El derecho esencial a equivocarnos.

El ser humano debe defender a toda costa su inalienable derecho a cagarla. Hundirnos en la mierda de nuestros errores no debe impedir que los cometamos. Eso es precisamente lo que  nos ha llevado a ser quienes somos. Fallar es consustancial a nuestra naturaleza y motor de nuestros futuros aciertos.

Por Javier Marquina.

Así, a primera vista, casi parece que vaya a hablar de evolución, de genética, de mutaciones  y de esas meteduras de pata que uno comete sin poder evitarlo, atosigado por su propia imperfección humana. Casi, pero no. Contra todo pronóstico, voy a hablar de listas, de críticos y de la importancia de leer opiniones que poder pasarnos por el aterciopelado forro de nuestras sagradas pelotas a la hora de decidir lo que leemos, escuchamos o vemos.

Tengo la sensación de que ésta es una de esas entradas cíclicas provocadas por la aparición periódica en las redes sociales de comentarios acerca de temas que se van enquistando de forma inexorable en el tiempo. Incapaces de aprender de la historia y de lo que ya hemos dejado atrás, repetimos una y otra vez comportamientos, aferrándonos a nuestra idea original, ésa que ha sido mil veces rebatida y debatida pero que defendemos de manera recalcitrante. Estamos metiendo la pata por enésima vez, pero preferimos seguir empujando antes que retroceder.

Aquel crítico me dijo que tenía futuro como portadista.

En este caso, y con motivo de la publicación de una lista de cómics esenciales para aquellos que la confeccionaban, surgieron, como siempre, voces que cuestionaban dicha lista en un debate que fue degenerando de forma imparable, llegando algunos a acusar de tendenciosos, serviles o sicarios a sueldo de las editoriales con más presencia en la citada enumeración a los que la redactaron.

A punto estuve en un par de ocasiones de escribir un comentario en Facebook defendiendo la validez de la lista, no por su contenido, sino porque todo aquello que es subjetivo, debe ser valorado como tal por aquel que lo consume. No es ni acertado ni erróneo. Simplemente es. Lo que a unas personas les puede parecer esencial, para otras es absolutamente superfluo. Imponer un criterio es una práctica atroz más propia de otros ideales y regímenes políticos o, lo que es lo mismo, la opinión de un crítico vale lo que vale la del resto de los seres humanos: NADA. Dicho con todos los respetos, uno de los pilares de la democracia es aceptar que lo que nosotros pensamos puede no importarle un pimiento a aquel que tenemos al lado. Podemos alegar que el crítico, en la mayoría de los casos, dispone de unos medios y unos conocimientos que hacen que su visión del conjunto posea características más sólidas y un criterio más objetivo basado en  ellos, pero al final una reseña no deja de ser eso, una opinión que, por muy fundamentada que esté, acaba sustentándose en opciones personales, en gustos y en aspectos subjetivos, y por tanto vale, como hemos dicho antes, poco más que una diminuta hez de golondrina. Suponer que las preferencias de alguien son sagradas basándose en los conocimientos que tiene, suena un poco nacionalsocialista. No hablo de hechos irrefutables que se pueden explicar con la verdad en la mano de forma incontestable, hablo de que lo que a una eminencia puede gustarle mucho, a mí me pude parecer un peñazo insoportable. Es un terreno pantanoso lleno de clásicos.

Que el lector decida o no seguir los consejos del crítico es otra elección personal de valor parecido al de la opinión. Las listas o las reseñas no están hechas para condicionar u obligar, sino para sugerir, descubrir, explicar e iluminar un ángulo que podía haber pasado desapercibido y, en base a eso, poder argumentar nuestra propia elección.  Dejarnos o no engañar por el criterio de otro es una decisión que sólo está en nuestras manos. Después, una vez hemos escogido qué consejos son los que nos van a guiar en nuestras lecturas, sólo hay que ir afinando y quedándonos con aquellos que tienen gustos más cercanos a los nuestros, aquellos que recomiendan cosas que encajan mejor en el espectro de nuestras preferencias y aquellos que nos caen mejor. A los demás, por decirlo en un idioma que se entenderá en cualquier red social, les pueden ir dando mucho por ese lugar de nuestro cuerpo al que el Sol sólo se asoma en playas nudistas. Y no quiero ser malinterpretado. Insisto: es simplemente una elección. Personal. Y por tanto puedo leer los cómics que me de la gana, ya que poseo el supremo don de pasar de aquellos que no opinan como yo y quedarme con los que ven el mundo de una manera más parecida a la mía. No digo que esto sea enriquecedor, más bien todo lo contrario, pero en este país de mujeres, hombres y viceversa, Dios me libre de desanimar a alguien que se acerca a la lectura. Si el precio a pagar es que no lea mis reseñas porque pongo a caer de un burro a su guionista favorito, acepto de buen grado el sacrificio por el bien mayor de la cultura. Que lea. No importa el qué. Pero que lea.

¿Cómo me he podido volver a comprar semejante bazofia?

Acostumbrados a sentirnos cómodos en nuestra esfera de confianza, salir de ella puede resultar una opción difícil que se puede tornar en imposible debido a factores como el dinero, el tiempo o las ganas. Abandonar nuestros gustos conocidos para probar la fruta prohibida que se esconde en las listas de aquellos con los que no compartimos opinión puede resultar descabellado aunque, en caso de acierto, la recompensa sea digna del Euromillón. El título que jamás habrías leído de no haberlo visto en aquella reseña puede acabar cambiando tu perspectiva y tu vida. Sé que da miedo. Sé que no es necesario. Pero a veces arriesgarse mola. La otra opción, mucho más conservadora, es permanecer en tu lugar, sorprendido porque o bien tus cómics preferidos no aparecen entre los mejor valorados, o bien acabas de comprobar que algunos no comparten tus gustos y se niegan a reconocer la fuerza cegadora de la luz de tu criterio.

Lo dice alguien que lee, critica, reseña y cuya opinión no vale una puta mierda.

Sigue a La Isla de las Cabezas Cortadas en Twitter y en Facebook.

Acerca de Javier Marquina 196 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*