EL CUENTO DE LA PRINCESA KAGUYA. Puro arte tradicional japonés.

Menos es más. De toda la vida.

Por Teresa Domingo.

En una era en la que lo digital, las últimas técnicas de creación de movimiento y las paletas de color son capaces de reproducir una gama más amplia de lo que nuestro ojo puede captar, aparecen obras como esta para enseñarnos que, si se sabe lo que se está haciendo, todo eso queda muy bonito pero no es necesario.

La última película de animación dirigida por Isao Takahata (La tumba de las Luciérnagas, pero más conocido por Heidi o Marco…) con la que, en teoría, cerrará su etapa como creador (lo de producir, mientras haya yenes en la cuenta…) Por si a alguien se le escapa, este señor es el responsable, junto a Hayao Miyazaki, de que existan los estudios Ghibli y la carrera de ambos siempre ha corrido en paralelo, compartiendo su obsesión por volar y a gran parte de equipo técnico en diferentes producciones.

No en vano, tanto El Cuento de la Princesa Kaguya como El viento se Levanta se anunciaron a la vez y se prepararon para que ambos estrenos coincidieran, no sólo en el tiempo, sino para que las carreras como directores de los padres de Ghibli finalizasen a la vez, pero un fallo en el desarrollo de los storyboards de la princesa obligaron a retrasar el estreno de esta. Por ello (y porque en Occidente no es lo mismo Miyazaki que Takahata), a pesar de ser ambas de 2013, hemos tenido que esperar hasta Marzo de este año 2016 para poder ver a la princesa cines. Para finalizar este episodio de coincidencias mencionar que también comparten compositor musical: Joe Hisashi.

El Cuento de la Princesa Kaguya recupera una leyenda antigua japonesa titulada El Cortador de Bambú, en la que un campesino encuentra una niña dentro del tallo de una planta. Decide llevarla a casa y cuidarla, pero pronto descubre que el bambú tiene más presentes para ellos y, al recibir mucho oro y ricas telas, se da cuenta de no han encontrado una niña cualquiera, sino que tienen que llevarla a la ciudad y hacer de ella una princesa, con todo lo que ello conlleva: la pérdida de libertad, las estrictas costumbres sociales y disciplinas dignas de su condición social como la música, la historia tradicional o la caligrafía, así como la importancia de la vestimenta y, por supuesto, la obligación de formalizar la relación con un señor al que no conoce y del que no importa la edad ni su (des)gracia física, mediante al matrimonio.

Para cualquier niño, llegar a ser príncipe o princesa puede llegar hasta a molar. De hecho, es un juego muy recurrente cuando somos pequeños, pero la necesidad de estricto protocolo en este tipo de vida y la obligación de mantener las convenciones sociales y absurdas de los nobles, para las que nuestra protagonista siempre encuentra un camino para salirse con la suya, no son buenas para el autodesarrollo. Aquí radica el mensaje que nos quiere transmitir su director, tan necesario y oportuno: la felicidad que otorga ser uno mismo y seguir nuestro propio camino, no el marcado por otros, no se paga con riquezas, vestidos ni palacios.


Un relato naïf que guarda un viaje emocional hacia la libertad de una princesa, cuyo único crimen es haber nacido formando parte de la casta y su castigo es estar obligada, de por vida, a complacer a los demás, manteniendo unas costumbres tan antiguas como absurdas. Sólo en su mano, como en la de cada uno de nosotros a nuestro nivel, está el poder de burlar los convencionalismos y las obligaciones impuestas por la sociedad.

Pero no es el guión lo que ha hecho grande a esta película. Takahata nos presenta una obra cuyo dulce dibujo está realizado a mano, coloreado con acuarelas, a pinceladas, que lo otorgan de un aspecto de dibujo de estilo clásico, ideal para plasmar una leyenda milenaria. La animación no resulta fluida adrede, en primer lugar porque los movimientos de los dibujos no han sido “completados” con fps (fotogramas por segundo) extra, que siempre elevan la calidad de este tipo de trabajos manuales. Pero, como decía principio, de vez en cuando, aparecen obras como El Cuento de la Princesa Kaguya que no necesitan ser elevadas porque en el minimalismo y la simplicidad de su trazo radica su poder. Si además eres Isao Takahata y eres capaz de darle ese toque elegante de composición pictórica, el resultado es un trabajo que aguanta perfectamente el pulso que ofrecen las grandes obras en plena era digital. Grandiosa y original ejecución de animación en uno de los conatos de huida de la princesa y espectacular efecto del pueblo en miniatura que se construye ella misma en el jardín.

Para finalizar, simplemente comentar que, si no os han convencido mis palabras, sabed que estamos ante uno de los pocos largos de animación japonesa que se ha proyectado en Cannes y que ha triunfado en todos los festivales, haciéndose con numerosos premios incluido el Oscar a mejor peli de animación por las técnicas empleadas.

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