EL BOOM DEL CÓMIC FEMENINO

Es innegable. Aunque pervive la idea de que el cómic es un mundo eminentemente masculino, la eclosión de autoras unido al auge imparable de las redes sociales ha generado un auténtico estallido que yo casi tildaría de fenómeno.

Por Javier Marquina.

FemeninoVas a un salón de cómic cualquiera y las sensaciones se repiten. Cita tras cita, ves un patrón que se reproduce y toma formas casi idénticas sin importar dónde se celebre el evento. Las mujeres en el cómic lo petan. Así. Tal cual. Sus charlas son acontecimientos multitudinarios y sus sesiones de firmas son colas de extensión considerable que consiguen acabar con los ejemplares que se ponen a la venta a disposición del público en los stands correspondientes. En una industria aquejada de raquitismo y con continuas quejas y lamentos sobre el tejido industrial del sector, la nube de fans que rodean a estas nuevas autoras (y autores) íntimamente ligadas con la redes sociales me parece un fenómeno a destacar y digno de estudio.

Hay un mucho de cambio generacional en lo que estamos viviendo ahora y, sobre todo, de público nuevo que demanda contenidos diferentes y más afines a sus inquietudes, problemas y gustos. Moderna de Pueblo, Agustina Guerrero, Flavita Banana, Mamen Moreu, Raquel Riba Rossy, Ana Oncina, Sara Jotabé… la lista comienza a ser cada vez más extensa. Mujeres que han encontrado en Twitter, Facebook o Instagram un escaparate ideal para su propuesta y han cosechado un gigantesco éxito que podemos contar en cientos de miles de seguidores. Mujeres que, además de aportar sangre nueva y necesaria al medio, han creado un subgénero propio que mezcla el humor gráfico con el diván del psicólogo.

Su éxito es incontestable. Negarlo no solo es absurdo, sino que se está convirtiendo en algo imposible. La afluencia de lectores a los actos en los que ellas participan deja en evidencia a cualquiera. Puede que sea una moda pasajera, pero a veces este tipo de modas efímeras son el terremoto que mueve y conmueve los cimientos de lo consolidado y acaba cambiándolos y estableciendo nuevas reglas. Y no se reduce solo a un fervor gratuito que puedes satisfacer en una cuenta de Instagram. Hablamos de papel, de formatos físicos y de ventas. Hablamos de segundas ediciones y de largas esperas para conseguir una firma. Hablamos de trato preferente en las baldas de la FNAC, signo evidente de la presión que grandes editoriales ejercen al confiar en un producto y considerarlo una apuesta segura.

Podremos discutir sobre calidades y valores artísticos. Podremos discutir sobre lo oportuno de algunas propuestas. Podremos discutir sobre porcentajes y el mundo académico. Es más, por el bien del medio, cuanto más discutamos, mejor. Pero lo que queda claro es que esto era necesario y tengo la sensación de que es una realidad imparable. Una forma nueva de entender el tebeo más cercana a un público que no se veía representado por lo que se venía haciendo o, simplemente, necesitaba de voces más frescas, diferentes. Reconozco que no es mi tipo de cómic y que jamás llegaré a cogerle el tino a muchas de estas nuevas autoras, pero el abuelo cebolleta que se indigna bastón en mano por el inexorable paso del tiempo y el inevitable cambio de las tendencias no puede poseernos a la hora de valorar este maremoto creativo que esta golpeando el cómic.

Y es que la única verdad es esta: benditas sean aquellas que consiguen hacer que cada vez más gente lea cómics. Del tipo que sea. Porque lo importante es leer cómics. A ver si nos vamos dando cuenta. Olé sus ovarios.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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