ED, EL PAYASO FELIZ de Chester Brown.

A veces hay que perderse para poder encontrarse. Hay que enfrentarse a cosas que te repugnan para comprender dónde están aquellas que adoras. Hay que ignorarse para llegar a conocerse. Hay que mirarse al espejo y no verse para saber que siempre has estado ahí.

Por Javier Marquina.

Chester BrownSiempre he pensado que el subconsciente no existe como tal. No es una parcela que crece libre, ajena a esa otra parte de nuestra psique que sí podemos controlar. Creo que nos hemos inventado una mitad salvaje que crece sin ataduras para justificar toda la mierda insana que llevamos dentro y que nos avergüenza reconocer. El subconsciente somos nosotros. Quizá la parte más real de nosotros. Sin las pesadas cadenas de los convencionalismos sociales, nuestra mitad oscura muestra lo que realmente haríamos de ser libres y totalmente ajenos a cualquier tipo de consecuencias. Repetimos que lo inconsciente es incontrolable porque nos acojona pensar en eso otro yo que espera paciente sus oportunidades para manifestarse y mostrar nuestra auténtica cara. Muchas veces, la faz de un monstruo.

No es la primera vez que lo digo, pero admiro a la gente que se enfrenta a este gemelo casi siempre malvado y lo reconoce como un igual. Gente que no siente la necesidad de derrotar y eliminar una parte de sí mismo que existe y siempre va a estar ahí, sino que asume con madurez todo lo oscuro que alberga eso que los que creen llaman alma. Sin complejos. Sin vergüenza alguna. Su mayor triunfo consiste en realizar un ejercicio de aceptación a través de la comprensión de los defectos propios, una paz interior que les lleva a vivir una vida más plena que la de muchos amargados y reprimidos que se pasan la vida intentando ser perfectos. Luego, por si esto no fuera poco, están los que convierten su subconsciente en un escaparate, mostrando al mundo todos y cada uno de los defectos de los que los demás se avergüenzan. Bucean por las partes más escabrosas de su interior y luego las plasman en papel para enseñárselas a los lectores, una muestra inequívoca de que el pudor es algo que se puede eliminar de nuestro cerebro con valentía y práctica.

Cada cómic de Chester Brown que leo es la confirmación de esta teoría. Cruel e inmisericorde consigo mismo, sus tebeos son espadazos sin compasión contra su propia persona, en un ejercicio de acoso y derribo autoinflingido que demuestran una fortaleza y una confianza en sus posibilidades notablemente opuesta al autorretrato que nos ofrece.

Chester BrownEn Ed, El Payaso Feliz, que recopila una historia de marcado carácter surrealista con la que se estreno en la creación y edición de tebeos, me encuentro con un Brown más onírico, incorrecto y desatado. Mientras que El Playboy y Pagando por ello se sumergían en la realidad y lo cotidiano construyendo historias a base de pasajes autobiográficos, en Ed, El Payaso Feliz la historia opta por lo extremo y delirante, sin obviar aspectos explícitos y escatológicos que se van entrelazando en una trama llena de lecturas. De la crítica política al cuento popular, del crimen sexual al chiste racista, de la trágico del destino al cuento popular, Chester Brown demuestra un poder casi hipnótico que nos va llevando página tras página hacia una dirección incierta, donde nada tiene sentido. Lógico y absurdo a la vez, el relato es una fotografía distorsionada de personajes horrendos y carentes de moralidad, seres deleznables dispuestos a amargar la vida de almas inocentes que, por circunstancias ajenas a cualquier control, acaban convertidos en quimeras vampíricas o en portadores de atributos sexuales con personalidad propia. Una comedia bufa que te hace reír a base de tragedia, pegándote pinchazos con agujas cargadas de mala leche, verdad y el rencor acerado que cualquier víctima de un sino estúpido siento hacia el ser divino que nos marca el camino y sabemos con certeza que no existe.

Esta nueva edición anotada, ampliada y editada de nuevo en España por La Cúpula, demuestra el talento de un creador atípico, genial, salvaje y lleno de complejos, pero capaz de regodearse en ellos sin sentimiento de culpa, consciente de sus propias limitaciones personales. Todo un personaje capaz de escupir al cielo y esperar tranquilamente, sin moverse ni un ápice, con la boca abierta, sabiendo que es imposible exorcizar a tus demonios si no eres consciente de que ellos siempre van a ser una parte inexcusable de ti.

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Acerca de Javier Marquina 210 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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