El Hobbit, un viaje indeseado.

Lo que más me molesta es no poder saber si El Hobbit, despojado de la maquinaria infernal del merchandising, las ediciones especiales del DVD con la espada élfica en miniatura de Thorin Escudo de Roble y los juguetes del menú de alguna hamburguesería americana, habría podido ser una buena película.

Por Javier Marquina.

Los freaks somos presa fácil.

Carne de cañón.

No hace falta demasiado para colocarnos en una tesitura en la que gastarnos el dinero en las cosas más peregrinas y absurdas es un derecho, un deber y un privilegio. Un ‘blister’ con un pequeño error de imprenta. Un cómic del que sólo sacaron unos cuantos ejemplares. Una edición especial con el casco de alguno de los héroes de la película en un tamaño a escala ridículo… Cualquier detalle es suficiente para excitar nuestros instintos consumistas más bajos y catapultarnos a esa vorágine consumista que con aplomo llamamos vida. Es oir ‘merchandising’ y entregarle al primero que pasa todos los pines de nuestra tarjeta de crédito.

Así somos. Es nuestro sino.

Merchandising, el verdadero Ojo de Sauron.

Además, y para nuestra desgracia, estamos en manos de indeseables. Gente sin escrúpulos que conoce nuestras debilidades y nos da siempre donde más nos duele, donde más indefensos estamos. En el bolsillo. Figuras, posters, cómics, tazas, estuches metálicos, papel de váter con olores, cualquier excusa es buena para rentabilizar una inversión, para sacarnos la sangre, para justificar lo injustificable.

Una de las tendencias mas extendidas últimamente y una de las más abyectas y deleznables además, es la de alargar todo aquello que parece funcionar en taquilla, en la parilla televisiva, en el kiosko o en cualquier lugar donde el producto sea rentable. Alargarlo más allá de lo humanamente posible, estirando argumentos, aplicando capítulos de relleno, inyectando subtramas absurdas, estúpidas y falaces. No hay reglas. No hay piedad. Todo vale. Es un trabajo sucio y ellos son expertos en hacerlo.

Uno de los más recientes ejemplos, y probablemente uno de los más viles y sobredimensionados es, sin lugar a dudas, la película de El Hobbit. Que esto sea así es doblemente doloroso para alguien como yo, inevitablemente enamorado de la trilogía de El Señor de los Anillos. Soy alguien que considera que la adaptación del libro de Tolkien está hecha de manera ejemplar y que Las Dos Torres es la película de fantasía heroica perfecta, una segunda parte que mejora y refina a su predecesora, en la línea de clásicos monumentales del cine como El Padrino II o El Imperio Contraataca. Creo de verdad que Peter Jackson es un director de talento y aunque reconozco que echo mucho de menos su vena más gamberra e irreverente y que me gustaría ver más cine suyo en la linea de Braindead, nadie puede negar el esfuerzo inigualable que el director neozelandés realizó para la adaptación de la que posiblemente es la trilogía literaria más famosa de la historia.

Si hablamos de duración, las casi 11 horas y media totales de las diferentes versiones extendidas de El Señor de los Anillos parecían perfectamente justificadas por el tamaño mastodóntico del libro, un tocho de más de mil páginas que nadie creía que se pudiera adaptar. Aplicando una demagógica regla de tres, si un libro de 1.100 páginas ha dado lugar a 11 horas de metraje, es fácil suponer que El Hobbit, una pequeña y entrañable novela de 350 páginas, debería poder ser adaptada en unas dos horas y media, tres a lo sumo y siendo condescendientes y generosos.

Error.

Cuando después de una no poco tortuosa historia de preproducción se anunció finalmente que El Hobbit iba a hacerse, todos los fans pensamos que aquella, además de inevitable, era una grandiosa noticia. Aunque el también grandioso (en todos y cada uno de sus aspectos) Guillermo Del Toro se había caído del proyecto, al final Peter Jackson había decidido hacerse cargo de la película y todo parecía indicar que aquello era una buena señal. Era Peter Jackson. ¿Qué podía ir mal? Por experiencia, desde luego, no iba a ser. Luego llegaron las cámaras de nueva tecnología, el insuperable y superfluo 3D (a ver si se acaba ya de una vez esta estafa), el goteo incesante de información e imágenes para crear una desmedida expectación y, por fin, la noticia definitiva: El Hobbit estaba listo para asaltar al galope las salas de cine de todo el mundo, pero para regocijo de todos no iba a ser una película. Iban a ser tres.

¿¿¿CÓMO???

El Hobbit: Un viaje inesperado dura DOS HORAS Y MEDIA. Haciendo multiplicaciones varias y pensando en futuros blu-rays con versión extendida eso nos coloca con facilidad en las 9 horas cuando la trilogía esté acabada y en las estanterías de la Fnac. 9 horas para 350 páginas. Un completo disparate. Y no, no me sirve la excusa de que se han metido muchas cosas de la mitología de la Tierra Media y que se ha usado el Silmarillion para rellenar los huecos y darle consistencia a tamaño despropósito. El Hobbit es una película larga, lenta y muy aburrida. Cuando lo mejor que puedes decir de una cinta es que los paisajes son muy bonitos o que está muy bien hecha, es que algo no acaba de funcionar en ella. Hay casos incluso en que estas frases son un claro ejemplo de que no funciona nada en absoluto. En absoluto. Y eso es precisamente lo que le pasa a El Hobbit. Eso y los catorce finales de rigor, marca de la casa Jackson.

La sensación de que se podría haber contado mucho más con mucho menos, de que muchas de las partes están innecesariamente alargadas, de que muchas de las escenas están metidas con calzador para inflar sin límite un guión que habría quedado contenido a la perfección en una hora y media de película la lastran por completo. Cuando sales del cine la única pregunta que eres capaz de hacerte es: “si ya han llegado hasta allí, ¿que coño van a contar en las 5 horas de película que quedan?” Y lo que es más importante: “¿de verdad van a hacer una versión extendida de ESTO?”

Peter Jackson poseído por el anillo único del dolar…

Que El Hobbit haya sido un completo tostón de película es algo que me duele de manera especial a mí, que leí el libro de niño en esa clásica edición de Círculo de Lectores. Un libro que dejo una profunda huella en el yo en el que me habría de convertir. Hasta recuerdo echar alguna que otra lagrimilla al final, cuando pasan las cosas que tienen que pasar. Primera y única vez que he llorado con un libro. Ver a este clásico convertido en un producto puro y duro, violado por la maquinaria implacable de la productora que busca negocio a cualquier precio, sacrificando incluso la coherencia de la historia, puede ser justificable desde un punto de vista de capitalismo de machete y granada, de este terrorismo económico que nos ha conducido a la triste situación en la que nos encontramos, pero no de ja de ser algo patético y doloroso. Supongo que podríamos llamarlo nostalgia. No sé. Quizás como estúpidos freaks que somos, indefensos ante el bombardeo comercial al que van a someternos, una parte pequeña de mí, una parte que en  mi imaginación se parece mucho a Smeagol y que de vez en cuando intenta imponer su criterio a ese Gollum que gobierna la cruda realidad, esperaba otra cosa.

Una cosa divertida, entrañable y manejable.

Como un hobbit.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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