DIVINITY: El retorno a la gran nada.

Valiant es, posiblemente, la editorial relacionada con los superhéroes que mejores críticas ha estado cosechando en los ultimos años, y yo soy totalmente incapaz de comprender el porqué.

Por Javier Marquina.

DIVINITYDivinity es como esa novia del instituto con fama de golfa a la que te ligabas y solo te daba besos sin lengua y castos abrazos. Como el macho con pinta de empotrarse hasta a la tostadora; ese que no para de ciclarse en el gimnasio para lograr un look a lo Jason Momoa y al que, a la hora de la verdad, no se le pone dura por exceso de anabolizantes. Como el trailer espectacular de una superproducción que parece que va a ser la puta hostia y que, al final, es un más de lo mismo hinchado de intrascendencia en el que todo lo bueno ya lo hemos visto en el avance. Como broncearse a base de spray. Como llevar gafas sin cristales. Como comer huevas de trucha de piscifactoría porque te gusta mucho el caviar. Al final, un quiero y no puedo. Un “otra vez será”. Una especie de sueño del que te olvidas a los tres segundos de despertar.

Y eso que todo indicaba que iba a tratarse de lo contrario. De la portada a los autores. De lo anunciado a la idea general. Todo lo que había visto contenía un grado aceptable de esperanza. No es que el señor Trevor Hairsine me emocione como dibujante (siempre lo he considerado un sucedáneo de Brian Hitch, y eso es como ser un derivado transgénico de la achicoria), pero la verdad es que Matt Kindt es un guionista que, sin hacer brotar en mi interior excesivos fuegos artificiales ni emociones desatadas dignas de un movimiento telúrico, consigue creaciones interesantes, eficientes y correctas de las que puedo disfrutar con la moderación de un gentleman inglés que saborea su Earl Grey con una nube de leche. Kindt sería como una jugosa hamburguesa casera en un mundo lleno de McDonalds; no puedes compararlo con un solomillo de buey de Kobe poco hecho, pero no está nada mal.

El héroe contempla otro de esos tomos que no te cuentan nada.

El concepto impulsor de Divinity también me parecía muy interesante. No tanto por ese improbable negro soviético o por la mezcla rusa de Los 4 Fantásticos unidos en un solo ser como por la idea del superhombre que se alza como nuevo dios omnipotente en una creación que ha dejado de necesitar a su propio creador, algo que siempre me ha parecido fascinante. Eso, unido a lo relativo del tiempo y a lo imposible de los viajes espaciales a galaxias lejanas sin sistemas de estasis biológico y mecanismos de comunicación instantáneos que viajen a velocidad superiores a la luz (de ahí su imposibilidad), hacían que, a priori, el cóctel tuviera todos los elementos necesarios para ser de mi agrado. Superhombes, algo de nihilismo nietzscheano y todo el kitsch encantador que la URSS proporcionaba a los soñadores ojos accidentales.

Cierto. La cosa tiene potencial a pesar del “megaevento”. A ver si en el siguiente tomo…

Sin embargo, al acabar, he sentido esa confusión embobada del que paga 50 euros por un manjar y descubre que no sabe a nada. Los cuatro números que contiene este primer tomo se quedan cortos hasta como introducción, colocándote frente a unas cuantas ideas esperanzadoras, pero sin resolver ninguna de ellas. Además, añade a la ecuación de forma totalmente innecesaria a otros héroes de la editorial, en un loable pero fútil intento de dar coherencia a un universo que me resultaría mucho más interesante si cada cual fuera a su puta bola. Han sido demasiados años sufriendo crossovers y apariciones estelares en editoriales más añejas y trascendentes como para tener que seguir aguantándolas en series cuyos personajes todavía no me importan lo suficiente o, dicho de otra forma, son demasiado jóvenes (creativamente hablando) como para ofrecer por ellos algo más que una soberana mierda.

Divinity promete mucho más de lo que da. No es un espanto infumable como muchas otras series de Marvel y DC, pero tampoco llega a ese grado excelso que muchos me venden cada vez que Valiant sale a la palestra. Quizá tras doce números, los planes de Kindt sean diáfanos y el gran esquema acabe apareciendo, en lugar de mostrarnos unos cuantos clichés colocados en un orden curioso. Flotando en esa nebulosa barrera en la que oscilan las cosas que no están bien pero que tampoco están mal, engañándonos con algo que no es, solo el tiempo nos dirá si todo acaba en una sesión más de vacío superheroico clásico contra el que ya estamos inmunizados o la trama teológica e ideológica se convierte en algo más que  pajaritos y mariposas. No lo tengo muy claro y, lo que es peor, tampoco es que me invada una fiebre insuperable y arrebatadora de ansia por saberlo.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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