EL HERALDO. Cuestión de perspectiva.

El superhombre, la perspectiva, el fin de ciclo o la sublevación son el tema principal de El Heraldo, cómic que haría sentirse orgulloso al mismísmo Nietzsche.

Por Joe Runner.

Los felices años 20. Tras concluir la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos de América quedaron en una posición económica muy favorable, debido a la cantidad ingente de deuda que crearon en varios países del continente europeo, que se hallaba en plena reconstrucción en la época. Todo esto repercutió de manera positiva y drástica en la economía americana, convirtiendo aquella época dorada en el preludio perfecto para una de las crisis más grandes de la historia. Sin embargo, no todo era tan bonito en la gran nación. Ya había transcurrido cincuenta años desde que la Guerra de Secesión acabase y, pese a ello, la disgregación racial estaba a la orden del día. Tras las leyes de Jim Crow en 1876, en las que dividía a la sociedad entre gente blanca y “de color” y no daba derecho a voto a éstos últimos, la situación social estaba descontrolada. En teoría la esclavitud estaba abolida, pero en todos los estados del sur del país seguía existiendo un fuerte rechazo hacia las personas de piel más oscura. Como ejemplo de esta radicalización tenemos al famoso Ku Kux Klan, que comenzó como un grupo de ex-soldados sureños que se dedicaban a gastar bromas vestidos de fantasmas a los habitantes de su pueblo y terminó siendo la secta racista más peligrosa de américa. La cosa comenzaría a cambiar con la llegada de Rose Parks y Martin Luther King, pero realmente no se vería un cambio real hasta pasados los años 70. Pero eso ya es otra historia…

heraldoNos encontramos en el estado de Mississippi, a finales de la década de los años 20. Un temporal amenaza con que la ciudad de Chatterlee quede sumergida por las aguas de su río debido a las constantes lluvias, por lo que todo el pueblo está trabajando en un dique provisional para soportar la riada. El gran problema es que la ciudad se encuentra dividida por dos grandes grupos: los ciudadanos blancos y los negros. La situación entre ellos cada vez es más inestable, debido a la cantidad de injusticias que la población afroamericana tiene que soportar, sumidos en una esclavitud encubierta y un odio incomprensible. Pero en medio de la tormenta, los problemas raciales y la tensión entre los ciudadanos, un objeto cae del cielo, rompiendo un trozo del malogrado dique. Casualmente coincide con la llegada de un coloso de ébano, un hombre de proporciones considerables que anda desnudo por la ciudad, con una bandera confederada tapando sus vergüenzas, de fuerza inusitada y que es capaz de sobrevivir a un disparo sin un rasguño. El heraldo del caos, el orden y la revolución ha llegado.

Lo que inicialmente puede parecer una historia corta en la que Mark Waid hace gala de su propio Superman, en realidad esconde un movimiento que se halla en desuso actualmente: el perspectivismo. El guionista americano nos muestra a un personaje idealizado, un ídolo que ejerce de catalizador entre los distintos grupos que conforman la historia, una imagen que funciona como émbolo que impulsa las situaciones hacia una u otra dirección. Este símbolo que es el falso protagonista de la obra, representa cosas totalmente diferentes según sea visto desde uno u otro de los bandos. Para los negros es el adalid de la salvación, para los blancos es una amenaza para los de su especie, para la ley es una fuerza que no pueden controlar y para el alcalde es la salvación de la ciudad. Este personaje en realidad casi no interactúa con el resto del plantel y, sin embargo, es el culpable de las decisiones que toma cada uno de ellos, siendo él un mero espectador en la mayoría de las ocasiones.

heraldoEstamos ante una obra que sabe llevar el tempo a las mil maravillas, eligiendo minuciosamente qué mostrarnos y desde qué punto de vista para enriquecer lo que originalmente sería una historia corta que comprende cuatro números. El Heraldo podría haber pecado de insustancial o precipitado, pero se apoya en una trama minimalista para terminar ramificando en una historia más grande que la presentada inicialmente. Es por obras como esta que cada día estoy más convencido de que, por una parte, Waid es uno de los guionistas más polivalentes del mercado y que, por otra, todavía quedan muchos temas por tratar en el noveno arte. Me alegra sobremanera ver lo bien que están las editoriales independientes y cómo cuidan cada uno de los aspectos del material que presentan. Lejos quedan ya las obras menores o menospreciadas que pasaban desapercibidas por no pertenecer al excelso grupo de las dos editoriales pijameras. Poco a poco van ganando terreno.

Y uno de los grandes culpables de que El Heraldo sea una auténtica maravilla la tiene J. G. Jones con su manera sublime de dibujar y plasmar los guiones. El artista americano me recuerda mucho a Alex Ross, con un estilo algo diferente en sus dibujos, pero una mayor vida en sus personajes. Puede parecer de primeras que peca de ser estático debido al estilo de su arte, pero tiene una buena narración visual, ayudando así a olvidar el efecto fotografía que sufren este tipo de dibujantes. El cómic goza de más de una imagen que es digna de enmarcar y poner en un museo para su exposición. He de admitir que llevaba unos años sin leer alguna de las obras en las que dibujase Jones, pero me ha servido como confirmación a mi idea pretérita de que es uno de los mejores dibujantes (ya sea cómics, cuadros o servilletas garabateadas) que he visto en mi vida. Y sí, hay muchos grandes profesionales del lápiz y la tinta, pero Jones tiene mi corazoncito ganado desde Crisis Final. Además de que es él mismo el que se colorea, sacándole el máximo rendimiento a cada uno de sus dibujos. Como digo, un auténtico maestro.

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En España podemos vanagloriarnos de que Panini lo ha editado en tapa dura, por lo que cualquiera puede disfrutar de esta obra sin la necesidad de ir a morir a la versión americana. Desconozco totalmente el por qué de la traducción del Strange Fruit original a El Heraldo, pero tampoco es algo que me importe mucho. En realidad consigue sacarme cierta sonrisa, debido a la famosa fama que los españoles tenemos de traducir los títulos de las películas o libros a nuestro gusto, ignorando completamente el original. Sea como fuere, tenemos edición en español, que es lo que realmente importa.

Para concluir, me gustaría recomendaros la canción de Nina Simone llamada Strange Fruit que, imagino, sirvió de inspiración para la concepción de la obra. Es un clásico de una de las más grandes que dio la música americana. Y es que, como bien decía Simone, “los árboles del sur dan frutos extraños”.

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Acerca de Joe Runner 21 Articles
Cuenta la leyenda que un zhéroe entró en una isla llena de cabezas cortadas...

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