El Héroe de David Rubín.

Seguimos con autores españoles de talento superlativo. Voy a tener que leerme el Hawkman de Liefeld para volver a detestar como es debido, que me estoy ablandando mucho después de tanto elogio y azúcar provocado por tebeos maravillosos.

Por Javier Marquina

Lo reconozco.
Tengo el modo groupie bastante subido. Como una pre-púber lamiendo el flequillo de Justin Beaver. Como un pitopausico que busca a su adolescente revitalizante en un concierto de Melendi, agobiado por el tobogán infinito de la andropausia.
LA ilustración.
Como excusa, y viendo la impresionante ilustración que David me hizo en la Expocomic y que decora mi ejemplar de El Héroe Libro Dos convirtiéndolo en una pieza valiosa, preciosa y única, tengo que decir que no podía ser de otra manera.
Acabar los dos volúmenes en los que David Rubín nos cuenta la ascensión y caída de Heracles con la sensación de estar ante uno de los mejores cómics que tengo en mi colección, también ha influido bastante.
Sí. Yo creo que ha debido de ser eso. Me he convertido en un fan.
Y luego, claro está, poder volver a usar una palabra casi olvidada: satisfacción. Satisfacción como la que siente Hannibal Smith después de ver triunfar uno de sus planes naif.
Raras veces acabamos de leer una obra, de ver una película o de escuchar un disco con esa sensación de plenitud que dibuja una sonrisa en tus labios, te hace mirar unos segundos al techo de tu cuarto y te permite regodearte en esa placentera calidez que nos impulsa a  volver a empezar con la lectura, la revisión o la escucha del producto que acabamos de finalizar sin remordimientos, sin ningún tipo de problema, sabiendo que vas a volver a disfrutarlo. Leer un buen cómic es como un pequeño orgasmo, un placer difícil de explicar para aquellos que no pueden maravillarse ante ilustraciones maravillosas. Esa mezcla de gozo y envidia corrosiva por no ser capaz de hacer nada parecido a lo que tienes entre las manos.
Así, derivando, derivando, llegamos a la siguiente palabra que me sugiere El Héroe: admiración. Porque el trabajo del señor Rubín es admirable. En todos y cada uno de sus múltiples sentidos.
Street Fighter GO!!!

El Héroe es la historia de Heracles, un arquetipo que aglutina muchas de las estructuras sobre las que se cimenta el edificio de la cultura popular y que podríamos considerar como el primer superhéroe. Despojándolo de sus aspectos más teológicos y cristianos, los doce trabajos de Hércules como camino hacia la gloria y su posterior y trágica muerte (con la que el hijo acaba despertando la compasión del padre supremo y es ascendido al Olimpo como dios de pleno derecho) son la base sobre la que David Rubín construye este tebeo sensacional. Una excelente excusa argumental para desarrollar dos tomos de cabecera, de arte espectacular, de una historia que a juzgar por la primera y última página de la obra, es la historia que David había querido contar desde niño. Al menos una de ellas. Una historia llena de matices y referencias. 12 trabajos, 12 mcguffins, un clásico instantáneo.

Por si lo dicho hasta ahora no fuera suficiente, esta obra que recorre el origen y ocaso del mito es un autentico tour de force al dibujo. Una demostración poderosa de lo que el artista es capaz de hacer trabajando todas las facetas en las que habitualmente dividimos un cómic: guión, lápiz, tinta, color y rotulación. Cada uno de los tomos tiene elementos innovadores, páginas de sólida narración sin diálogos, hallazgos visuales, excesos, dibujos bellísimos. La lucha contra las Amazonas; la muerte del león de Nemea; la pelea contra ese Teseo enfundado en un exoesqueleto de Minotauro hecho de brillante energía; el inicio del segundo tomo, una historia de amor tipo “Up” sangrienta y terrible; Atlas y el concepto de “peso del mundo” renovado; Hera en su grandeza brutal y miserable… son sólo algunos de los ejemplos con los que esta obra nos sorprende. Es un placer y un reto descubrirlos, saborearlos y revisitarlos. Una epopeya visual y narrativa deslumbrante.

Como colofón y descendiendo a un nivel mucho más personal, todas la influencias y autores a los que Rubín agradece su obra, hacen latir con fuerza mi ajado corazoncito de freak viejo. Apreciar y paladear las abundantes referencias que se exponen en este cómic, llenan de felicidad esa charca llena de odio hacia los mediocres en la que chapotea mi alma, mediocres que a menudo se llevan la fama sin haber cardado ni un gramo de lana en su vida. Felicidad ante la calidad. Felicidad antes los regalos y concesiones para los guerreros de la viñeta. Hablo de los detalles que, al final, hacen de tu vida un sitio diferente y mejor. De esas figuritas de los iconos de DC con las que juegan los hermanos; esa Diana convertida en la amazona sexual con la que todos hemos soñado; esas peleas que hacen resucitar al Rey; esos momentos crepusculares contados a través de programas de televisión recordando los mejores tiempos de un maestro perdido; Caronte empuñando una recortada; la erótica homosexual desatada de tu sidekick; portadas sacadas de los tiempos en los que la inocencia pagaba todas la rondas. Cientos de cosas que recordar.

Después de disfrutar como un niño en un charco de barro de El Héroe, ansío el próximo trabajo de David Rubín. Lo ansío como un esa sensación de expectación gloriosa que te embarga en el cine, cuando se apagan las luces, se ilumina la pantalla y todo parece ser posible.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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