Django Unchained: la sardina arrojada a las focas

Django Unchained no me ha gustado. ¿Qué ha fallado? ¿Merece la pena ir al cine por ella? ¿Me dejará de doler el pecho cuando escriba esto?

Por Patri Tezanos

Django Unchained Titulo

Antes de entrar en terreno farragoso, quisiera dejar claro que lo que voy a escribir en este post no es una argumentación sobre que Django Unchained es una mala película o una buena película; mi intención sólo es contar por qué no me ha gustado para tratar de explicar por qué existe un conjunto de espectadores que no la ha recibido bien, por eso de reducir disputas que no llevan a ningún término.

Me gusta Tarantino y no tengo nada en contra de él. Llevo gafas de pasta y estilo havana para más inri (soy gafapasta con alevosía), pero el ánimo que insufla lo que vais a leer no es el gafapastismo, ni la hipsteria, ni el “ahora lo cool es que no te guste Tarantino”. No creo que Django Unchained sea objetivamente una mala película, pero tengo razones subjetivas y ciertamente longitudinales que me impidieron salir del cine diciendo “bien, joder, bien”. Esas son las que voy a describir aquí.

También quiero dejar claro que el sustantivo “focas” que aparece en el título no tiene intención peyorativa. Yo soy foca también, todos lo somos. Sólo trato de establecer un paralelismo con el artista que crea y el público que espera, el artista que espera gustar y el público que quiere recibir algo de gusto. No estoy diciendo que a los que haya gustado Django sean estúpidos como focas, ¿bien?.

Dicho esto, vamos al lío.

Un artista puede crear por su convicción, por liberar ese desasosiego o esa luz que tiene en el alma, o puede crear pensando en gustar (¿lo cuál le hace menos artista?). Yo, con el precio al que está la entrada de cine, me gustaría que todo lo que se proyecta en la pantalla fuese fruto de lo primero, pero claro, ahí está Hollywood con sus productoras jugándose los talones millonarios, y al final el 99’9999% periodo de lo que sale en pantalla es industria -¡muy bien, Patri, has descubierto Ámérica!-. Es un hecho que, como espectador de cine, terminas aceptando si no quieres terminar culturalmente bulímico.

Pero luego existen nombres. Nombres como el de Quentin Tarantino. Nombres que se han hecho Nombres. Son esas personas que crean por gusto propio, a los que la industria deja trabajar entre los mimosos algodones del laisez-faire porque es sabido que lo que ese Nombre hace, gusta, sin que tenga que ser dirigido hacia esa intención, porque lo que hace ese Nombre ya lleva incorporado el gusto.

Por eso yo ayer, a pesar de lo visto en el trailer y en los spots, que ya me hicieron sospechar algo, compré mi entrada de cine con menor recelo. No me importa pagar por la originalidad. Es más, si pago, quiero que sea por ella. Y Tarantino y originalidad son prácticamente sinónimos. Y la idea es original: ¡un nigga western!

Genial. Empieza la peli y…

Bajón.

Bajón porque lo que estaba saliendo por la pantalla no era originalidad.

Era Tarantino repitiéndose a sí mismo y padeciendo las consecuencias de ello.

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Mismo perro, distinto collar. Django Unchained es el director formulando sus mismas fórmulas, fórmulas que ya habían perdido un poquitirrín el gas en Malditos Bastardos. Como cuando te dejas una lata de Coca Cola abierta, en donde la época de Pulp Fiction y Reservoir Dogs era la lata recién abierta, con ese subidón de carbono directo a instalarse en el cielo del paladar y en el fondo de la nariz, cuando lo vuelcas en el vaso y es todo, todo espuma que quiere desbordarse, y hay chispas, y burbujas por doquier, y el hielo está entero en el vaso y el limón está fresco, sin oxidarse.

Vas pegando tragos a la fórmula; disfrutas. Luego dejas la lata en la nevera.

Cuando vuelves a abrir la nevera, redescubres la lata junto a la otra mitad del limón que no aprovechaste, que ya está arrugado y junto a ese bote de bicarbonato que ya es gris en vez de blanco, apelmazado por la humedad; ese que tu madre promete que quita los olores malos. Pegas un trago a la lata y, aunque es lo mismo, ya no sabe igual. El paso del tiempo y el recuerdo del sabor de la primera vez que abriste la lata ha dejado su huella: no hay gas ni burbujas, incluso sabe un poco a metal y ya no chisporretea nada en el cielo del paladar ni en la nariz. ¿Si no hubiera sido la Coca Cola como fue al principio, habrías arrugado la nariz?

Django Unchained, para mí, es esa Coca Cola pasada. Expectativas sin burbujas. Aguadas.

La película tiene momentos verdaderamente brillantes. Momentos como el asalto en la taberna, con Django y el Dr. King Schultz, el desgraciado Sheriff y el Marshall recreando una escena propia de un asalto SWAT pero con sombreros de ala, revólveres, escopetas y espuelas. Momentos como el concilio del Ku Klux Klan improvisado en la colina, de humor ciertamente absurdo pero con efectos tan calmantes en temas tan candentes como es el racismo. O el tiroteo final en Candyland, de un exceso explícitísimo y adornado con Hip-Hop. O la aparición de Django engalanado con su traje de cosecha propia.

Momentos. Momentos brillantes (hay más) que se diluyen en el resto de la película en donde flojea estética, rítmica e incluso musicalmente y en los diálogos. La intención de conectarla con los street nigga de los bajos fondos de Baltimore y similares estaba ahí, la de hacer, como dije, un nigga western. ¿Por qué no la llevó hasta sus últimas consecuencias? Si hasta nos da una escena final de “cortejo” de Django a Broomhilda sobre su caballo como si se tratase de una escena en cualquier esquina de mala muerte entre un nigga subido a su buga chuleando ante su chorba, e incluso un negrata con gafas de sol redondas. A mis ojos se quedó en un término medio que hace perder fuelle a ambas partes: ni es un western ni es un nigga western. Es un “casi ambas cosas pero al final ni lo uno ni lo otro”, un “donde dije Django digo Diego”. Una lástima, porque la fórmula empezaba a saber realmente interesante. Pero solo fueron burbujas en un mar de Coca Cola batida.

También la causa fueron los personajes. Me apasionaron los secundarios pero no los protagonistas, y eso para Tarantino es decir mucho. Con permiso de sus fans, el Dr. King Schultz es un copy-paste de Hans Landa. Tanto es así que hasta esa desdibujada trilogía que insinuó Tarantino que forman Malditos Bastardos, Django Unchained y la próxima que hará deduzco yo que será la historia de las tres vidas vividas por el alma de esa misma persona que son Hans Landa, King Schultz y el siguiente que venga, en distintas épocas y siempre encarnada por Christoph Waltz. Django (Jaimie Foxx) carece del carisma al que acostumbran los protagonistas. Está desaparecido durante casi toda la película salvo en momentos de repentina aparición. También su aspecto falla: un esclavo tan bien parecido, con cuerpo de gimnasio, con cuerpo de “hoy hazte unas piernas y mañana machaca esos biceps” más que de “hoy pica piedra y mañana también”, y hablando tan correctamente. A mi parecer, chirría.

Y llegamos a lo que más me dolió de la película: Samuel L. Jackson reducido a bufón. Reducido al “di tu frase”. Reducido casi a una máquina expendedora de “madafaca” y otras catchy phrases. Un recurso facilón para que la película mole de entrada. Y mola, ¡claro que mola! Es Samuel L. Jackson cabreado, pero esas son las sardinas de las que hablaba en el título: un personaje construido a sabiendas de molar, no construido para la historia y que luego, por propios méritos, resulte molón (y eso es extrapolable para describir la forma en que se me presenta la película). Samuel L. Jackson en Django es facilón. Extremadamente facilón. ¿Visteis los VGA este año? Pues eso es el Samuel L. Jackson de esta película. Es Tarantino sacando del cubo lo que las focas queremos y en cantidades tan ingentes que el personaje llega a atosigar. Jamás me habían dado ganas de que Samuel L. Jackson saliera de pantalla, y menos por ciertas ganas de subir la mano a la frente por un asomo de facepalm.

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El personaje de Leonardo DiCaprio también resulta poco memorable a excepción del discurso frenológico, que es donde por lo menos sale de ese letargo que lo acompaña y me saca del que ya a esas alturas de la película me gobernaba. Y eso que, para ser un momento en el que cabía esperar todo de los chispeantes diálogos de Tarantino, se queda en un sirimiri.

Y como ese, el resto de los diálogos (de nuevo, con excepciones) son sirimiri.

Y las cuestiones musicales, lo mismo. Me acoplaré como una rémora a la frase de este, a mi parecer, acertadísimo artículo de El País: “un remix turulato en el que se combinan materiales tan volátiles como perecederos” y a su pregunta: ” ¿cómo es posible que Jim Croce o Johnny Cash se muestren incapaces de transmitir la más mínima emoción a sus nuevas imágenes?”

Vista en conjunto, y según habréis colegido por lo dicho antes, Django Unchained no es para nada una película horrible, ni la más aburrida, ni la más lenta, arrítmica ni 0% original de la historia. No, ni mucho menos. Pero Django Unchained es hija de Tarantino, y como tal es revisada. Y como tal, ha traicionado las altas expectativas. Como escandalizada se quedó América con las fotos de las fiestas de Bárbara y Jenna Bush, que hicieron lo que hace cualquier joven-adulto con pasta y mucho alcohol en sangre pero a las que se mira con otra luz por ser las hijas de George Bush. Pues el mecanismo es igual. La sangre que corre por las venas de Django Unchained es la de Tarantino, y a la vista de la comodidad que supone el producto para su creador (cero riesgos, cero ruptura, chispa escasa, originalidad aromática pero no real, repetición de fórmulas…), es sangre de aprobado raspado.

¿Que debería juzgar Django Unchained como película y no como parte de la trayectoria de un director? Sí, quizás. Pero aceptemos que Tarantino juega en otra liga. No juega en el cine, juega en el cine Tarantino (se ha creado su propio deporte, ¡culpa suya!), por lo que no hay más tipos ideales, acogiéndome al concepto de Max Weber, que sus mejores películas. Así pues Django Unchained, a pesar y por Tarantino, no es nada nuevo bajo el sol. Opino que ni siquiera le queda la excusa de la experimentación. El deseo último es tomar a Quentin, posarlo en el regazo y darle un azote en el culo diciendo “¡los niños buenos no se comportan así!”.

La D es muda. 100% buena metáfora.

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Sigue a Patri Tezanos en Twitter: @PatriTezanos

7 comentarios en Django Unchained: la sardina arrojada a las focas

  1. Desde DeathProof observo con recelo los productos del bueno de Tarantino, pero con Django Unchained me picó de nuevo el gusanillo. Luego descubrí que la película dura casi 3 horas. El único cine de mi ciudad suele tener problemas técnicos*, así que pagar lo que cuesta para sufrir durante 180 minutos en una de sus salas es una opción muy poco atractiva. Tras leer la reseña me duele menos no arriesgarme. ¡Gracias!

    * Calefacción descrontrolada, imagen descuadrada y mal enfocada, altavoces estropeados.

  2. No pensaba ir a verla, ya que he oido bastantes opiniones que la tachan de ser una “Inglorious bastards II- slave edition”.
    Despues de leer esto me has quitado todas las ganas de verla, y sumando a lo que dice aqui mi hamijo d’Hauteville que los cines de nuestra ciudad son mas de la calidad que podriamos encontrar en un cine tercermundista.

    Añado tambien que, soy tarantinista y me parece Puta Mierda sus ultimas 3 peliculas y a killbill lo podría llegar a meter en el mismo saco que las 3 ultimas.

    Me quedo con su principio de carrera, sinceramente.

    • Por curiosidad: ¿qué ciudad es la vuestra? Vamos a hacer una petición de actuable o algo para que os pongan un cine en condiciones, que eso no puede ser… T_T

      • Somos de Huesca. Tenemos un multicine con seis salas.

        Ayer me atreví a ir a ver Lincoln y no se estuvo mal. Eso si, la peli es un panfleto propagandístico vergonzoso, pero no viene al caso…

        • Oye, pues aquí en cabezas tienes una tribuna abierta. Si te hace contarle al mundo tu visión sobre Lincoln (interesante visión, por cierto; yo aún no la he visto), ya sabes que aquí te dejamos hueco! :)))

  3. No puedo estar más en desacuerdo con lo de Samuel L. Jackson. No es un bufón puesto ahí para molar. A mí parecer, es uno de los personajes más complejos que ha creado Tarantino, si no el que más. Es un esclavo negro que se aprovecha del sistema de esclavitud ganándose el favor de su amo. Es pura hipocresía. Y no es para nada un personaje fácil de interpretar. Yo habría nominado (y galardonado) a Samuel L. Jackson en los Óscar por ese papel, en lugar de a Christoph Waltz, que, aún haciéndolo muy bien (es Waltz, es puro carisma), no tiene un papel excesivamente complejo y, lo más importante, novedoso como sí es el de Samuel L. Jackson.

    Puede dar al sensación de que está hecho para molar pero es que no conozco a ningún personaje de Tarantino que no esté hecho para molar. Es algo inherente a sus personajes.

  4. No veo complejidad en Samuel L. Jackson. La idea del personaje es buena y compleja, pero al final su presencia en la pantalla y en la historia es graciosa y ya. Ojalá no hubiesen forzado tanto su madafakerismo.

    Con lo de hecho para molar me refiero a que el personaje está hecho para molar a sabiendas. Todos los personajes de Tarantino molan, pero eso lo sabemos después de ver la peli. Con Samuel en esta peli ya se sabía antes de verla que iba a molar (porque ya lo hemos visto anteriormente). Parece que le ha imprimido al esclavo esclavista el mismo carácter de Jules Winnfield, exagerándolo. Esto es, lo ha convertido en cliché.

    ¿Cliqué?

    En Waltz sí estamos de acuerdo.

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