DUNKERQUE. Al que no le guste que no mire.

Dunkerque no es una película de guerra. Dunkerque es un show.

Por Teresa Domingo.

De unos años para acá, cada vez que a Christopher Nolan se le ocurre presentar una nueva película, la crítica y el público se afilan las uñas antes siquiera de haberla visto. Cuando no es una legión de comiqueros expertos es una de astrofísicos, pero siempre tiene que haber un grupo de iluminados que poco tienen que discutir cinematográficamente. Así que se lanzan a soltar improperios contra el más mínimo desajuste con la realidad. La realidad que tiene que tener una película. Con esa.

En esta ocasión, da la casualidad que nos encontramos ante un guión basado en hechos reales e históricos, sobre el acorralamiento que sufrieron en Dunkerque los soldados ingleses y franceses por parte del ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Ningún historiador con tiempo libre ha salido a decir que el relato no es fiel a lo que aconteció de verdad. Esta vez ha sido la masa enfurecida la que ha saltado con palos y antorchas a prender al director. ¿El delito? Decir que ha rodado una película en IMAX para IMAX que, si no se ve en este formato, el espectador no disfrutará de la experiencia que se ha concebido para ello.

Sinceramente, ya se pueden desgañitar llamándole cretino y clasista, ya pueden jurar sobre las tablas de Moisés que jamás verán una película suya que no se hayan bajado de Internet… Digan lo que digan, desde el primer plano, y no es una manera de hablar, Dunkerque está creada para el absoluto deleite visual del personal en una pantalla gigante. ¿Que lo puedes ver en tu casa en un screener guarro? Pues claro, pero te vas a perder todas las texturas y los detalles a gran escala que se han preparado para la ocasión. Por supuesto que te enteras, pero te pierdes más de la mitad del trabajo que lleva.

Porque guión, lo que es guión literario, tiene más bien poco. Aproximadamente medio millón de soldados ingleses y franceses quedaron totalmente sitiados en la playa de Dunkerque. Anulados por tierra, mar y aire su única esperanza se centra en que civiles ingleses crucen el canal de la Mancha con sus embarcaciones y los saquen de allí. Van, vuelven y fin. Y no incurro en spoilers porque deberíais haberlo estudiado en Historia.

¿Y cómo suples la falta de trama? Pues con un despliegue técnico con pocos precedentes. A través de tres líneas narrativas intercaladas en tiempo, espacio y elementos y sin apenas diálogos, se cubren todos los flancos implicados en el suceso.

En tierra el protagonista es Fionn Whitehead, quien da vida a un soldado raso, a través de quien vivimos el auténtico sentimiento de abandono. Es él quien nos muestra de primera mano cómo se viven la sed, el hambre y otras necesidades en primera línea, la desesperación por dejar atrás el peligro y la violencia y el ansia de reencontrarse con la moralidad perdida.

La experiencia naval está protagonizada por Cillian Murphy, un soldado superviviente a un naufragio por torpedo, rescatado por un barco civil que se lo lleva de vuelta a Dunkerque y cuya única misión en esta historia es hacer madurar al hijo del capitán. No nos íbamos a quedar sin la moralina bélica.

Y en el aire, seremos testigos de las pericias aéreas de un piloto interpretado por Tom Hardy a los mandos de un Spitfire, haciendo lo imposible para bloquear a la Luftwaffe, mientras sus compatriotas huyen de la playa. No, esta vez tampoco se ha librado de hacer que nos creamos a su personaje con la cara tapada por una máscara y confinado a una única localización.

La floritura narrativa por excelencia (innecesaria, pero sensacional) es hacer confluir los tres relatos que, como digo, transcurren en espacios (playa, barco y avión), tiempos (1 semana, 1 día y 1 hora) y elementos diferentes (tierra, mar y aire). No aporta nada a la historia pero es una virguería más para enriquecer la narrativa.

En cada una de las tres subtramas asistimos a un espectáculo visual tan grande que las palabras se quedan cortas para describir el trabajo de Hoyte van Hoytema, el director de fotografía. Siempre lo digo: los nórdicos tienen un don especial para crear planos cuya fuerza viene dada por la luz. En cualquiera de los tres elementos vemos cómo arte y técnica se aúnan para  hacernos vivir la famosa experiencia de la que Nolan hablaba: Barcos escorados hundiéndose en ángulos imposibles, vuelos infinitos en primera y tercera persona en los que el cielo se confunde con el mar y kilómetros de playa atestada de soldados (extras reales, nada de CGI) a los que puedes distinguir a cada uno el casco y el fusil, bombardeados sin piedad…  Técnicas y detalles que están pensados para máximo formato por una sola razón: no cabrían en otro cuadro.

Y todo ello apoyado sobre los cimientos de la banda sonora creada por Hans Zimmer para la ocasión. La ya mencionada ausencia de diálogos hace que la poca música incluida forme parte de la atmósfera de cada secuencia, sin entorpecer el sonido ambiente y dando empaque a los picos de acción.

Sí es cierto que el resultado de Dunkerque es un producto tan visual, narrado a medio camino entre el videoclip y el documental, que no llegas a empatizar con los personajes ni con sus historias, a pesar de estar dentro de una realidad aplastante. Pero la emoción viene dada por el impacto de los planos, cada uno más potente que el anterior y el contraste entre los mismos. Algo que no se aprecia en una tablet, por muy rebelde que resulte negarse a pagar una entrada de cine.

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Acerca de Teresa Domingo 151 Articles
Si es creepy, es para mí.

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