos es con una repetición machacona de clichés: véase como ejemplo a esos profesionales de la audacia cuya entidad se nos expone mediante hechos tan trascendentes como que gritan mucho, llevan tatuajes (¡uuuh, qué radical!), visten de negro y van de malotes por la vida. Pese a los esfuerzos de Woodley, o eso queremos creer, la protagonista aparece tan sosa y privada de carisma como la Kristen Stewart de Crepúsculo (¿casualidad?), y esa Winslet que tanto prometía en su papel de villana pierde todo valor al mostrársenos en puro modo mercenario. Sí, sabemos que estás aquí sólo por el cheque, Kate, pero al menos podrías esforzarte un poquito por que no se te notara tanto. Nosotros, que te amamos, sabemos que puedes hacerlo.

Por lo demás, y salvando otros detalles irritantes como la entidad del protagonista masculino (manda narices, tanto discurso de empoderamiento para hacer que la buena se enamore de un macarra), el último y definitivo talón de Aquiles de la cinta no es otro que el trabajo de un Neil Burger desmotivado que, salvo cuando el presupuesto de efectos especiales se lo permite, muestra tanto empuje y tanta personalidad como un currante a los mandos de un telefilme. Con perdón para los telefilmes, claro está. Así, Divergente es toda ella una contradicción que se derrumba estrepitosamente: apostando por lo excepcional en sus planteamientos, no consigue sobrepasar los arquetipos y se queda en un mero producto. Un producto mediocre, además. ¿Estamos muy paranoicos hoy, o esto debería ser una lección?

Sigue a Yago García en Twitter: @solo_en_saigon

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¡Oh, mírame, estoy haciendo feliz a mucha gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico! ¡Del pais feliz! ¡De la casa de gominolas de la calle de la piruleta!

2 comentarios en DIVERGENTE: LOS JUEGOS ‘NEOCON’

  1. ¡Que manía de confundir “Fascismo” con “Capitalismo”! Son dos modelos de filosofía política completamente distintos. No entro a debatir su moralidad, sólo sus características. El fascismo NO es individualista, al contrario. El fascismo como filosofía política parte del presupuesto de que la nación está por encima del individuo; éste debe ceder su libertad, su individualidad, su yo, al conjunto de la nación, que es la única que tiene personalidad histórica y relevancia. Tamizado por la condición racial dio pie al nazismo. Vamos, justo lo contrario de lo que proponía Ayn Rand o los neocon.

    Sed un poco serios, por favor. Ya que hacéis una crítica de la filosofía política subyacente a la película y las novelas en la que se basa, hacedlo de forma precisa. Sólo así, el lector sabrá a que atenerse.

    • No es que se confundan, es que o tergiversan deliberadamente (en un 10%), o simplemente no se enteran por ser simples borregos ignorantes seguidores de las consignas panfletarias de la izquierda más retrógrada (el otro 90%).
      En cualquier caso no se molesten en explicarles la diferencia porque ya sea por estupidez o por fanatismo van a hacer caso omiso de cualquier razonamiento.

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