El Azote del Terror y el sutil encanto de la grosería.

Benjamin Marra es uno de los descubrimientos del año. Cada cosa que hace es como un sinsentido que acaba ganando el Premio Nobel. El Azote del Terror es una de sus últimas obras publicada en España.

Por Javier Marquina.

Cada vez que me pongo a confeccionar una lista con mis cómics preferidos del año me doy cuenta de un  par de cosas.

La primera es que de mi memoria es, y de forma cada vez más evidente, una puta mierda. Funciona con la precisión de un martillo neumático intentando tallar porcelana. Elimina, obvia, escamotea y me gasta mil jugadas odiosas que hacen que olvide muchas de las cosas que querría nombrar.

La segunda es que, por mucho que uno se esfuerce, la máxima de que son todos los que están pero no están todos los que son se va a cumplir siempre, no importa lo eficaces que sean tus neuronas. Hacer una lista es algo parcial, excluyente e incompleto. Por mucho que te esfuerces.

Si seguís esta página web entenderéis porque estoy diciendo esto. Hace pocos días mis compañeros y yo hacíamos un resumen de lo mejor del año 2015 y, para cumplir a rajatabla las dos reglas que acabo de expresar, me dejé muchas de las cosas que de verdad me han causado sensación durante el pasado año. Una de ellas, sin duda, ha sido el descubrimiento del dibujante y guionista  Benjamín Marra, hecho que ha generado en mi percepción estética un auténtico torrente de emociones. Y cuando digo torrente, bien podría decir chorrazo.

Con la publicación de Sangre Americana*** por parte de Autsider Comics sufrí una verdadera epifanía conceptual y estilística generada por el trazo tosco, burdo y apresurado pero a la vez preciso, divertido y desquiciado de Marra. El olor a bolígrafo Bic, a baño estancado de instituto, a ese macarrismo sin edulcorar digno de un glamouroso chulo de putas de extrarradio, se apoderaron con velocidad de mis sentimientos y de mi corazón. Los diálogos hilarantes, las situaciones sin pies ni cabeza, la violencia sin contener que chorreaba por cada de sus páginas, acabaron por ponérmela más gorda que Falete en una barra libre de mortadela. Por expresarlo de un modo delicado y sutil, los cómics de marra son onanismo sucio, del que te dejas tirado bajo la cama en un calcetín acartonado.

Así pues, erecto y sonriente, contemplé con complacencia como un nuevo trabajo de Marra iba a salir a la luz, de nuevo de la mano de la gente de Autsider. El nuevo cómic se llamaba C.A.U., acrónimo de Comando Terrista Unipersonal, que en España se ha subtitulado con el muy emblemático “El Azote del Terror“, y la portada expresaba con claridad todo lo que iba a encontrar dentro. Sexo, violencia, absurdo y una seriedad que se toma a sí misma tan poco en serio que al final lo único que haces es partirte el pecho a carcajadas.

Lo que en Sangre Americana ya se apuntaba, en C.A.U se convierte en exacerbado manifiesto contra todo aquello que alguna vez nos enseñaron que no se debía hacer en un cómic. Inapropiado, irreverente, obsceno, cruel, sádico y violento, todo lo que aquí se cuenta está llevado al extremo de una manera tan desproporcionada, que lo mejor que puedes hacer es reírte. La pornografía, el macho como ser sexual supremo, los poderosos que mueven los hilos del mundo escondidos tras piel de reptil, el terrorismo, la transexualidad, la jubilación, el aburrimiento, lo burdo del equilibrio económico mundial… el argumento es una mera excusa para estirar sin límite nuestra idea preconcebida de lo que es correcto, desgarrarlo, masticarlo, escupirlo y darnos de hostias con el bate de béisbol de lo incorrecto. Textos de apoyo y bocadillos que describen con absurda precisión lo que se está dibujando en cada viñeta; anatomías rígidas pero de eficacia letal indiscutible; sexo en los probadores de una tienda de lencería, en los baños del trabajo, en la cabina de un avión; asesinato despreocupado, masacre, terrorismo y un odio profundo hacia el presidente de la comunidad de vecinos. Todo aquello que puedas esperar, es precisamente lo que no encontrarás. El Azote del Terror está pensado para joderte la vida a base de páginas que te saltan a la cara, de frases que nunca dirías y de momentos que te harán pensar que Marra tiene tanto de loco como de genio, con ese trazo que lleva la rigidez de Paul Gulacy a un punto tan extremo, que las líneas rectas se convierten en algo anormalmente elástico, dinámico y estático a la vez, en una dicotomía en apariencia imposible.

Lo mejor es que uno usa todas estas palabras infladas para expresar la sensación de “puta locura” que se siente al leer este cómic. Nada tiene sentido. Nada pretende tenerlo. Todo es forzado como una película de superhéroes turca. Todo está lleno de droga barata, de alucinógenos hechos con detergente. Todo se mueve con la naturalidad de una película porno de los ochenta, con la fragilidad de una patada de Chuck Norris, con la expresividad de Charles Bronson o Steven Seagal. Todo encaja con la precisión inesperada de lo que se hace buscando una reacción, sin importa que medios se usan o lo bonitos que estos pueden parecerle al consumidor. La medicina de Marra no lleva edulcorantes que disimulen su sabor amargo. No hay zumo de naranja que valga para pasarlo. Es un producto salvaje que se debe consumir así, a lo bruto, y dejar que con cada lectura, la risa entre demente y absurda te acabe por alegrar el día.

(***Si a alguien le interesa, puede leer la reseña que hice de este cómic en Malvadonia.)

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Acerca de Javier Marquina 188 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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